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Breve, pero intensa experiencia

Sábado 17 de julio de 2010
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Donde comienza el día . Autor y director: Fernando Rubio. Intérpretes: Julián Calviño, Pablo Gasloli, Andrea Nussembaum, Jorge Prado, Fernando Rubio, Natalia Salmoral, Martín Urruty. Asistentes de dirección: Santiago Pianca, María Lourdes Pingeon. En IMPA, La Fábrica Ciudad Cultural (Querandíes 4290). Domingos, a las 16.30. Duración: 30 minutos. Nuestra opinión: buena

En el segundo piso de la recuperada fábrica IMPA, un espacio cerrado está habitado por una serie de pequeñas cabinas. Por grupos, los espectadores irán ingresando a ellas. Sentados en pequeños bancos, esperarán que alguna acción movilice su atención. De a uno, los siete actores irán apareciendo y desarrollarán una muy breve historia. A veces, el relato estará compuesto de muchas palabras; otras, ellos privilegian promover sensaciones a través de sus fuertes presencias y sus miradas inquietas. Claro que a esos personajes siempre los conmueve una historia contundente, arrancada de una vida que expresa dolor y que se sostiene desde la pasión.

Las siete historias exponen a unos seres en apariencia pequeños. Pero el encierro revela que están fortalecidos. Sus cuerpos y sus mentes resultan muy importantes a la hora de reconocerlos. Parecieran portar marcas muy fuertes y determinantes cuando se descubre algo de sus conductas.

La experiencia, de apenas media hora, es intensa. Lo que en apariencias sucede en un ambiente apacible, relajado, dominado por el blanco de las telas con que están cubiertas las cabinas, y por el sol que ingresa por las ventanas del lugar pronto se irá transformando. Los discursos son conmovedores y no habrá mucho tiempo de tomar distancia de ellos. Los actores asoman de inmediato, uno tras otro, y relatan, y el espectador en su cabeza irá dando forma a una dramaturgia que, sin ninguna duda, se irá completando con su experiencia personal.

Cuando esa pequeña obra de teatro, o instalación o performance , haya terminado, el tiempo habrá pasado notablemente. La luz de la tarde se habrá modificado. El cemento y los alambrados del lugar adquirirán otra dimensión y cada espectador portará un mensaje que comenzará a decodificar lentamente. Las historias narradas no pasarán inadvertidas, como tampoco las miradas y, mucho menos, los cuerpos de esos intérpretes que hablaron, en la mayoría de los casos, con su sola presencia.

Carlos Pacheco

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