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El Mundial y los mundiales

Viernes 23 de julio de 2010 • 08:04
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La secuencia se da en forma similar cada cuatro años y desde hace casi una década. El año del Mundial es también "el año de los Mundiales", para fortuna del deporte argentino y quizás para malhumor del fútbol. Cuando el Mundial pasa veloz y cruel con una eliminación no deseada, los mundiales resaltan las virtudes de otros seleccionados. De pronto surge una sensación y un discurso antifútbol que refleja en las demás disciplinas todo lo que el fútbol no es ni siente. Las Leonas con el tercer Champions Trophy ganado en fila encarnan el proyecto serio del hockey femenino sostenido en el tiempo y que además esta vez tendrá su Mundial en Rosario. El seleccionado de básquet ya está enfocado en su Mundial de Turquía con su elaboración de "cocina a la vista" que habilita a ir intuyendo que traman estos muchachos para agosto. La costumbre indica que casi siempre se traen alguna medalla colgando del pecho. Fuera de este calendario, en un pasado no tan lejano, Los Pumas han hecho del rugby una construcción de identidad nacional que derivó en que los futbolistas "copiaran" su manera de pararse frente al Himno. Hasta el tenis, con sus integrantes de la Legión Argentina encimados más que juntos, corporizaron una idea conjunta de competición y resultados positivos. El fútbol entonces queda pedaleando en el aire y con esto que sucede ahora: se espera un proyecto de Diego Maradona como director técnico cuando ya todo terminó.

"El fútbol es el deporte cultural de los argentinos entonces todo cobra otra dimensión: lo bueno parece perfecto y lo malo termina pareciendo peor...", nos pone en contexto el psicólogo deportivo Marcelo Roffé, ex colaborador de José Pekerman en las selecciones juveniles. "Pero también es cierto que los demás deportes de selecciones son respaldados por proyectos diseñados a largo plazo que el fútbol rara vez tiene...", agrega. La Argentina deportiva de los últimos años se alimentó con los triunfos del básquet, del hockey femenino, el rugby y los tenistas. Una mezcla de deportes muy profesionales y otros de esencia muy amateur. Justamente el reclamo que se le hace al fútbol suele tener el rasgo muy marcado de delatar al futbolista porque no apela a la fibra amateur de sus jugadores para conseguir éxitos. Tal vez no sea tan errado el planteo: los dos últimos títulos capturados por el fútbol argentino fueron en los Juegos Olímpicos de Atenas 2004 y Pekín 2008.

El fútbol en la Argentina ya casi ni es percibido como un deporte. Es tantas cosas a la vez, encierra tantos significados, simboliza tanta batalla poética, produce tanto jeroglífico intelectual al paso, que en el camino ha perdido su condición de práctica deportiva con sus reglas de acero: trazar un objetivo, elegir cómo y con quiénes hacerlo y luego elaborar las tácticas y estrategias para conseguirlo. El fútbol hace bastante como para que cada tanto, como sucede desde hace 20 años, genere un enojo colectivo por ser una actividad sin rumbo claro y que pierde por goleada ante la seriedad y la planificación de otros seleccionados.

Foto: Domenech

Hoy pareciera ser que el fútbol es nada más que una salida laboral. Un camino hacia la movilidad social que en la Argentina quedó atascada en la época en que la gente salía a pasear el perro y de paso compraba el diario de la tarde. Bien pensados todos los deportes pueden ser una salida laboral. Tal vez un chico de escasos recursos pueda aprender tenis no para ganar Roland Garros, pero si para ser un aceptable profesor en una canchita del barrio. Otro chico puede probar con el básquet y no ser un jugador de diseño para la NBA , sino un entrenador de equipos de colegio secundario. Esos son logros en materia deportiva si el asunto se reduce a la salida laboral. Para el fútbol, en cambio, eso es un mero descarte. No es para eso que en algunas canchitas bajo la autopista "se prueban chicos a partir de los cuatro años...", tal como dice el cartel en la vereda.

No está mal que se quiera conseguir el éxito en el deporte como puerto de llegada. El problema es cuando se cree que el éxito es una sola cosa. En ese sentido el fútbol propone un único objetivo, de un solo paso y encima largo: llegar a primera división y conseguir una transferencia al exterior. Eso es todo. De ahí para abajo es todo fracaso. Un deporte que tiene eso como propuesta central y excluyente dificilmente se apegue a una planificación. Los otros deportes, algunos más elitistas, otros tan populares como el fútbol, tienen al profesionalismo como una consecuencia. La salida del embudo. El fútbol argentino va por eso o no es nada. "Sólo sirve salir campeón en un Mundial", nos ametrallamos entre todos con esa frase. ¿Tan seguros estamos hoy de no ser felices con un cuarto puesto en un Mundial? Por esas razones es que el fútbol no debe ser comparado con los deportes exitosos de la Argentina. El enojo por la falta de resultados no tiene que llevar a esa confusión. Hay camisetas como en otros deportes y con los mismos colores. Hay un grupo, un vestuario, un técnico y varios rivales a enfrentar según las reglas del juego. Pero se parecen menos de lo que se cree.

Sin embargo el fútbol debería dar un paso en alguna dirección. Salir de esa pereza en la que se investiga poco y se supone mucho. Se repiten ideas viejas como mantras y a lo único nuevo que se apela es a estadísticas barnizadas de datos cientificistas que indican cuantos metros corrió un jugador. El fútbol argentino, sin ser comparado ni castigado por los resultados positivos de otros deportes, debe volver a recrear su espacio de sabiduría. Organizar su crecimiento sin dejar de ser esa máquina fascinante de ilusión, que por ser singular e irrepetible, parece quedarse cada vez más sola. Una soledad que contiene multitudes, pero soledad al fin.

Varios nombres ilustres del fútbol llegaron a tarifar a precios exorbitantes sus charlas de liderazgo en empresas y organizaciones para dar a conocer los condimentos de la salsa secreta . Ya es hora de volver a preguntar en lugar de ser quienes dan las respuestas. Porque hay algo peor que ser soberbio cuando se gana: ser soberbio cuando se pierde.

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