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El caso Macri aceleró el ritmo electoral

LA NACION
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Joaquín Morales Solá
Domingo 25 de julio de 2010

Seguro y persistente, Néstor Kirchner nunca entendió los errores como una lección. Retoza sobre el revés judicial de Mauricio Macri y lo único que consiguió hasta ahora es un brusco adelantamiento del proceso electoral y la construcción de un líder en condiciones de relevarlo. ¿Ese desvarío estratégico tiene algún antecedente histórico, igual o parecido? Sí. Es el que refiere al caso de Francisco de Narváez en la provincia de Buenos Aires en las elecciones del año pasado. También perseguido por la Justicia y por Kirchner, De Narváez se convirtió en el primer político que luego le ganó una elección a Kirchner ya en el poder.

Distintas mediciones de opinión pública coinciden en dos conclusiones. Una de ellas es el lento y constante crecimiento de la imagen positiva del gobierno kirchnerista, que ronda ahora los 36 puntos cuando en enero último apenas llegaba al 20 por ciento. La otra conclusión constata los réditos políticos que le proporcionó a Macri su refriega con el Gobierno por el procesamiento judicial. Macri está ahora en torno del 60 por ciento de imagen positiva, según esas encuestas. Kirchner está promoviendo lo que siempre temió que ocurriera por otros medios: una tensa polarización entre Macri y él mismo.

Una rápida aceleración del proceso electoral es inevitable. Kirchner se vistió de inmediato con el uniforme de campaña electoral, que es el atavío que más le gusta en su vida de político. Corre dos riesgos. El primero consiste en que la sociedad comience a entrever un final probable y próximo del kirchnerismo; Kirchner jugó siempre con la imagen de la propia eternidad en el inconsciente colectivo. El segundo riesgo podría ser más peligroso: sucedería si no lograra depurar ágilmente la candidatura presidencial del kirchnerismo. ¿Será Néstor Kirchner o su esposa el candidato presidencial del oficialismo?

La evolución de Macri en las encuestas, que puede ser definitiva o temporaria, según el progreso de su encrucijada judicial y política, atizará también el fuego de las definiciones en el peronismo disidente y en los no peronistas. Nadie le seguirá donando el precioso tiempo político al jefe del gobierno porteño. El peronismo antikirchnerista está desorientado. Macri no es un peronista, pero es lo más parecido que hay a un peronista entre los no peronistas.

No importan mucho las palabras de Eduardo Duhalde, que ratificó su candidatura por fuera del pejotismo oficial, porque al ex presidente sólo lo impacienta la prioridad de terminar con Kirchner. Bien valdría entonces un eventual acuerdo con Macri. No llegó esa hora todavía, porque los peronistas se divierten ahora con las pruebas genéticas de peronismo que les hacen a los posibles aliados. Macri no es peronista, dicen, pero hablan con Macri.

De Narváez mostrará las cartas cuando sus diputados deban votar en la Legislatura la aprobación del trámite del juicio político pedido por Macri. Aquel tiene tres diputados clave. Macri está en condiciones de salir absuelto de ese juicio político, porque sus opositores no tienen los dos tercios necesarios para destituirlo. Pero el líder capitalino no cuenta con la mayoría simple del cuerpo para poner en marcha el proceso de juicio político. El macrismo está sumando de a uno, o de a dos, para llegar a los siete votos que necesita en el cuerpo parlamentario. No está seguro de contar con esa mayoría. Macri se duerme mientras los suyos cuentan los votos; esas tareas de la política lo aburren sin remedio.

La interna entre Julio Cobos y Ricardo Alfonsín es ya un incendio en el radicalismo. Lo es más desde que advirtieron que Macri está cosechando de su propia adversidad. Por primera vez, Cobos coincidió con Elisa Carrió en impugnar a Alfonsín, el radical con mejor imagen positiva en todas las encuestas. ¿Su culpa? Quizá no haya sido el efímero encuentro con Cristina Kirchner, sino algunas caricias deslizadas a los ministros Florencio Randazzo y Julio De Vido. Las fotos son implacables. Kirchner se metió en la interna radical, bramó Oscar Aguad, jefe del bloque de diputados nacionales del radicalismo.

Carrió tiene fama de precisa francotiradora. Sus palabras como balas se incrustaron en Macri y en Alfonsín en un mismo día. Cobos ya tendrá las suyas. Carrió golpeó contra Franco Macri, el desatinado padre de Mauricio, por presuntos hechos de corrupción. ¿Es a favor o en contra de Mauricio Macri? Yo hago lo que el hijo no puede o no quiere hacer, dijo Carrió, misteriosa, pero el hijo es también su competidor nacional y en la propia Capital.

Macri dejó a un lado a su padre y se enfrascó en lo que le da mejores resultados: desafiar a Kirchner. Oyarbide, el juez con el rótulo más kirchnerista que existe, lo procesó. Una Cámara Federal con algunos miembros también kirchneristas confirmó el procesamiento. El macrismo asegura que algunas grabaciones telefónicas circularon entre jueces remisos a mantener el procesamiento de Macri. No son conversaciones graves, pero podrían servir para exponerlos en un planteo de prejuzgamiento. La SIDE estuvo detrás de todo, subrayan. Peronistas que trabajan o trabajaron con el kirchnerismo les confirmaron la información: Es la SIDE, aseguraron.

Macri hasta pensó en recurrir a la Corte Interamericana de Derechos Humanos para declararse un perseguido político. Descartó la idea, por ahora. El líder porteño padeció un déficit y una sorpresa de novato. Se dio cuenta tarde de que no atendió personalmente ni a sus recientes aliados políticos, De Narváez y Felipe Solá. Estos le respondieron con la indiferencia y la distancia. Sólo Duhalde y el radical Aguad entendieron en el acto que Macri no es sólo Macri.

El precedente de su caso puede ser letal para la democracia argentina si fueran ciertas todas las aseveraciones del líder de la centroderecha argentina. La sorpresa de novato fue descubrir que la política es ingrata, mezquina y utilitaria. ¿Acaso esperaba otra cosa? Saldremos sólo hacia adelante. No daremos ni un paso atrás, afirmó Macri y volvió a precipitar el ritmo electoral.

La Presidenta le dio otro empujón al prematuro clima de elecciones cuando hizo una broma con su eventual candidatura a la reelección en lugar de su esposo. Los presidentes no hacen bromas cuando hablan de política; sólo deslizan mensajes o exponen el inconsciente. Cristina Kirchner tiene derecho a pelear para que su nombre, al menos, no desaparezca. En todas aquellas encuestas, ella siempre tiene 3 o 4 puntos más que su esposo en imagen positiva. Néstor Kirchner exhibe siempre, para peor, 3 o 4 puntos más que ella en imagen negativa. En ambos casos, el rechazo sigue siendo alto.

Kirchner ha confirmado en los últimos días ante interlocutores privados que el próximo candidato será él. Cristina está mejorando. ¿Por qué no pensamos en ella?, le sugirió un buen amigo que creyó que estaba aportando una idea. Kirchner lo miró feo y le contestó con una frase seca y definitiva: El próximo turno será mío. Ese objetivo es el centro de su vida, noche y día. Revuelve el ajedrez peronista, habla con gobernadores, con intendentes y con punteros peronistas de poca calidad. Ordena detener la carrera de Macri y lo desestabiliza a Cobos. Ya les tocará a los otros.

Es razonable que Cristina anuncie que ella también piensa en un destino. Es la jefa del Estado. De la ex SIDE y de la Policía Federal, por lo tanto. Pero Macri lo acusa sólo a Kirchner; nunca habló de la Presidenta, ni siquiera para hablar mal de ella.

Macri sólo imagina ya su candidatura presidencial. Kirchner, también. El líder porteño debe salir bien del embrollo judicial en el que está. De otro modo, lo aguarda el adiós a la política. Kirchner tendrá que reconciliarse con amplios sectores sociales que aspiran, ansiosos, a un cambio más profundo que el simple arribo de otro Kirchner.

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