Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí

Libros y cucharas

Sábado 31 de julio de 2010
SEGUIR
LA NACION
0

Básicamente, la forma de la cuchara se mantiene idéntica a través de los siglos, si se exceptúan experimentos de diseño sin más destino que una pierna quemada con sopa. ¿Y por qué la cuchara no cambia nunca? Porque es inmejorable. Es decir: porque una herramienta destinada a recoger líquido de un plato y llevarlo a la boca no se puede hacer de otra manera. La cuchara es perfecta y los libros son tan perfectos como la cuchara, y por eso no serán jamás reemplazados, dicen Umberto Eco y Jean-Claude Carrière en el extenso diálogo en el que el semiólogo y novelista y el célebre guionista de las películas clásicas de Buñuel analizan el tema de las nuevas tecnologías y los soportes digitales en relación con el oficio de leer. Ese diálogo, editado por otro guionista de cine y, además, periodista, Jean-Philippe de Tonnac, acaba de ser publicado en castellano por Lumen con el título Nadie acabará con los libros.

Con el correr de las páginas y de la charla, el propio Eco duda de su contundente enunciado inicial. Está claro que las cucharas no corren ningún peligro, pero ¿y los libros? Ya existen e-books en los que se pueden dar vuelta las páginas. El Kindle se puede hojear, y la diferencia que tiene con un libro tradicional es que cuando se acaba se recarga y se transforma en otro libro, y así tantas veces como nos lo permitan los bancos de datos de Internet. O sea, un número infinito de veces.

¿No reemplazará el e-book por completo a los libros de papel y de tinta? No sólo a los maestros carpinteros, aterrorizados porque si esto ocurre sólo podrán vender pequeñas bibliotecas monoambiente, los asusta un cambio semejante, sino también a quienes aman tocar el libro. Apretarlo, además de leerlo.

No es lo mismo apretar un Kindle. Hay, además de que se pierde mucho placer sensual y estético, otro problema, de tipo psicológico. Ya sea que se lo guarde o que se lo de-seche, terminar un libro, llegar a la página en que aparece la palabra "fin", cerrarlo y dejarlo a un costado tiene mucho que ver con la sensación de haberlo incorporado, de haberlo comprendido, incluso, se podría decir, de poseerlo. En el fondo de ese flujo indefinido de material que corre por el libro electrónico no hay otra cosa que angustia: desaparece el sentimiento -ilusorio tal vez, pero reconfortante- de señalar un libro, de papel, claro, en el estante y decir: "Lo he leído, me acompañó durante tantos días y tantas noches, me gustó mucho", o, por el contrario: "Ha sido falso, me ha engañado...".

Tanto en el fragmento que reproducimos en este número como en su versión íntegra, la conclusión del riquísimo juego dialéctico a que se entregaron en dos sesiones Eco y Carrière, como locales y visitantes, es bastante esperanzadora: los soportes distintos pueden coexistir. Lo nuevo no supone la muerte de lo anterior. El DVD no acabó con el cine. A veces ocurre exactamente al revés. ¿Quién se acuerda de los disquetes, del CD ROM, del fax y los videocasetes, pocos años después de su irrupción triunfante?

hcaligaris@lanacion.com.ar

Te puede interesar

Enviá tu comentario

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.
Las más leídas