Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí

Vivir sin fantasmas

PARA LA NACION
SEGUIR
Sergio Sinay
Domingo 01 de agosto de 2010
0

Señor Sinay: ¿qué es lo que se podría decir respecto del tema de los secretos en lo que hace a la relación de pareja?  Miguel Sosa

¿Considera usted que existen en la vida familiar secretos que pueden preservarnos? Pregunto esto porque he comprobado que muchas veces la respuesta ante el dolor que nos causa aquello que se nos ocultó es que eso se hizo por nuestro bien. ¿Puede ser que se nos haga sufrir por nuestro bien? Marta G. Brame

Los secretos dicen mucho, a pesar de que su función es callar y ocultar. Pero hay que diferenciarlos de los misterios. Un misterio es aquello que no tiene explicación (como la belleza, según Borges). No se trata de que esa explicación se oculte o se escamotee: simplemente no se la tiene. El misterio está en la naturaleza misma de los seres y de las cosas, está en el alma de las personas y en el anima mundi (el alma del mundo). Ante él sólo queda rendirse, aceptarlo, asombrarse y, muchas veces, incluso celebrarlo. Con los misterios se convive mientras se sabe que existen. Ellos nos hacen más humildes y nos recuerdan que no hay, inevitablemente, un esclarecimiento posible para cada hecho, cada actitud, cada manifestación. "Estoy satisfecho con el misterio de la eternidad de la vida y con el conocimiento, el sentido, de la maravillosa estructura de la existencia. Con el humilde intento de comprender aunque más no sea una porción diminuta de la Razón que se manifiesta en la Naturaleza", decía Albert Einstein.

Cuando convivimos con alguien, en la pareja, en la familia, en la amistad, en cualquier vínculo de proximidad y continuidad, convivimos también con sus misterios (y el otro convive con los nuestros). No hay en esto manipulación, cálculo ni mala fe. Aprender a vivir con los misterios de alguien es aprender a aceptarlo. Pero otra cosa son los secretos. En un juego de naipes, la razón por la cual ciertas cartas nos tocan, aparecen o desaparecen resulta misteriosa mientras el juego es limpio. Pero si uno de los jugadores oculta una de las cartas y sólo él lo sabe, ya no hay misterio, hay un secreto. El secreto es aquello que se oculta a sabiendas y con un fin. Las parejas y las familias suelen tener más secretos de los que admiten. Algunos de estos pretenden preservar la imagen que las personas -o el grupo familiar- tienen de sí mismas o pretenden que se tenga de ellas. Serían secretos con fines de reputación. Otros procuran ahorrar a las nuevas generaciones ciertos dolores o vergüenzas padecidos por las anteriores. Pero las culpas de quienes nos precedieron no nos hacen culpables, y saber de ellas nos da la posibilidad de elegir un camino propio. Hay secretos que permiten a ciertos individuos ejercer poder sobre otros. Y, como se pregunta nuestra amiga Marta, existen los secretos que, en la evaluación de quienes los impulsan, se piensan como actos de amor, de cuidado, de protección hacia aquellos a quienes se priva de determinada información.

Lo cierto es que, en todos los casos, si algo se mantiene en secreto es porque se lo considera grave. Puede ocurrir, sin embargo, que un par de generaciones después eso ya no tenga aquella seriedad. Los tiempos cambian y, con ellos, también las perspectivas. Sin embargo, no siempre el problema es el contenido del secreto, sino la propia existencia de lo oculto, sea por el motivo que fuere. En Mis antepasados me duelen, una extraordinaria serie de entrevistas efectuadas por Patrice van Eersel y Catherine Maillard a destacados especialistas en psicogenealogía (que estudia cómo se construyen las identidades a partir de la historia familiar de cada quien), el psicoterapeuta Serge Tisseron apunta al modo en que los secretos destruyen la confianza. Para Didier Dumas, otro de los entrevistados, los secretos instalan un fantasma en la saga familiar (o de la pareja) y enferman el alma. Ese fantasma ronda, aunque no se lo nombre, y aquel a quien no se le dicen las cosas termina por intuir de todos modos eso que falta y que es vital para su propia identidad, porque podemos ser nosotros mismos (esa ambición tan difundida) cuando contamos con toda nuestra verdad, que incluye nuestra verdadera historia y raíces. Así podremos elegir qué hacer con ella, qué partes de la misma continuar y cuáles abandonar para forjar así nuestro propio camino. El propio Tisseron señala que quien decide romper la ley del silencio empieza un proceso de curación, personal y del vínculo. No son necesariamente los hechos de una vida los que enferman, sino lo que se hace con ellos.

sergiosinay@gmail.com

El autor responde cada domingo en esta página inquietudes y reflexiones sobre cuestiones relacionadas con nuestra manera de vivir, de vincularnos y de afrontar hoy los temas existenciales. Se solicita no exceder los 1000 caracteres.

Te puede interesar

Enviá tu comentario

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.
Las más leídas