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El auge de poderes emergentes del sur

Un nuevo orden mundial

Opinión

Juan Gabriel Tokatlian
Para LA NACION

La paz de Westfalia remite a los tratados de Osnabrück y Münster firmados en 1648 y que finalizaron la Guerra de los Treinta Años en Europa Central (principalmente Alemania) y la Guerra de los Ochenta Años entre España y las Provincias Unidas de los Países Bajos. En esencia, Westfalia fue un acuerdo diplomático-institucional que procuró organizar la vida política en Europa. Estuvo basado en los principios de la soberanía nacional y de la no intervención, fue validado por un derecho internacional concebido en clave de equilibrio interestatal y se fundamentó en la idea de que, ante la ausencia de una autoridad superior, cada Estado actuaría en función de su autodefensa.

Con su extensión, este esquema europeo se convirtió en mundial: Occidente, por vía de la expansión de sus distintos imperios, fue propagando el sistema westfaliano estado-céntrico, formalmente soberano y sustentado en la integridad territorial de las unidades. Con su universalización, Westfalia irradió instituciones, reglas, prácticas e ideas que las distintas periferias fueron asimilando. Sin embargo, terminaron conviviendo con un modelo asimétrico que expresaba una profunda disparidad de atributos y capacidades. Para los países periféricos lo fundamental era restringir la arbitrariedad de los estados más poderosos. Con su globalización, Westfalia aseguró, por mucho tiempo, el poderío, la influencia y la manipulación de los principales actores mundiales: básicamente, de las potencias occidentales que fueron dominando, en ciclos distintos, la política internacional.

La mayor novedad del último cuarto de siglo ha sido el gradual despegue y creciente auge de poderes emergentes del Sur. China, India y Brasil, entre otros, constituyen ejemplos de nuevas potencias que irrumpen en el escenario internacional desde una posición de relativa fortaleza y sin pedir permiso. El surgimiento afirmativo, en materia económica, política y militar de estos actores se produce en el marco de un aprovechamiento de los parámetros básicos de Westfalia pero con notables diferencias con el pasado.

Durante la Guerra Fría, los tradicionales poderes medios y regionales eran, en general, países occidentales (Canadá, Suecia, Australia) próximos a las naciones centrales, democráticos, estables, satisfechos, con una reducida brecha de desigualdad interna, de poco peso en la economía mundial, moderados en su comportamiento externo y ligeramente reformistas en cuanto a promover una difusión del poder internacional. Así, esos poderes reforzaron, de hecho, el sistema westfaliano en términos de sus normas, valores y compromisos.

Los nuevos poderes emergentes provienen de la periferia, poseen regímenes políticos diversos, sus casas no están plenamente ordenadas, gravitan significativamente en la economía mundial, están descontentos con los equilibrios de fuerza vigentes, tienen altos niveles de desigualdad doméstica, despliegan una conducta externa heterodoxa y están muy inclinados a favor de una repartición de poder en el terreno global. Si bien estos poderes han sabido usufructuar de Westfalia, también cuestionan el sistema imperante. En ese contexto, es pertinente preguntarnos si estamos en el camino de una "Southfalia".

Este interrogante requiere respuestas diversas de acuerdo con la perspectiva que se considere. Primero, en el tema de los valores, y más allá de las declamaciones y promesas, Westfalia puso el énfasis en el orden. Southfalia, por necesidades domésticas y por exigencias externas, debería subrayar el valor de la justicia. De no hacerlo, sus principales protagonistas confirmarán lo que algunos temen: que sólo desean ser parte del exclusivo club de los más poderosos, sacrificando sus urgencias sociales domésticas y varias de sus banderas diplomáticas. En la fase presente de su paulatina influencia global, los países más emblemáticos de Southfalia parecen contar, a nivel doméstico, con una coalición compleja de capitalistas pro-exportación, burocracias profesionales capacitadas, políticos ávidos de poder, líderes con lenguaje progresista, sectores medios movilizados y una base popular con nuevos e inéditos beneficios. No se trata de naciones gobernadas por fuerzas contestarias y radicales que administran un modelo de desarrollo socialmente alternativo y ecológicamente sustentable.

Segundo, en términos de su modo de actuar, Westfalia se caracterizó por la actitud pro statu quo de las principales potencias y sus socios más importantes. Southfalia parecería estar insatisfecho combinando diferentes estrategias orientadas a constreñir las opciones de los poderosos y a incrementar las alternativas autónomas propias. Sin embargo, esa insatisfacción no implica que necesariamente los poderes emergentes de mayor peso se comporten hoy y hacia el mediano plazo como actores revisionistas que tratan de destruir las reglas de juego actuales. En todo caso, más que representar un desafío sistémico, constituyen un conjunto de protagonistas que continuarán operando de modo dual: para seguir ascendiendo necesitan de algunos de los más poderosos pero también deben diferenciarse de ellos y avanzar sus intereses nacionales. Por otro lado, desde la mirada de las potencias más beneficiadas de Westfalia, los mayores exponentes de Southfalia deberían comportarse constructivamente con mesura y responsabilidad. En buena medida se equipara ser constructivo con ser pro Occidente y pro statu quo . Cuando, por ejemplo, Brasil adoptó su posición reciente en el caso de Irán, su proceder fue calificado por Estados Unidos y algunos gobiernos de Europa de disruptivo e irresponsable. Hacia el futuro puede haber más acciones de este tipo y difícilmente Southfalia, como contramodelo, logre avanzar si se resigna a prácticas y estilos conservadores.

Respecto de sus ámbitos de desarrollo institucional, Westfalia fue construyendo un entramado de regímenes y mecanismos internacionales que legitimaron el predominio de los más poderosos. En ese sentido, Southfalia se vale de mucha de la arquitectura normativa e institucional existente, pero le añade su voluntad de transformarla para que incorporen otros intereses y necesidades. Para ello, y ante el creciente déficit o estancamiento de instancias multilaterales como la ONU y la Organización Mundial del Comercio, los poderes emergentes parecen dispuestos a introducir, al menos en el terreno de los espacios y foros, alguna originalidad. Por un lado, estos actores han ido activando distintas dinámicas multiminilaterales, esto es, varios ámbitos en los que convergen un número limitado de participantes con una agenda precisa y con propuestas concretas. IBSA (India, Brasil y Sudáfrica) y BRIC (Brasil, Rusia, India y China) expresan lo anterior. Por el otro, varios países buscan impulsar un regionalismo de nuevo cuño destinado a dialogar y consensuar posturas e iniciativas en materia de seguridad: la Organización de Cooperación de Shanghai, promovida por China, y el Consejo de Defensa Sudamericano sugerido por Brasil, apuntan en esa dirección. En resumen, se trata de aumentar la cooperación y el compromiso Sur-Sur, al tiempo que se opta por un multilateralismo selectivo y diferenciado ante la parálisis o la regresión de organizaciones universales. Y en ambos frentes los principales países de Southfalia procuran demostrar que su diplomacia opera en dos planos, el de los intereses y el de los valores.

En cuanto a las ideas, Westfalia estableció principios fundacionales que continúan siendo la piedra angular de las relaciones internacionales. En algunas naciones de Southfalia han surgido ideas que se intentan plasmar en la política mundial. Desde mediados de esta década, Hu Jintao ha proclamado la noción de hexie shijie (mundo armónico) como guía de la proyección externa china y como referencia para que el ascenso de Pekín sea interpretado en un sentido pacífico. India, por su lado, ha venido impulsando la noción de Gandhi trusteeship (tutela) como expresión de la búsqueda de un desarrollo colectivo espiritual y material más igualitario. Probablemente se producirán más aportes de otras naciones en el futuro que, en esencia, apuntan a darle un carácter más humanitario a un ordenamiento internacional pos-Guerra Fría tan poco sensible a los ideales de equidad, solidaridad y concordia. De algún modo Southfalia podría contribuir a conciliar las lógicas de la política, el derecho y la moral en donde el poder, las normas y la ética se entrelacen y refuercen. De lo contrario, las relaciones internacionales seguirán oscilando entre una realpolitik inmoderada y una idealpolitik vacua. Sexto, en términos de prácticas y liderazgo, Westfalia se ha sustentado en procesos deliberativos poco democráticos y en estilos de liderazgo convencionales. Southfalia no se ha mostrado en este campo innovador: ni ha propiciado todavía formas y procedimientos más participativos y pluralistas, ni ha implementado modos de liderazgo múltiple, concertado, conjunto, colaborativo o distributivo.

En síntesis, Southfalia muestra ciertos elementos de continuidad, readaptación y cambio con respecto a Westfalia. El sistema westfaliano no ha colapsado, pero muestra signos de agotamiento evidentes. Mientras tanto, el Sur global avanza gradualmente aportando, con marchas y contramarchas, novedades significativas. El reto de Occidente es aceptar o asimilar el ascenso de una periferia distinta de la del pasado y con ello no tentarse con "mantener en su lugar", como dijera en 1958 A. F. K. Organski, en su obra World Politics , a los inquietos poderes emergentes. © LA NACION .

El autor es profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Di Tella
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