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Nuestros pequeños filósofos

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Sergio Sinay
Domingo 08 de agosto de 2010
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"¿Por qué si todos los que mueren van al cielo, el cielo está vacío?" "¿Es cierto que tenemos un rollo de pelo adentro de la cabeza y cuando se termina nos quedamos pelados?" "Mamá se comió un bebe, por eso está gorda y voy a tener un hermanito." "Yo duermo en la cama de mi papá y mi mamá porque en la mía no cabemos los tres."

Las frases de los chicos dan para una antología sin fin, y el asombro de los adultos ante ellas es inagotable. Pero tras esa variedad hay un patrón común. Los chicos tienen un pensamiento y un lenguaje que, como ellos mismos, están en formación.

Si nos sorprende es porque, aunque no lo parezca, se trata de un pensamiento realista y concreto, no distingue entre realidad y fantasía, no hace abstracciones. Si los muertos van al cielo, debemos verlos allí, si el pelo sale de la cabeza algún día se terminará, si en la panza de mamá hay un bebe es porque se lo comió. También le adjudican atributos humanos a las cosas inanimadas, a los muñecos, a los juguetes. Es un pensamiento animista que se refleja en el lenguaje.

Los adultos vemos "frescura" en ese razonamiento y lamentamos haberla perdido. No es así: la transformamos. Al desarrollarnos y completar nuestra maduración (a esto dedicó sus extraordinarios estudios el psicólogo y filósofo suizo Jean Piaget), atravesamos estadios hasta alcanzar un pensamiento inductivo y deductivo apto para operaciones mentales complejas. A la riqueza de este proceso aportaron, y mucho, el estímulo recibido y la interacción con el medio que nos permitieron desarrollar nuestra personalidad e integrarnos de un modo específico a la sociedad.

Justamente, por ser adultos podemos asombrarnos y disfrutar de la lógica y del lenguaje de los chicos, que no necesitan justificativos para asociar cosas o hechos disímiles de un modo que, en su mente, es perfectamente posible. Al madurar, tendrán otra comprensión del mundo, de las causas y los efectos, e incorporarán incluso nociones éticas. En el camino, como receptores activos de los valores y modelos del mundo en el que crecen, mostrarán los primeros atisbos de una cosmovisión propia, esa que, según Lawrence Kohlberg (quien se inspiró en Piaget), los convierte a menudo en "pequeños filósofos". Nuestros pequeños filósofos.

El autor es escritor, especialista en vínculos humanos

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