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El retorno de Honduras a la OEA

Chile y México han marcado el camino hacia la normalización de las relaciones con un país signado por los sobresaltos

Lunes 09 de agosto de 2010
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Honduras puede sentirse orgulloso de ser el primer país de América latina que, aferrado a su vocación irrenunciable de vivir en libertad, pudo escapar de las redes que le tendió el grupo de países liderado por Hugo Chávez y Fidel Castro. Ocurrió cuando el ex presidente Manuel Zelaya, con el abierto respaldo de Cuba, Nicaragua y Venezuela, pretendió reformar la Constitución, violándola, para eternizarse en el poder.

La tenaz resistencia hondureña a aceptar el liderazgo chavista culminó, luego de un tenso proceso, en la rápida celebración de elecciones libres y transparentes. En ellas, Porfirio Lobo fue ungido con más de la mitad de los sufragios como nuevo presidente de Honduras.

Esa circunstancia provocó el rechazo de algunos gobiernos de la región que, en su momento, apoyaron abiertamente a Zelaya. Entre ellos, la Argentina, cuyo avión presidencial estuvo en el aeropuerto de Managua, con la expectativa frustrada de conducir triunfalmente a la Presidenta a Tegucigalpa para participar en la reposición de Zelaya. Eso nunca sucedió. También Brasil, que alojó a Zelaya y los suyos en su representación diplomática en Tegucigalpa. Y Nicaragua y Venezuela, que no conciben que su permanente intervencionismo en los asuntos internos de otros Estados tenga límite. Desde entonces, esos cuatro países cerraron hostilmente sus puertas a Honduras en procura de impedir su pronto regreso a la Organización de los Estados Americanos (OEA), de la cual había resultado suspendida.

Las cosas han comenzado a cambiar. Cabe celebrarlo. Tanto Chile como México acaban de decidir reconocer al gobierno de Porfirio Lobo. De esa manera, se separan del criterio punitivo que propugnan algunos miembros de la Unasur, aún aferrados a la idea de que debería regresar al país Zelaya con la garantía de una amplia amnistía sobre episodios de corrupción de los que se lo acusa. No sorprende, pues la corrupción es un mal endémico en los países bolivarianos.

Aislar a Honduras de nada servirá. Lo ha demostrado acabadamente su insistente defensa de la democracia y del respeto a la ley. No es posible pretender que en la región exista una visión única del mundo, la que postula Chávez. En ella, unos pocos definen caprichosamente quiénes son los amigos y quiénes no.

Pese a todo, Honduras ha regresado al Sistema de Integración Centroamericano que, con la esperada excepción de la Nicaragua de Daniel Ortega, le ha abierto sus brazos. Camina ahora, del brazo de Belice, en busca del apoyo de la Comunidad del Caribe (Caricom). De lograr ese objetivo, contará con los votos necesarios para volver a formar parte de la OEA.

Esto ocurrirá a pesar de la obstinación de la izquierda sudamericana en tratar de mantener al país aislado por el grave pecado de no haber querido someterse a sus designios.

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