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Lo sagrado y lo profano en Alberto Félix Alberto

Sábado 21 de agosto de 2010
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Extasis o cómo darle de comer al pato. De Alberto Félix Alberto. Intérpretes: María Alejandra Figueroa, Carlos Miceli y Juan Santiago Privitera. Voz de Dios: José Manuel Espeche. Vestuario: Cynthia Sassoon. Escenografía: Nicolás Rosito. Puesta de luces y dirección: Alberto Félix Alberto. Duración: 80 minutos. En el Teatro del Sur. Nuestra opinión: muy buena

Como siempre sucede con las propuestas de Alberto Félix Alberto, Extasis es un desafío intelectual que seduce al espectador que disfruta de una participación activa.

No es un acertijo ni nada que se le parezca, sino un planteo dramático que permite varias lecturas sin que una predomine sobre la otra. Se puede hablar de misticismo, de romance, de amor divino y amor profano, de dolor, de angustia, de soledad, en fin, de una variedad realmente atractiva de posibilidades, de las cuales se rescatan, por un lado, una historia de amor que va declinando; por el otro, la reconstrucción física de una mujer.

Si bien hay una idea generalizada de que la vejez debe preceder a la juventud en la hora de la muerte, la realidad muestra que la naturaleza no preserva un orden cronológico de existencia. Esto le pasa a Carlos, un hombre maduro que debe despedir a su amante Juan, un joven que encontró el mayor éxtasis en la droga. En la habitación de un hospital, donde los tiempos están detenidos de cualquier acción física, en la mente de Carlos sólo quedan los recuerdos del pasado y la posibilidad de un futuro plagado de vacíos. Espera. ¿Qué espera? Probablemente un desenlace fatal. Y en ese estado de inactividad, los pensamientos se desatan en imágenes visuales y sonoras, muy cinematográficas, que retrotraen a otros universos pintados por Alberto en La pasajera y En los zaguanes, ángeles muertos .

En su estado de ensoñación, o tal vez, de delirio en vigilia, aparece la imagen de Santa Teresa de Avila, figura representativa del éxtasis divino que viene a recuperar los miembros que le fueron arrebatados después de muerta para tratar de reconstruirse. Frente a ella, Carlos, que también perdió esos momentos de éxtasis físicos que tuvo con su amante y a quien sólo le quedan recuerdos y una remota esperanza de encontrar algún aliciente para reconstruir su vida.

Son muchas las interpretaciones que se pueden desprender de este texto tan rico en alegorías y en metáforas, y todas son válidas cuando interviene el espectador como receptor de sensaciones que movilizan respuestas varias.

La escenografía está muy bien diseñada para cumplir con los objetivos de Alberto: la habitación de hospital que permite a su vez la visualización de las luces de un tren y las pantallas para proyecciones, aunque éstas están laterales.

Las luces están también al servicio de la historia y el vestuario cumple con los requisitos del realismo.

En cuanto a la actuación, cabe decir que el elenco es idóneo, aunque hay que señalar que Carlos Miceli emplea un tono bajo de voz, por momentos inaudible. Por lo demás, buenas composiciones para definir situaciones extremas.

Susana Freire

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