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Historias con nombre y apellido / Jorge Emilio Nedich

El gitano escritor que, sin ir a la escuela, llegó a la universidad

Información general

Por   | LA NACION

El 5 de febrero de 1959 su madre lo parió al alba con mucho dolor y supo, apenas lo vio, que sería un hombre diferente.

En las carpas del campamento de Sarandí, provincia de Buenos Aires, donde todos festejaban la llegada del niño morocho y cabezón, las mujeres espantaban las moscas y el calor pegajoso con abanicos hechos de diarios viejos, conjeturaban con el futuro y hacían apuestas y adivinanzas sobre el crío, pero ninguna acertó.

Porque él, Jorge Emilio Nedich, gitano, nómada hasta los 17 años, fotógrafo de plaza, corrector a tiempo parcial de una importante editorial, ghost writter , remisero, vendedor de autos y hombre con mirada angustiada y atávicamente melancólica, cambió la historia de su nación en la Argentina, cuando se recibió de profesor de Letras y se convirtió en un escritor del destino de su pueblo.

Porque Nedich es escritor. Y profesor universitario y de escuela media, títulos que ganó luego de ir a la Justicia, a la que enfrentó pidiendo que lo aceptaran como alumno sin haber cursado ni la escuela primaria ni la secundaria.

Ha publicado varias novelas, dos de las cuales fueron finalistas del Premio Planeta. Se escolarizó sólo una semana en su vida. Tiene dos hijos. Vive solo en el barrio de Caballito. Odia las ataduras y, aunque aceptó la entrevista con ganas, contesta sólo y únicamente lo que quiere.

Buen comienzo

Nedich ha estudiado profundamente el origen de su pueblo, al que gran parte de los argentinos llama despectivamente húngaros, aunque, en general, los gitanos venían de Rumania, país que los detestaba y perseguía; hablar en pretérito no sería del todo justo: aún hoy los desprecian.

"Una vez fui a hacerle una entrevista al embajador de ese país -dice Nedich, a quien la sonrisa no se le da muy fácil durante la entrevista y sí la mirada fija y recelosa- y el hombre me habló horas en contra de los gitanos, hasta que le expliqué que yo era de ese pueblo. ¿Sabés qué me dijo como para disculparse? Que los gitanos somos buenos músicos."

Esta es la parte divertida de la historia, aunque él no sonría. La contracara es la marginación, la mendicidad, el analfabetismo y el profundo rechazo y miedo que los gitanos despiertan en el resto de la sociedad; tanto, cuenta Nedich, que en cada ciudad europea donde se estrenaba la película Tiempo de gitanos , de Emir Kusturica, había uno o dos romaníes muertos o agredidos. Es que el film narra la historia de traiciones, robos, violencia sexual, niñas prostituidas y venganzas terminales.

"Somos un pueblo que nunca estuvo en guerra, no hay ejército, no tiene Estado ni representación, pero es una nación. Una nación que soporta una discriminación y una marginación estructural, porque en la conciencia de la gente no somos ciudadanos, sino extranjeros, parias, ladrones de chicos, jugadores, mendigos, es decir, tenemos los peores males del mundo. Pero, fijate, no hay un solo expediente judicial en el que se hable de secuestro de chicos por parte de gitanos. Todo eso fue obra de la Iglesia Católica a lo largo de tres siglos, que, al no poder dominarlos, los demonizó y los condenó a ser marginales."

-¿Y la violencia de género existe en su comunidad?

-Sí, por supuesto, pero de las dos mujeres que mueren diariamente en el país por violencia, según las estadísticas, ninguna es gitana.

Nedich no es un hombre alegre, no. Tiene una seriedad extrema y se pone tenso cuando las preguntas se refieren a las costumbres de su pueblo y a las condiciones en las que vive. Pero esa cara de labios finos y morados se relajan en el momento en que las preguntas aluden a su pasado nómada y a la forma en cómo pudo construir un mundo lejos de las carpas y de las adivinadoras que lo vieron nacer, lo criaron y le enseñaron a vivir.

"Yo aprendí solo a leer con las historietas que vendía en los trenes a los nueve o diez años, porque nunca me escolarizaron y porque estábamos en permanente movimiento. Por eso, cuando agarré el primer libro pensé que estaba mal escrito, porque no tenía dibujos, había menos tildes y faltaban los globos del diálogo. Luego lo descubrí a García Márquez y leí todo de él y, de ahí en más, no paré", dice.

¿Se habrá sentido el Melquíades de Cien años de soledad, ese gitano que se pasó la vida tratando de lograr convertir los metales en oro? ¿Qué diferencia hay entre Nedich y el zíngaro de la novela? Probablemente muy poco, porque ambos comparten una vida fantástica, de nomadismo y miseria y, al final, de una bondad extraña y casi sobrenatural, que se ve cuando sonríe, lo que sucede muy poco a lo largo de su relato.

Porque Nedich comenzó su vida "profesional" a los 12 años como fotógrafo de plaza, con un pony para atraer a los chicos y cerca de su madre, Rosa, y sus hermanas, Susana e Isabel, las tres analfabetas, que vendían baratijas y adivinaban la suerte por unas chirolas. Pero la juventud y la revolución adolescente de su cuerpo le hizo entender que no podía seguir en la plaza, de modo que comenzó a inmiscuirse en la venta de autos, como los mayores, profesión que ejerció a la vez que leía y leía.

-¿Usted le compraría un automóvil a un gitano?

-Sí, por supuesto, y no compraría un automóvil en Warnes. Eso ponelo.

-Sí, señor.

Porque Nedich, a pesar de su discurso, tiene un costado cuasi autoritario, disimulado con simpatía y a fuerza de haberse adaptado a la sociedad sin carpas, sociedad sedentaria, como la denomina él, aunque admite que extraña, a veces, aquella libertad, pero que prefiere esta vida.

-Y ahora que lo ve desde afuera, ¿qué opina de la vida que siguen haciendo algunos gitanos?

-Es una mirada muy doliente, profundamente triste. No es lindo ver a esos chiquitos gitanos que mendigan, viviendo como hace tres siglos, sabiendo que no van a acceder a nada, ni siquiera a estudiar el primario en algunos casos. Pero a la vez los admiro, porque han sabido sobrevivir a todas las masacres, aunque se convirtieron en los nuevos excluidos, que viven en la calle buscando su autodestrucción, su degradación...

-Tal vez será que no hacen nada por superarse.

-No. (Se pone muy serio). No. Nadie es marginal por elección, menos, toda una nación. Nadie les da una oportunidad. En los hospitales no los atienden. En algunos aeropuertos de Europa hay carteles que indican que los gitanos tienen que hacer una cola aparte, no todas las escuelas los aceptan como alumnos y cuando logran inscribirlos, los demás los marginan, se burlan. Mirá, entre los gitanos no hay casos de desnutrición, pero sí muertes por enfermedades evitables y eso habla a las claras de discriminación.

Jorge Nedich cuenta que uno de los hombres públicos que más discriminaron a su nación fue Juan Domingo Perón. "En tiempos de él nos quemaban las carpas, por eso mi abuelo se compró un terreno en Bernal y abandonó el nomadismo. Mi padre, Emilio, no. Siguió en caravana por mucho tiempo, siempre por la provincia de Buenos Aires, especialmente en la costa atlántica."

Allí el gitano leía, vendía broches de ropa, agujas y dedales. El, su familia y el grupo llegaban a los pueblos como aparecidos de la nada, a veces de tardecita, pero nunca después de medianoche, tal como indica la tradición. Lo hacían en carromatos, en camiones o a pie y armaban las carpas en algún descampado que consideraban apropiado, sin averiguar si tenía dueño o era un terreno fiscal: para ellos, la tierra está para ser usada, lo que, generalmente, causa el escozor de todos los vecinos: siempre dicen que, si frente a la casa hay un campamento de gitanos, la propiedad pierde valor.

Su abuelo, en cambio, fue el primer desertor de la caravana: se construyó su casa de ladrillos, pero no soportó los límites que les imponían las paredes -claustrofobia que le dicen-, de modo que esperaba con paciencia el verano para poder sacar el colchón al patio y dormir bajo las estrellas, como Dios manda.

Y la familia Nedich volvía de vez en cuando a la casa de los abuelos y se instalaba con la carpa en el jardín. O se quedaban en "paraderos" predeterminados y hasta había almaceneros que les fiaban, porque, como Melquíades, siempre volvían.

"Mis padres me dieron mucho cariño -cuenta- y con ellos hablaba en rumano. Nos movíamos cerca de 30 personas en camiones, muchos éramos parientes, cuando encontrábamos un lugar, bajábamos las carpas, las armábamos y salíamos a vender en el pueblo. Bueno, a veces nos corría la policía."

Su pasatiempo era la fotografía y algunos poemas que improvisaba. Su malestar, la eterna disconformidad con esa vida errante. Su estigma, darse cuenta de que el destino que le esperaba caminando por el mundo era "patético, eso lo entendí a los 15 años".

Y sigue: "Yo quería ser escritor, pero lo hacía mal, porque no entendía los libros. Leí a Borges y no lo comprendí".

-¿Se avergonzó alguna vez de ser gitano?

-Sí, mucho, en la adolescencia, por ejemplo, o cuando me prometieron a una mujer, a los 15 años, para que me casara con ella.

-¿Y la ropa que usaban las mujeres de su pueblo lo avergonzaban?

-No, porque ellas son las que ponen el cuerpo para todo y portan esa ropa típica como un estandarte, aun sabiendo que las van a discriminar.

Nedich cuenta que cada 10 años sufren la peor de las discriminaciones cuando llega el censo poblacional: los que se ocupan de contar a los argentinos, como él, esquivan los campamentos gitanos y, por lo tanto, nadie sabe cuántos son. "Mi cálculo es que hay entre 80.000 y 250.000 y la brecha es tan grande porque al menos el 30 por ciento de los gitanos niegan que lo son por vergüenza.

"Mirá, yo soy argentino y gitano, pero me avergüenza más ser argentino, porque el sistema nómade es circular y nadie lo entiende y lo que no se entiende se discrimina y, por lo tanto, recibimos un trato perverso. Justamente por eso se los casa entre los 12 y los 16 años, para preservar al pueblo. Y yo, que quería salir de ese mundo, lo miraba desde los libros."

Mientras los chicos de su edad iban al colegio, Jorge Emilio vivía al aire libre, cazaba ranas que luego cocinaban, se bañaba en las lagunas que encontraba y salía con su padre a cazar liebres.

-¿Y cómo pudiste salirte del mandato y no casarte?

-A los 15 años me invitaron a casarme con una chica mayor que yo, que para mí era una vieja, pero yo me negué y con el dinero que yo tenía que aportar al matrimonio compramos un terreno donde construimos, aunque mi papá no quería abandonar el nomadismo.

Nedich dice que no hubo mucha discusión por su negativa, que ya había salido del campamento y que tenía novias que no eran gitanas, que escribía y escribía y se enamoraba, según él, cada 15 minutos de las mujeres que conocía. Hizo de todo para labrarse una posición: vendió autos, agujas, broches y decidió ir a la universidad.

Eligió la de Lomas de Zamora: se presentó y pidió que lo aceptaran como alumno y la expresión de los ojos de las autoridades fue tan sorprendente, que tuvo que explicar que no había ido al primario ni al secundario, pero que quería ser profesor.

Fue a la Justicia y ganó el caso: es el primer alumno de una universidad nacional que se recibió sin tener los estudios obligatorios cursados. Actualmente, además de promocionar su libro, da talleres de comunicación, letras y periodismo en esa universidad y lengua y literatura a nivel secundario.

-¿Qué tiene a favor la vida nómada dentro de la comunidad gitana?

-Que hay contención, todos te cuidan.

-¿Y en contra?

-Que no dejan entrar a la colectividad gitana en la sociedad. Ahora es posible pelear por lo que se desea, pero los gitanos no lo hacen.

-¿Tiene alumnos gitanos?

-Ninguno. Pero tengo alumnos bolivianos, peruanos y paraguayos, que son más persistentes que los argentinos. Aunque, la verdad, es que la discriminación es tan grande, que si hay un gitano en clase muchos sacan a los chicos de las escuelas. El pobre es muy duro con el pobre.

Nedich está apurado porque sus alumnos lo esperan. Y él, tan justo, no quiere que la historia se repita.

JORGE EMILIO NEDICH
Escritor gitano

Quién es : nació en 1959 en Sarandí, partido de Avellaneda. Vivió en forma nómada hasta los 17 años. Fue finalista del premio Planeta con Leyenda Gitana, publicada en 2000 y El aliento negro de los romaníes , en 2004.

Su último libro es El pueblo rebelde, crónica de la historia gitana .

Se inscribió en la Universidad Nacional de Lomas de Zamora, donde se recibió de profesor de letras y está por finalizar la licenciatura.Su caso sentó jurisprudencia: fue la primera vez que la Justicia permitió a alguien que no tenía estudios primarios ni secundario ingresar directamente en la universidad.

Tiene diez novelas inéditas, cuentos para niños y varios poemas. .

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