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El peligro de abrazar

Algo tan simple como dar un abrazo se vuelve un acto extremo, temerario. ¿Será que nos hemos civilizado tanto que llegamos al punto de volvernos analfabetos de lo esencial? ¿Cuántos actos primordiales dejamos para mañana, para nunca?

Domingo 22 de agosto de 2010
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Es posible que al rato de terminar este texto yo vaya a parar por lo menos a la cárcel. Muy posible.

¿Por qué a la cárcel? Ya va, ya va, dejemos que la fruta caiga por madura.

Empiezo por donde se empieza: por el principio. Y digo.

Permiso. Este Caminante Quieto quiere, precisamente, aquietarse, hacer una pausa para suspender el vértigo del limbo cotidiano: el vértigo de las rutinas. Trataré de hacer pie en el sosiego y desde allí le soltaré riendas. Hay ocurrencias que a uno a cada tanto lo alcanzan, después lo abandonan, hasta que otra vez lo alcanzan, y así. La idea central de este relato está en un par de páginas de mi libro La conversación de los cuerpos (1982). Me reapareció en otro libro, Cuerpos abraSados (1984). Finalmente, me alcanzó una vez más en La misa humana (1992). Pero resulta que ahora, concluyendo la primera década del siglo 21, la ocurrencia que creía cancelada me vuelve a través de una sucesión de preguntas. Y no me resisto.

Cuánto hace que

A las preguntas las carga la sed. ¿Por qué esta repentina necesidad de compartirlas? No sé explicarlo. De todos modos, convido a que deshojemos algunas, paladeando la lluvia que sucede o la lluvia que debiera suceder. Observemos, por ejemplo, nuestro estar en este mundo: cada vez que damos un abrazo es porque alguien se va o regresa, o para dar sentido pésame, o porque el bendito almanaque nos dice que es Navidad o Año Nuevo, o alguna otra celebración. Siempre abrazo interesado.

¿Cuánto hace que no damos un abrazo de repente, sin motivo alguno, sin explicaciones?

¿Y cuánto que no nos hincamos de asombro para beber el agua?

¿Y cuánto que no comemos nueces con pan a esa hora en que la tardecita es rumiada y mordida despacito por la noche?

A ver: ¿cuánto hace que no reparamos en las venitas del aire?

¿Y cuánto que no lamemos la piel de ese aire compañero, con panero, que nos permite vivir hoy y aguardar el día de mañana?

¿Nos daremos cuenta alguna vez de que la música es el agua del aire?

Cuando hacemos nuestro trabajo, ¿por qué no silbamos mientras tanto?

¿Hace cuánto que no cantamos en el auto o en el colectivo o en el subterráneo o en el avión? ¿Quién, pero quién, dijo que no se puede? ¿Algún código penal? ¿Acaso la sagrada Constitución?

¿Cuánto hace que no decimos "buendía" sabiendo, sintiendo, que el día insiste en ser bueno con nosotros porque nos regala, siempre, otra primera vez del sol?

Descalzos, ¿cuánto hace que no caminamos descalzos por la sucesiva espalda de la Tierra que nos parió?

Y decir lo que pensamos y sentimos, de cuajo, sin calcular las consecuencias y sin mirar a quién, ¿hace cuánto? Mejor preguntado: ¿lo hicimos alguna vez?

No nos detengamos: ¿cuánto hace que no lloramos en voz alta, como lloran los niños, que lloran en voz alta?

¿Y cuánto que no soltamos nuestras manos para que ellas digan el amor que no saben decir las tan pobres palabras?

¿Y cuánto que no abrimos la jaula de nuestro pecho para que nuestro encogido corazón salga por luz con semblante?

¿Y cuándo fue la última vez que nos tomamos el pulso, no para contar latidos sino para sentir y celebrar la sangre que nos viaja por las venas?

Una más: ¿cuánto hace que no apoyamos el oído sobre el pecho indefenso de alguien que duerme en nuestra casa?

¿Civilización? ¿Cordura?

Damas y caballeros, vivimos despilfarrándonos. Vivimos hasta ahí, en cómodas cuotas mensuales. Vivimos porque se usa. ¿Vivimos realmente?

El viejo Serafín Ciruela me suele comentar que nuestro vivir oscila entre la contractura y el estreñimiento. Que andamos por la vida con el malestar de quien usa calzones o calzoncillos dos talles más chicos.

Las anteriores y la preguntita que viene parecen salidas de uno de esos retiros de autoayuda. De todas maneras afrontémosla: ¿estamos vivos mientras vivimos?

No hace falta ser demasiado observador para advertir que vivimos desmayando latidos, desangrando sangre. Si nuestra sangre fuera café, estaríamos hablando de un descafeinado. El descafeinado es una cordial estafa que elegimos. Con ese café, y con la vida misma, hacemos como que.

¿No será que se nos fue la mano con esto de la civilización y la cordura y el sentido común?

¿No será que nos estamos volviendo "comunes" de tanto sentido común?

Vivimos descorazonando a nuestro corazón. ¿Eso significa ser educados?

El caso es que, si nos fijamos bien, respiramos impunemente.

Despilfarradores, desmayadores, desangradores, descorazonadores. Nos quejamos: "¡No hay tiempo para nada!", "los años cada vez vienen más cortos y pasan más rápido". De acuerdo: vienen más cortos, pasan más rápido, uno no termina de hacer la digestión de un fin de año cuando ya asoma el otro. De acuerdo: pero, ¿cuántas cosas hacemos para matar el tiempo?

Impunes de toda impunidad, afrontemos otra vez la jodida pregunta: ¿estamos vivos mientras vivimos?

Veloces para las coartadas, pronto argumentamos: ¡no podemos pasarnos la vida haciéndonos preguntas todo el tiempo! De acuerdo. Pero tengamos a bien considerar que sería peor, una lástima, que nos pasáramos la vida vacíos de preguntas.

Haber nacido, estar anotados en el registro civil, tener documento de identidad, es una cosa. Estar vivos es otra. Pasa como con la democracia: estar empadronados, ir a votar es una cosa. Ser habitantes ciudadanos, participar, comprometerse en los primordiales actos de cada día, es otra.

Las preguntas, si realmente preguntan, son inquietantes, peliagudas, desvelan, insomnian, incomodan. Pero dejarlas para mañana vendría a ser como dejar para mañana la conciencia de estar vivos.

Pasarse la vida aparentando y consumiendo y lavándose las manos y esquivando las preguntas es un crimencito perfecto por el que ninguna ley castiga explícitamente.

Pero en realidad, para ese crimencito de lesa inhumanidad no hace falta cárcel alguna: basta con haberse condenado a ser bien vestidos, reducidos al rol de intestinos eructantes.

En nombre de la cordura, de la prudencia y de la bendita prolijidad, ¿cuántas cosas esenciales, primordiales, dejamos de hacer?

Posdata

Escucho voces airadas: me dicen que la termine de una vez con mi sermón. Tienen razón, me fui al caraxus. Demasiado bla-ble-bli-blo-blu.

No encuentro escapatoria, y para colmo ahora mismo reaparece el viejo Ciruela, que tiene la virtud de asomar en el lugar exacto en el momento menos indicado. Me dice el viejo:

-Rodolfo, esto te pasa por meterte a sermonear. Ahora no le saques el poto a la jeringa. Hágase cargo compañero al menos de una pregunta.

-Hice una punta de preguntas, Ciruela, ¿de cuál me hago cargo?

-Por empezar, de la primera.

-¿Cuál era?

-Vamos, no se me frunza compañero del alma. La primera usted la hizo, usted la sabe.

-Don Ciruela, ¿no podría ser otra?

-No. No podría ser otra. Esta es: ¿cuánto hace que no das un abrazo de repente, sin motivo alguno, sin explicaciones?

-La verdad... hace años que no doy un abrazo de repente, así, sin motivo alguno, sin que sea por una despedida o un encuentro o una Navidad o un Año Nuevo. Tantos años hace...

-Tantos... ¿cómo cuántos, Rodolfo?

-Tantos como mi vida entera. Jamás di un abrazo así.

-Nunca es tarde para el abrazo pendiente.

El viejo Serafín Ciruela, para darme una buena palmada, elige mi hombro del lado del corazón. Y se aleja, pero no demasiado. Sin darse vuelta me dice: "No lo dejes para mañana el abrazo. Mañana puede ser demasiado tarde".

Sigue la Posdata

En este día de un mes del año 2010 después de Cristo he concluido esta nota escribiendo ese "mañana puede ser demasiado tarde". Pero no es la frase final. Sé que debo tomar una decisión para que no sea cierto que a las palabras se las lleva el viento. Ahora o nunca: saldré a la vereda, caminaré hasta la esquina de Corrientes y Esmeralda y allí...

Todo llega. Ya estoy en esta esquina sembrada de humanos que van y vienen, urgidos; es como si todos estuviesen llegando tarde al sitio al que van.

Empiezo una silenciosa cuenta regresiva: en segundos voy a dar un abrazo sin aviso, sin mirar a quién, un abrazo al primero o a la primera que se me cruce. Cierro los ojos, no contaré hasta diez, contaré hasta trece... uno... dos... tres... El corazón, más que latir, me da puñetazos... seis… siete… Qué lenta es la eternidad… nueve… diez… once… Estoy con los ojos cerrados, los abro... doce... trece... Ya suelto mi abrazo y mi abrazo llega a destino desconocido... Ahora abraza mi abrazo ¡así!, ¡¡así!!, a una mujer de unos cincuenta años... Ella salta con un alarido... Madremía, sólo la estoy abrazando... Tratando de calmarla le digo felicespascuas... feliznavidad... shalom... buonnatale... felizañonuevo... felizfindesemana... Mi abrazo termina trizado, partido, desparramado sobre las baldosas... Carterazos, patadas en mis costillas, sangre en mi nariz... Respiro el olor fresco de la sangre y ese olor me lleva a la niñez... Un agente de policía y dos, tres tipos, me inmovilizan boca abajo... Por suerte las baldosas conservan el olor de la lluvia de esta mañana... Escucho lejanas sirenas... se acercan. ¿Qué mundo hicimos que por dar un simple abrazo sin mirar a quién uno se juega la vida, la libertad?

Mis pensamientos son abollados por insultos que brotan desde una increíble cantidad de gente que en segundos se ha ­reunido en círculo. De todo me dicen. Pero no se vaya a creer, no hay unanimidad; hay como dos bandos; los insultos están divididos: unos putean a mi madre y otros a mi padre. Otros, más dulces, más específicos, me dicen "atorrante", "drogadicto", "violador"... El sonido de las sirenas ya es cercano... alcanzo a ver, porque es bajita, el rostro de una nena de unos cuatro años... Me mira bien, una lágrima le está bajando por la mitad de un pómulo... "No te asustés, nena, no llorés, sólo estamos jugando..."

Una ambulancia y dos patrulleros y otro patrullero más... Me suben a la ambulancia... "Cálmese", me dice una doctora. "No teman, está tranquilo, es inofensivo", le avisa la voz del viejo Ciruela, que ha conseguido subir a la ambulancia para acompañarme. El policía le pregunta si es familiar del detenido. Ciruela le responde: "Más que familiar, su álter ego soy".

Masculla un rato la palabra "alterego... alterego...", el oficial. Se saca la gorra y me interroga con voz de interrogatorio:

-¿A qué se dedica?

-A teclear.

-¿Pianista?

-No, escribo y cosas así.

-¿Qué ingirió esta mañana?

-Cafecito.

-¿Y qué más?

-Cuatro vasos de agua en ayunas.

-Sujeto masculino, dígame de una vez: ¿qué tomó?

-Eso tomé. Ah, y un pomelo partido en cuatro.

-¿Puede reconocer lo que hizo?

-Sí, puedo.

-A ver, ¿qué hizo?

-Di un abrazo de repente.

-¿Por qué motivo?

-Sin motivo. Porque sí.

-¿Sabe lo que le espera?

-No sé... Antes de seguir, oficial, una cosa quiero decirle.

-Lo escucho.

-Usted esta mañana desayunó con medialunas.

-¿Y cómo lo sabe?

-Porque en el bigote tiene la cascarita de una.

-Carajo, cómo se dio cuenta.

-Y..., porque lo estoy mirando.

-¿Puedo decirle algo más?

-¡Otra cascarita!

-No, ya no tiene nada. Quería preguntarle si me deja darle un abrazo.

-Un... ¿abrazo...?, ¿Usted a mí?

-Sí, a usted. Un abrazo. Y a la doctora. Y al enfermero.

Ninguno de los tres me responde, no les sale la sílaba del sí, pero se la veo en la mirada. Lo abrazo al policía, lo abrazo al enfermero, ¡a la doctora la abrazo! Ninguno de los tres ofrece la menor resistencia. Tenían sed y no lo sabían.

Y aquí estamos, abrazados. El chofer de la ambulancia ha notado algo extraño, y nos mira por el espejito. Frena en seco. Se baja, abre las puertas traseras y sube de un salto: "¡No sean egoístas y conviden!". Y sin más se zambulle.

El abrazo se nos prolonga, otra vez gente de género masculino y de género femenino, amontonada.

Nos miran desde el estupor.

Una señora muy aseñorada lidera y exclama: "¡Esto es el colmo de la degeneración!"

Un señor muy aseñorado, tal vez el esposo, grita al borde del alarido: "¡Esto es el fin del mundo!"

El viejo Ciruela lo corrige: "El principio del mundo es".

Por Rodolfo Braceli rbraceli@arnet.com.ar

Para conocer más www.rodolfobraceli.com.ar

El autor es poeta, dramaturgo, cuentista, periodista, autor de una veintena de libros, entre otros: El último padre; De fútbol somos; Don Borges, saque su cuchillo porque…; La Misa humana; Vincent, te espero desnuda al final del libro. Para el cine escribió y dirigió el mediometraje Nicolino Intocable Locche. Sus libros más recientes: Perfume de gol y la biografía Mercedes Sosa. La Negra.

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