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Fort, ícono mediático del siglo XXI

Héctor M. Guyot LA NACION

Martes 24 de agosto de 2010
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En una primera impresión, Ricardo Fort parece la versión siglo XXI del superhombre pensado por Nietzsche. Es el modelo más perfecto alcanzado por esa vanguardia cuyos miembros están en permanente reconstrucción de sí mismos con el objeto de adaptarse a una realidad que fuga hacia adelante. Comprende como pocos el nuevo medio en que se mueve y ha desarrollado recursos de los que carecemos el resto de los mortales. Está un paso más allá en la evolución. Hay que prestarle atención si uno aspira a sobrevivir y a ser parte de la victoriosa mutación de la especie en un mundo que ha dejado de ser lo que era. Fort parece el ejemplar mejor equipado para proyectarse en una nueva dimensión hecha de espacios mediáticos y realidades virtuales en la que consumir y ser consumido son ya la misma cosa.

Así como los primeros animales terrestres emergieron de los mares, Fort salió de las pantallas. De YouTube pasó a la televisión. En aquellas apariciones inaugurales, lo primero que se imponía era un físico trabajado al milímetro. Más que un cuerpo, aquéllo era un triunfo de la voluntad: músculos esculpidos en exagerado homenaje al ideal griego -ecos de la antigua civilización- y la piel profusamente tatuada. Encima, un rostro tallado por manos cebadas en el uso del bisturí. Las caras muy intervenidas tienen un aire de familia, pero lo que destacaba en el rostro de Fort era su mirada. Había en los ojos, además de la determinación que subyacía a su contundencia física, un brillo impersonal que no revelaba interioridad alguna. ¿Hay alguien escondido detrás del personaje o esa tenaz construcción es la mismísima persona? Una pregunta quizá vana, pero que cifra la clave de una de sus principales fortalezas: en un mundo devenido reality show , Fort encarna como nadie la naturaleza ficcional que adquirió la realidad con el auge de la comunicación virtual.

No sólo el físico es construcción en Fort. Los atributos de su carácter sin dobleces también parecen cuidadosamente modelados. Como si en lugar de un ser humano con debilidades y contradicciones fuera una criatura exenta de ambigüedades perfilada por la mano firme de un guionista. ¿Cómo exhibir, si no, semejante autoridad? ¿Cómo desplegar, de otro modo, un amor por sí mismo tan sólido e ilimitado? ¿Cómo expresar como lo hace, sin filtros ni inhibiciones, todo aquello que brinca en la mente?

Las peleas que suele protagonizar con Fabio "la Mole" Moli y Aníbal Pachano en el programa de Marcelo Tinelli tal vez sean la adaptación a estos tiempos de aquéllas que Martín Karadagian y sus titanes, allá en la prehistoria de los años 70, dedicaban a la platea infantil. La diferencia es que entonces sólo los chicos creían que "Pepino", "la Momia" y "el Caballero Rojo" peleaban de verdad. Hoy somos todos chicos. O adultos que no sabemos si estas tenidas verbales son falsas o verdaderas. De todos modos, lo que importa es que se siguen como verdaderas, tanto en el show de Tinelli como en los programas que las regurgitan. A nadie le preocupa trazar el límite entre la realidad y la ficción, quizá porque ese deslinde cada vez tiene menos consecuencias prácticas. La construcción, la personalidad envasada y hecha producto, han conquistado estatuto de verdad. Tal como en las relaciones mediatizadas que proponen Facebook y otras redes sociales de Internet, en las que construimos perfiles al uso que nos permiten desarrollar y mantener miles de "amistades" virtuales que, ajenas al contacto presencial, se quedan en la superficie de la máscara.

Sin embargo, Fort viene a recordarnos también que en la actualidad los conceptos de interioridad y superficie configuran una zona resbaladiza en la que se asienta uno de los puntos neurálgicos del cambio de época que vivimos. La misma noción de vida interior, que resultó fundamental en la conformación de la subjetividad moderna, hoy parece relativizada. Paula Sibilia habla de un movimiento de mutación subjetiva que ha ido empujando los ejes del yo "desde el interior hacia el exterior, del alma a la piel, del cuarto propio a las pantallas de vidrio". La antropóloga argentina estudia estos fenómenos en un libro que tituló La intimidad como espectáculo , una idea que el mediático millonario parece haber entendido de manera cabal, a juzgar por la forma en que ha utilizado aspectos de su vida personal (sus viajes, sus hijos, su relación con sus guardaespaldas) para proyectar su imagen. Lo privado y lo público son equivalentes, así como el interior y la superficie. O el alma y el cuerpo.

Tal vez por eso se repite tanto que "hoy para ser hay que ser visto". En la lucha por la visibilidad, en la carrera por el reconocimiento o por la fama, y con el cuerpo como asiento principal del yo, las pantallas conforman la cabecera de playa donde hay que plantar bandera. Allí, para halagar a las cámaras y concitar atención, todos son iguales en su afán de ser diferentes, según una expresión del pensador español Javier Gomá. Y allí las subjetividades desatadas, usinas de "escándalos", devienen producto. Fort, consumidor de bienes y servicios de alta gama, como se dice ahora, se vuelve un objeto de consumo cuyo marketing corre por cuenta de él mismo. Y no lo ha venido haciendo nada mal, de acuerdo con el rating que disparan sus apariciones en TV y con el interés que despiertan las notas que le dedican los medios gráficos.

El reciente casting para encontrarle una novia pone de manifiesto, otra vez, la identificación entre lo privado y lo público, pero también una despersonalización de las relaciones humanas que posiblemente sea consecuencia de estos cambios culturales que la tecnología ha contribuido a acelerar. Es algo más que un juego inocente: si yo me vendo como objeto de consumo, ¿por qué mi novia no puede ser un bien de mercado que elijo y compro tal como la marca y el modelo de un automóvil? Es menos riesgoso comprar un auto que embarcarse en una relación de pareja comprometiéndose en ella. Sobre todo si lo que buscamos es la gratificación inmediata. ¿Por qué esforzarme en construir una felicidad que puedo comprar al contado? Si la novia viene con fallas de fábrica, hago lo mismo que con el auto defectuoso: la llevo al taller, donde la dejan a gusto del consumidor. A sus novias, dice Fort, las "tunea". Ha de ser un término en spanglish que trajo de Miami y que deriva de la palabra inglesa tune , afinar. Más que afinar, se trata de ponerles aquello que les falta para que luzcan como él desea. Y si luego aparece algo que el bisturí no puede arreglar -un humor difícil por las mañanas, por ejemplo- siempre es posible descartarla y reponerla por otra.

Tiene con qué hacerlo. A Fort le gusta decir que no le alcanza la vida para gastar el dinero que posee. "Yo no manejo el rating , manejo un Rolls-Royce", se ufana en cámaras. Sus caprichos son manifestaciones de la voluntad, órdenes. Cada época cuenta con sus propios íconos mediáticos. Las Samantas y las Natalias de la década menemista eran algo así como chicas que sólo querían divertirse sorprendidas en medio de la fiesta. En buena medida, una fiesta ajena hecha de cocaína y negocios turbios. Fort, en cambio, parece alguien dispuesto a comprarse la fiesta para sí mismo, con los invitados incluidos. La prepotencia del dinero es también una marca de los tiempos.

Pero nadie tiene asegurado nada. Hay otra ley que no se puede soslayar: todo tiene fecha de vencimiento. La ley de la obsolescencia programada alcanza tanto a los más sofisticados artículos tecnológicos como a los productos de la televisión, en la que permanecen sólo quienes logran una comunicación genuina con la audiencia o los que tienen una antena privilegiada para captar los cambiantes humores de época. No es casualidad que Tinelli lleve más de dos décadas en pantalla, moviendo los hilos de un show que se transforma según pasan los años.

¿Pasará Fort, como pasa todo? ¿Mutará en otra versión suya cuando haga falta? Quizá más importante que responder esas preguntas sea tratar de entender las razones ocultas de la fascinación y los rechazos que despierta su figura. Porque el nuevo medio en el que nació y creció, para consumo de una amplia legión de seguidores, no pertenece sólo al ámbito de las pantallas sino que es parte del mismo aire que respiramos.

© LA NACION

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