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El escenario

Banalizar la tragedia más luctuosa

Política

En su libro Las pasiones y los intereses , Albert Hirschman hace notar que, con bastante frecuencia, la acción de los agentes sociales es más eficiente para generar efectos no buscados que para realizar los objetivos que, en principio, se perseguían. Es posible que, con su avance sobre la empresa Papel Prensa, los Kirchner estén produciendo ese fenómeno. La Presidenta todavía no pronunció su discurso sobre esa compañía ni comunicó cuáles son las medidas -intervenciones, denuncias judiciales, etc.- que se ha propuesto adoptar. Sin embargo, la decisión de marchar en esa dirección está arrojando algunos resultados que tal vez terminen siendo mucho más decisivos que los que ella y su esposo se propusieron cuando se abocaron a este caso. No se trata sólo de consecuencias no buscadas. Son, además, consecuencias no queridas.

La más evidente es que, al servirse del argumento de las violaciones de los derechos humanos durante la dictadura militar para alimentar una disputa cotidiana, como la que mantienen con los medios de comunicación privados y, sobre todo, con el Grupo Clarín, permitieron que se ponga en duda la calidad de su compromiso con esa causa.

Este es el mensaje central de la carta de Gustavo Caraballo que publicó ayer LA NACION. Caraballo denunció allí que se están tergiversando los hechos del pasado para imputar a un supuesto adversario la comisión de un delito de lesa humanidad y, por ese recurso, privarlo de sus derechos en el presente. Es una acusación de enorme vibración. Supone que los Kirchner están banalizando la tragedia más luctuosa de la historia argentina para, a través de una manipulación facciosa, sacar ventajas en una pelea contingente.

Esta recriminación proviene, además, de una víctima de aquellas violaciones de los derechos humanos. No de un victimario. Esto no dice nada respecto de la veracidad del testimonio. Pero lo vuelve, desde el punto de vista político, mucho más interpelante.

Los adversarios del Gobierno siempre sembraron dudas sobre la sinceridad con que Cristina y Néstor Kirchner vienen levantando la bandera de los derechos humanos. Eran dudas capciosas, que pretendían hacer creer que esa preocupación era demasiado enfática para ser tan reciente en la biografía del matrimonio. Esta cizaña estaba destinada a no prender.

Sin embargo, más tarde, los mismos Kirchner alimentaron las sospechas sobre su verdadero apego a esos principios. Durante el conflicto con el campo, por ejemplo, utilizaron las atrocidades de los años 70 para refutar los argumentos de contribuyentes que se negaban a pagar retenciones expropiatorias. Fue, qué duda cabe, una utilización frívola de una cuestión que, habría que suponer, para ellos es sagrada.

Los ataques contra el Grupo Clarín sirvieron para profundizar esta desviación. El primer detalle lo ofreció una metáfora infeliz. La Presidenta caracterizó el contrato entre TyC y la AFA por la transmisión del fútbol como "el secuestro de goles de los que antes secuestraban personas". Este extravío terminó de ponerse en evidencia en el caso de los jóvenes Noble-Herrera: los Kirchner dejaron claro que, cualquiera fuera su origen, el Gobierno pretendía/necesitaba que fueran hijos de desaparecidos.

La carta de Caraballo cruza, sin embargo, un umbral. Afirma lo que muchos sospechaban: que esa manipulación puede llegar hasta la tergiversación del pasado. Hasta la calumnia. Caraballo pone en evidencia la utilización de un método por el cual los Kirchner son capaces de subir a quienes no les obedecen a la máquina del tiempo para, una vez alcanzados los oscuros años de la dictadura, inocularles el virus de la violación de los derechos humanos, para después devolverlos a la actualidad debilitados, disminuidos, anulados. Esta dinámica tiene como desenlace una perniciosa paradoja. La reivindicación del Estado de Derecho estaría puesta al servicio de la violación del Estado de Derecho.

Los Kirchner estaban casi condenados a caer bajo este reproche. En el plano conceptual, porque jamás se atrevieron a poner en tela de juicio el papel que jugaron las organizaciones guerrilleras en la tragedia argentina, como obligaría a hacer una condena convencida del autoritarismo. Al contrario, su discurso histórico incluye la idealización de una estrategia política que fue atroz. Caraballo viene a correr también ese velo cuando rememora, casi con naturalidad, cómo circulaban por empresas argentinas los fondos provenientes de los secuestros de los montoneros.

Sin embargo, la principal fragilidad de los Kirchner no es teórica sino práctica. Desde hace varios años se tentaron con aplicar la fuerza moral de una causa elevadísima a sus camorras ocasionales. Ignoraron que hay ciertas banderas, como las de los derechos humanos, que son indiscutibles en la medida en que funcionan como principios ordenadores de carácter general. Y que pierden esa legitimidad cuando, transformadas en argumentos ad hominem , se convierten en la herramienta de una lucha de facción.

Los interrogantes acerca de la autenticidad de la defensa de los derechos humanos que practica el matrimonio no pueden ser más lesivos para su proyecto político. No sólo porque esa reivindicación fue, desde el comienzo, una carta de presentación internacional. También porque pone en entredicho la relación entre el Gobierno y la izquierda. Cuando decidieron su embestida contra Papel Prensa, Cristina Kirchner y su esposo descontaron que se les reprocharía un ataque contra la libertad de expresión. Pero ellos desdeñan esa recriminación como una preocupación burguesa. Un ideologema de "la derecha". Para el populismo, la iniciativa privada en materia de comunicación es una restricción para la democracia.

Lo que no estaba previsto, en cambio, es que el avance contra la empresa podría transformar el debate sobre la libertad de prensa en un debate sobre la política de derechos humanos. Esta es la fisura que abrió Caraballo con su carta. Y será interesante observar cómo es percibida por las fuerzas políticas y sociales identificadas con el progresismo.

El Gobierno pone en juego un activo importantísimo en esta discusión. Es posible que, después de tantos achaques morales, la defensa de los derechos humanos fuera el último puente firme que quedaba entre los Kirchner y el reino de los valores. El último argumento que permite creer que la participación de ellos en la vida pública es algo más que un ejercicio ciego del poder. .

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