Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí

El enigma de un novelista

Se sabe de él que nació en Nueva York y que escribió siete larguísimas novelas consideradas sustanciales en la literatura contemporánea, pero jamás se muestra en público ni habla con los periodistas y nadie conoce su cara

Sábado 28 de agosto de 2010
SEGUIR
LA NACION
0

Es curiosa la insistencia en asimilar la invisibilidad de Thomas Pynchon con la reclusión voluntaria de J. D. Salinger. Nada indica que el primero haya pasado la mayor parte de sus días tras la férrea empalizada de una residencia pueblerina, como el segundo, negándose a la curiosidad pública entre la irritación y el desdén. De atenerse a la hiperkinesis de sus ficciones, resulta más verosímil imaginarlo como un nómade, alguien que, portando una de las viejas guías Baedeker que inspiraron sus primeros relatos, se encuentra, por omisión, en ninguna parte y en todos lados. El mismo Pynchon puso los puntos sobre las íes cuando décadas atrás una nota periodística sugirió que Salinger había venido traficando bajo esa firma su teórica producción en las sombras (la clave del argumento era que el autor de El cazador oculto dejó de publicar al mismo tiempo que el otro comenzaba a hacerlo). "Nada mal. Sigan probando", dicen que dijo. De modo similar, como un gesto desacralizador, habría que entender sus otras intervenciones clandestinas. Sus apariciones, por ejemplo, en Los Simpson (con su propia voz, la cabeza del personaje cubierta con una bolsa de cartón): en la primera, la más recordada, recomendaba el libro escrito por Marge ("A Thomas Pynchon le encantó este libro casi tanto como le gustan las cámaras") y ofrecía en la calle su autógrafo de "escritor recluso". O aquella entrega, en 1974, del National Book Award, cuando su editor envió a recibir el premio a un comediante. Aquel actor estrambótico, al que muchos tomaron por Pynchon (a fin de cuentas, nadie le conocía la cara), terminó agradeciendo el galardón a Brezhnev, Kissinger y Truman Capote.

Contraluz ( Against the Day , en el original), la masiva obra de 1337 páginas que dio a conocer a finales de 2006 y acaba de publicarse en castellano, aporta nuevos argumentos para refutar el lugar común de la fobia social o misantropía militante del escritor. Las interminables persecuciones y el elenco de anarquistas que pueblan de lado a lado esta nueva novela, sumados a su clima de folletín popular de aventuras, hace más bien pensar en la figura de otro escritor misterioso, B. Traven, el de El barco de la muerte o El tesoro de Sierra Madre . Traven logró ocultar a la perfección sus verdaderos orígenes, hasta que distintos biógrafos (Michael L. Baumann, entre otros) alcanzaron a develar, años después de su muerte, su identidad. El caso de Pynchon, si se quiere, es más desconcertante por, justamente, lo que se sabe de él. No ostenta, para empezar, ningún nombre de fantasía, y sus actividades hasta entrada su juventud son conocidas, por más que algunos registros burocráticos se hayan volatilizado misteriosamente. Se llama, en efecto, Thomas Ruggles Pynchon, nació en Long Island, Nueva York, el 8 de mayo de 1937; sus antepasados en suelo estadounidense se remontan a una fecha tan distante como principios del siglo XVII. Abandonó sus estudios de ingeniería física para revistar dos años en la marina (durante ese período tuvo lugar la crisis del canal de Suez); luego, retornó a la universidad de Cornell para licenciarse en literatura inglesa. Vera, la mujer de Vladimir Nabokov, aseguró recordar la curiosa letra de sus trabajos, hecha de mayúsculas y cursivas, para los célebres cursos que daba su esposo en aquellos claustros. Más tarde, un amigo renegado confirmaría el dato (Pynchon le habría dicho que no habría sacado mucho en claro de todo aquello debido al indeleble acento ruso del autor de Lolita ). Consta además que, tras recibirse, trabajó en la empresa aeronáutica Boeing, con sede en Seattle, para la que redactó folletós técnicos. También que vivió en México (como Traven), en California y, ya durante los años noventa, en Nueva York, donde se casó con una agente literaria y tuvo un hijo.

El arte de la evasión practicado por Pynchon tal vez convenga leerlo a la luz de su propia obra; en particular, en su convicción de que en un mundo estructurado y manipulado por un sinnúmero de sistemas corporativos los individuos se han convertido en un simple elemento estadístico, en peones de un juego que, sin saberlo, les resulta incomprensible. Complejas y laberínticas, paranoicas y conspirativas, repletas de una erudición desquiciada (que entrevera sin complejos cultura alta y popular, ciencia, tecnología, política, historia y todos los etcéteras temáticos disponibles), desbordantes de humor colegial y canciones deliberadamente zonzas, sus novelas se articulan alrededor de búsquedas frenéticas que, en una continua postergación antidetectivesca, ponen el acento en el misterio y no en la solución de los enigmas.

Pynchon extendió su imprevisibilidad a una frecuencia discontinua en las publicaciones. Un primer período incluye tres novelas: V. (1963), El lote de la subasta 49 (1966) y El arco iris de gravedad (1973). Rompió el silencio en 1984 con Un aprendizaje lento , donde recopiló sus primeros relatos de juventud, entre los que figura "Entropía", que remite a un concepto termodinámico clave para su concepción narrativa, pero que, en el prólogo a ese libro, el mismo Pynchon aseguró no comprender del todo bien. Hubo que esperar hasta los años noventa para que volviera al ruedo con Vineland (1990) y Mason & Dixon (1997). Y otra década más para que, ya entrando en los setenta años de edad, agregara, además de Contraluz , un policial, Inherent Vice (2009), aún no traducido, al que dedicó una segunda incursión "pública" (el lector curioso podrá encontrar en You Tube un spot publicitario de la novela en que Pynchon, en off , se hace pasar por Doc, el protagonista).

La parodia de estilos, la comprensión de la narración como artefacto, el enciclopedismo ilimitado llevaron a que aquellas primeras ficciones -las más importantes, porque en ellas ya se encuentran todas las claves de su literatura- fueran vinculadas con el posmodernismo estadounidense, ese heterogéneo arco de autores que va de John Barth a Robert Coover. Aunque Pynchon tiene un aire de familia con William Gaddis ( Los reconocimientos , de 1955, es un antecedente ineludible), en sus obras campea un delirio integral que parece exceder los límites de esa corriente, injustamente opacada por la ola minimalista surgida en la década del 80. Un principio de incertidumbre parece lanzar sus novelas en direcciones siempre imprevisibles. De ahí que uno de sus rasgos más personales, la intromisión de elementos sorprendentes, haya sido tomado por recurso fantástico o -como le gusta señalar a la crítica anglosajona, que no parece entender las implicancias míticas del término- simple adscripción al realismo mágico.

En V. , por ejemplo, se investigaba el paradero de una misteriosa Mata Hari que había sido vista en diversos sitios del planeta en momentos de crisis y que sería la madre de Hubert Stencil, uno de los protagonistas. Además de mezclar épocas y tiempos, la novela se entregaba a largas y curiosas digresiones. Por ejemplo, aquellos capítulos en que Benny Profane formaba parte de una brigada que tenía como misión cazar los cocodrilos que se habían reproducido en las cloacas de Nueva York (después de que compradores desilusionados hubieran arrojado por los inodoros de la ciudad criaturas similares a sea monkeys ) o aquél en que un cura, empeñado en catequizar ratas, descubría que una de ellas se rebelaba con un uso perfecto de la dialéctica marxista. La subasta del lote 49 , la más breve de sus novelas, satirizaba la vida californiana al mismo tiempo que se intuía una conspiración en la que jugaban papeles clave un par de empresas imposibles de localizar. El arco iris de la gravedad , que tiene como eje la bomba V, transcurre mayormente en Londres, durante los estertores finales de la Segunda Guerra Mundial. En ese minucioso fresco imaginario acribillado de información técnica, donde se siguen las misiones de Tyrone Slothrop y se mezclan, a través de múltiples voces, los devaneos de centenares de personajes, Pynchon lleva a un punto extremo su idea de que la novela contemporánea debe representar el sinsentido de un mundo guiado por fuerzas inaccesibles.

Para ser un recluso, Pynchon, en el imperdible prólogo a Un aprendizaje lento , se mostró bastante franco y locuaz sobre las fuentes de esa imaginación desorbitada. Allí, además de presentarse como un ingenuo joven de los poco estimulantes años cincuenta, nombra a sus maestros, intereses distractivos (el jazz y el rock) y los libros que le interesaban por aquella época: En el camino , de Jack Kerouac, las olvidadas novelas de John Buchan ( Los 39 escalones ) y también Hacia la estación de Finlandia , de Edmund Wilson, una historia de los movimientos revolucionarios que extiende su influjo hasta Contraluz . No cita Warlock , de Oakley Hall (saldaría su deuda con esa obra en el prólogo a una novela de su fallecido amigo Richard Fariña), pero sí a los surrealistas, sobre los que hizo un curso: "Como aún no tenía prácticamente acceso a mi vida onírica, se me pasó por alto lo esencial del movimiento y, en cambio, me fascinó la sencilla idea de que uno pudiera combinar los mismos elementos estructurales que normalmente no se dan juntos para producir unos efectos ilógicos y sorprendentes". El método -que no deja de recordar los experimentos de Raymond Roussel- debió ser afinado, según el mismo confiesa, con un dictum del músico heterodoxo Spike Jones: no basta sustituir un do sostenido por un disparo; hay que sustituirlo por un disparo en do sostenido. Contraluz reproduce hasta la exacerbación esas características, después de Vineland (una requisitoria, siempre frenética, contra los años ochenta) y Mason & Dixon , en la que sus temas característicos migraron a tiempos de la colonia.

En una de las misivas que le escribió a su editor en los años sesenta (y que, por esos milagros del mundo literario, llegó a circular), Pynchon señalaba que tenía la costumbre de escribir varias novelas al unísono. Es posible que -como señaló algún crítico estadounidense- Contraluz no sea más que la colisión tectónica de distintas obras, en su momento abandonadas. Pero también es la que mejor cumple aquella premisa consignada en el prólogo a su libro de relatos: "Que los dibujos animados de Correcaminos no desaparezcan jamás".

En cierto momento, algunos personajes se enteran de la existencia de un mapa legendario, el itinerario de Sfinciuno, que tenía como cualidad principal representar la Tierra no como una simple esfera tridimensional, sino como una superficie imaginaria. Tal vez convenga considerar Contraluz como ese plano donde todo, por la vía de la imaginación, se vuelve posible, desde la picaresca dickensiana hasta los desvaríos sobre la trascendencia.

El epígrafe de Thelonious Monk ("Siempre es de noche; si no, no necesitaríamos luz") no sólo revela los gustos musicales de Pynchon, sino que acaso también apunte a su modo de ejecución. Aunque su sinuoso barroquismo no tenga ningún contacto con el estilo de Monk, Pynchon también realiza su arte como un niño y deja en suspenso notas que debe completar el lector. Dado que está lejos de ser un improvisador (se supone que investiga minuciosamente sus temas), tal vez convenga definir la novela como una opereta, a imagen y semejanza del espectáculo (no es la primera vez que en sus libros aparece el teatro dentro del teatro) que algunos de sus personajes ven en cierta capital centroeuropea.

Es imposible sintetizar una novela elefantiásica que presenta, incluso en su tramo final, personajes nuevos y que acumula, página tras página, acontecimientos de lo más disímiles. Baste decir que Contraluz es una novela sobre la conquista del cielo, de la energía y, en última instancia, del tiempo. Es también una ficción sobre el poder y la resistencia a ese poder y, también, una constatación irónica del misterio que impregna la totalidad del universo.

La novela transcurre entre 1893 y el final de la Primera Guerra Mundial. Tiene como hilo conductor a un quinteto de infantes que nunca envejece y, se supone, debe permanecer en sus puestos hasta el término de sus vidas. Los Chicos del Azar ("Chums of Chance") surcan el firmamento en el Inconvenience, una aeronave de hidrógeno. Recorren el planeta de lado a lado, en misiones que les comunican por un radiotransmisor. Sus aventuras se conocen a través de una serie de libros folletinescos, lo que lleva a que algún distraído, cuando se encuentra con ellos, los considere la encarnación de entes de ficción. Al inicio de la novela, arriban a la Exposición Colombina de Chicago, donde se realiza al mismo tiempo una convención de colegas aeronautas, y a lo largo del libro no dejarán de encontrarse, en una trama en la que los dobles son recurrentes, con su homólaga y rival rusa, la Bol´shaia Igra. Los Chicos del Azar poseen "la visión desde arriba" y su perspectiva panorámica da unidad al planeta de la novela.

Lo que sucede en tierra firme, lejos de ese espacio etéreo, en ese período de tiempo es otra historia. Las conspiraciones son múltiples, sinuosas y -en comparación con otros libros de Pynchon- mucho más comprensibles. Hay matemáticos frenéticos que, entre cuaterniones e hipótesis de Riemann, tratan de encontrar la fórmula para develar la cuarta dimensión; una secta pitagórico-espiritista, un detective que investiga toda clase de asuntos aunque no sepa bien con qué fin, espías políticos y espías científicos, agentes de todas las potencias, alquimistas e inventores locos, aventureros, capitalistas crueles y mineros, dinamiteros y libertarios, chamanes y pistoleros. Es un mundo en ebullición, al borde del "arreglo de cuentas apocalíptico" que, para el adolescente Pynchon, gracias a su lectura de autores victorianos, representaba la primera conflagración mundial.

Es posible que el autor haya querido ensamblar, parodiar y al mismo tiempo glorificar en su novela todos los géneros de literatura popular contemporáneos de las décadas en que transcurre la acción. Los viajes aerostáticos de los Chicos del Azar recuerdan los relatos de Verne, pero se convierten en homenaje deliberado cuando, para trasladarse en misión urgente de Java al Ártico, utilizan la "técnica del atajo interplanetario" que les permite transitar por el centro de la Tierra. Las aventuras de Frank Traverse en el sur de Estados Unidos y México durante la revolución de Madero recuerdan los relatos de Ambrose Bierce (aunque, en clave actual, podría tomárselo por una imitación de Cormac McCarthy), así como las investigaciones del detective psíquico Lew Basnight evocan el policial británico y las escenas amoroso-pornográficas, las novelitas rosa o la comedia social inglesa.

Frente a ese virtuoso despliegue caótico, tal vez lo más sintomático de Contraluz resida en el período elegido para la acción. El arco iris... transcurría durante los momentos más turbulentos de la Segunda Guerra Mundial, cuando el mundo de las corporaciones estaba ya establecido; la nueva novela, en cambio, tiene lugar en las décadas en que las fantasías de la ciencia finisecular entran para siempre en contacto con un capitalismo rapaz, el momento en que empieza a gestarse, para siempre, el siglo XX. Scarsdale Vibe, el industrial que encarna el capitalismo salvaje, uno de esos seres impiadosos que parecen calcados de una serie televisiva, es consciente de lo que está en juego. Entre la profusión de genios locos, inventores de arrumbadas máquinas del tiempo y ocultistas a la manera de Madame Blavatsky, se destaca Nikolai Tesla, el investigador del electromagnetismo e inventor de la corriente alterna que aspiraba a que la energía fuera gratuita para todo el mundo. Scarsdale intuye en esa posibilidad la desaparición del sistema económico dentro del cual se asienta su imperio y emprende la tarea de corromper a quien fuera necesario para apropiarse de esos conocimientos capitales. El balcánico Tesla, real rival de Edison, es uno de los personajes secundarios y entronca Contraluz con la literatura estadounidense clásica: su amigo Mark Twain se inspiró en sus teorías para escribir Un yanqui en la corte del Rey Arturo , novela en la que también hay un viaje en el tiempo y en la que (como en la de Pynchon) el encuentro de un orden social y una tecnología desconocida produce toda clase de desbarajustes.

El enemigo que más teme Vibe, al que pretende destruir, es el anarquismo que, como un residuo de otros tiempos, ocupa el núcleo de esta novela fluctuante: después del asesinato de Webb Traverse, un minero que en sus horas libres se dedica a realizar atentados selectos (se lo conoce con un nombre de historieta, el Kiselghurd Kid), los dos hijos mayores, Reef y Frank, deciden salir a dar caza a sus sicarios, mientras que Kit, el más joven, un genio de los números, es becado calculadoramente por el villano Scarsdale, y Lake, su hermana rebelde, se casa, sin saberlo pero sospechándolo, con uno de los asesinos del padre.

El anarquismo fue un tema que fascinó a los escritores de principios de siglo pasado; en la novela, Pugnax, el perro del Inconvenience, lee, para demostrarlo, La princesa Casamassima , de Henry James, pero no El hombre que fue jueves , de G. K. Chesterton, que en su aparente irracionalidad tiene más de un punto de contacto con Contraluz . En ese submundo de tabernas, obreros y lumpenaje, los fantasmas de Max Stirner o del primer anarquista estadounidense, Benjamin Tucker (autor de En vez de un libro: por un hombre demasiado ocupado para escribir uno ), recorren las conversaciones. Pynchon no los convierte en héroes necesarios, pero la novela, hacia el final, adquiere un espesor irónicamente decimonónico, con los tres hermanos que, a su manera y después de una y mil peripecias, logran reinventar su vida.

Claro está: antes de eso, las digresiones y los señuelos son legión. Un mineral, el espato de Islandia, capaz de polarizar la luz y revelar mundos paralelos, es objeto de codicia; se parte en busca de una ciudad oculta y quizás inaccesible, Shambala, más allá de la ruta de la seda; se intenta contrarrestar el Interdikt, un dispositivo colocado en los Balcanes del que depende que se inicie o no la contienda bélica.

De Pynchon se dijo alguna vez, en relación con V. , que había dado forma a la novela global. La cartografía que propone Contraluz es inacabable, como si uno de los objetivos fuera superar aquel antecedente. Los personajes parecen trazar interminables figuras geométricas por todo el hemisferio norte: California, Colorado, Guanajuato, Nueva York, Londres, Venecia, Trieste, Amberes, Gotinga, Viena, Budapest son algunas de las ciudades, a las que se suman centenares de localidades menores y territorios despoblados, que la prosa veloz de Pynchon registra como quien zurce, punto por punto, una serie de asíntotas secretas. En las trescientas páginas finales, se diría que consigna cada pueblo de Bulgaria, Macedonia, Kosovo, Serbia, como antes lo había hecho con toda una franja del Asia profunda. Si falta (con la excepción de una pasajera escena sudafricana) el hemisferio sur, Vibe se encarga de explicar por qué: toda esa zona del planeta no tiene, en relación a lo que está en juego, interés estratégico, es apenas una sucursal del banco de Inglaterra. Todo puede ser aludido, sin embargo, y los lectores que extrañen las referencias argentinas (que ya figuraban en V. , con cierto gaucho venezolano, y en El arco iris... , con, entre otras, la Difunta Correa) disfrutarán el dadaísta tango vegetariano de las últimas páginas.

Los momentos más notables de Contraluz son, de todos modos, aquellos en que la novela entra en una espiral de locura. Lew Basnight, mientras cumple su tarea para la White City Investigations, se vuelve adicto a un explosivo, la ciclomita, que después de un estallido, parece haberlo depositado, como si se tratara de un efecto de bilocación, en un mundo paralelo. Kit Traverse, testigo del "misterioso suceso de Tunguska del 30 de junio de 1908", descubre que en el corazón del Asia interior aparecen los paisajes de Tierra del Fuego o que los mosquitos ya no se interesan por la sangre, sino por el vodka. Antes, cuando se traslada a Europa con el fin de estudiar en Gotinga, el barco de pasajeros en que viajaba, el Stupendica, al recibir la información de que debe acudir de manera urgente a la costa de Marruecos, se había transformado en un acorazado, que partió raudo a cumplir su misión llevando a Kit dentro, mientras que la nave original continuaba con su plácido trayecto mediterráneo.

El aleteo de una mariposa en Siberia repercute en la otra punta del mundo. A Ilya Prigogine le gustaba ejemplificar con esa imagen su teoría del caos. Muchos años antes, en ese universo en que todo parece desdoblarse, Kit descubre absorto que a su mundo de novela lo rige esa misma ley, todavía no formulada, y la enuncia así: "En la otra punta del mundo, un exótico escarabajo se encontraba a una distancia precisa y en una posición concreta de la brújula respecto a un matorral sin clasificar para que aquí, en este claro, estos dos pájaros negros se le aparecieran, precisamente donde estaban".

La literatura no es el reflejo del mundo, viene escribiendo Pynchon desde hace casi medio siglo. La literatura es otro mundo, con su propia lógica inalienable. En Contraluz , sin embargo, a través de un pedacito de espato de Islandia, se puede ver milagrosamente, por refracción, nuestro propio mundo. Y en él a todos. Y allá, en el fondo, al propio Pynchon, que mientras se ríe de su supuesta ausencia va repitiendo una frase de William Blake: "El Progreso hace caminos rectos, pero los caminos sinuosos sin Progreso son los caminos del genio".

© LA NACION

Te puede interesar

Enviá tu comentario

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.
Las más leídas