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En Ituzaingó

Abandono en un hogar de ancianos

Información general

Paredes cubiertas de humedad y dormitorios que se inundan son algunas de las deficiencias de un establecimiento del Gobierno porteño; un grupo de voluntarios trabaja para mejorar la situación

Antonia Miñoz Villamayor, de 66 años, sabe que el único recurso para defender su lugar es denunciar el abandono que sufre a diario. Pero no lo hace sólo por ella, sino por los casi 440 ancianos con los que convive en el Hogar Martín Rodríguez, de Ituzaingó.

En 15 pabellones, distribuidos en unas 40 hectáreas, estos hombres y mujeres hace rato que sienten en carne propia la palabra olvido. Saben con certeza el significado de la palabra desinterés.

Las paredes de los edificios están cubiertas de humedad y despintadas; cuando llueve, algunos dormitorios se inundan.

Antonia y otros internos cuentan que la comida les llega casi siempre fría y que suele ser "un masacote o estar cruda". Que pueden esperar más de un mes para recibir un medicamento. Que, por las noches, falta personal para que cuide la frágil salud de los mayores. Que el año pasado falleció una empleada que sufrió un ataque en la guardia, y que ni el cardiólogo la pudo salvar porque no tenía tubos de oxígeno ni jeringas para aplicarle alguna inyección.

Aunque está situado en el oeste del conurbano, el hogar depende de la ciudad de Buenos Aires y tiene unos 350 empleados, en distintos turnos. Según fuentes confiables, muchos de ellos son parte de un gremio estatal fuerte, poco abierto a mejorar el trato con los ancianos. Algo que la Comuna intenta revertir.

Solos, sin familia

Pero Antonia y muchos otros quieren que las cosas cambien ya. Esta paraguaya que vivió toda su infancia en Misiones, llegó a Buenos Aires a los 14 años tras sufrir un terrible accidente que la dejó -para siempre- atada a una silla de ruedas.

Llegó al Martín Rodríguez en 1957, a los 24 años. Quizá por eso, por haber permanecido tanto tiempo en el lugar, se siente impulsada a gritar a los cuatro vientos que allí viven mal. "A los ancianos no los quieren en ningún lado", se enoja.

Como también le sucede al 40 por ciento de las personas que viven allí, Antonia no tiene familiares. La visitan algunos amigos incondicionales, que supo ganar a lo largo de los años. Recurre a ellos a través del único teléfono público instalado en el lugar.

"Pasan cosas tan sucias que a uno le agarran pesadillas", dice otro de los internos que prefiere no dar su nombre. Es que muchos tienen miedo de hablar, por las posibles represalias. "Una vez me dijeron: "Vos, como enfermo, no tenés derecho a nada" -continúa-. Acá es así".

Los edificios del hogar -que depende del gobierno porteño- dan cuenta de lo que alguna vez fue un hospital geriátrico de excelencia. Pero todo se arruinó.

Los 440 hombres y mujeres que viven allí pasan las horas sentados bajo largas galerías que rodean los pabellones. Hablan poco entre sí, aunque estén sentados uno cerca del otro. La mayoría prefiere la compañía de una pequeña radio o de la televisión.

Hay muchos mayores en sillas de rueda. "Podría ser la consecuencia de una falta de rehabilitación adecuada", dicen fuentes del gobierno porteño. Otros internos tienen peor suerte. Postrados, tienen pocas motivaciones para seguir adelante.

Sentado en uno de los pasillos exteriores, Juan Alberto Platas, de 69 años, explica que prefiere pasar el tiempo trabajando en carpintería. En el hogar hay un centro de laborterapia donde también enseñan tejido o cerámica. "Acá tenemos pocos amigos. Estamos todos en el mismo pozo", dice.

Procuran cambios

El olvido es tal que por varios años no tuvieron ni un sacerdote que celebrara la misa dominical, en la capilla del hogar. Varias organizaciones no gubernamentales intentaron colaborar y se chocaron contra una administración rígida.

Hace un año, un grupo de emprendedores sociales comenzó a trabajar con el gobierno porteño para llevar nuevos aires al hogar. El médico Marcelo Viale, de la Fundación Ashoka, explica que se creó un Consejo de Administradores de la Comunidad que colabora con la dirección.

"Hemos logrado pequeñas transformaciones. Intentamos buscar pautas de fondo, cambios de hábito que sirvan a la gente -dice Viale-. Se ve que ahora hay más prolijidad". De hecho, el hogar no está sucio y el césped del inmenso parque está bien mantenido. Viale reconoce que, en general, a la sociedad no le gusta "ver" este tipo de lugares. "Somos nosotros mismos, dentro de varios años -explica-. Y eso asusta."

El secreto para revertir el abandono es, para Viale, lograr una mayor participación de la gente. Encontrar personas que quieran acercar su ayuda y su compañía. "La idea, también, es que Ituzaingó sienta a este lugar como propio", comenta el médico. Y concluye: "Necesitamos el apoyo y el compromiso de la comunidad para que esto cambie".

Mejoras en 15 días

Fuentes del Gobierno porteño dijeron ayer a La Nación que los cuatro hogares de ancianos que dependen de la comuna metropolitana serán intervenidos en poco tiempo. En 15 días, los centros contarán con nuevos servicios de mantenimiento, limpieza y provisión de medicamentos. Para ello, se lanzó una exhaustiva licitación de más de 1000 páginas en las que se detalla cómo debe ser la adecuada alimentación de los internos; también hay planes para reparar los pabellones, a partir de abril próximo.

Las autoridades saben que mejorar la calidad de vida de los mayores -en especial, en el Martín Rodríguez- es una deuda pendiente. Desde que Cecilia Felgueras asumió como titular de la Secretaría de Promoción Social, hace cinco meses, puso a gran parte de su equipo a trabajar en el tema de los hogares de ancianos. La funcionaria aclaró que -a partir de la puesta en marcha de los nuevos servicios- se endurecerán los controles de calidad.

Como una forma de involucrar a la comunidad, la Ciudad está buscando padrinos que apoyen el trabajo en los 15 pabellones del hogar. Quienes deseen hacer aportes o sugerencias pueden llamar al 4300-9624 o 4300-9620. .

Amalia Eizayaga
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