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Opinión

Violencia de género

Información general

Por Jorge Kent

Violencia de género

Recientes episodios, de inusitada gravedad y de innegable dominio público, que han puesto en serio riesgo la vida de algunas mujeres, en tanto otras han perecido por el escarmiento sufrido, demuestran que la violencia de género tiene una incontenible expansión. Y qué estériles resultan no sólo las herramientas normativas que regulan esta crucial problemática, sino también la actuación de quienes están legitimados para prevenir y conminar tan malvadas y humillantes vejaciones, impropias de ser padecidas por cualquier criatura humana.

Las estadísticas reflejan el ultraje que padeció -y prosigue atormentando- la mujer. Durante el año 2007 fueron asesinadas 70 mujeres. En el período 1997- 2003, se ultimó a 1282 de ellas, un promedio de aproximadamente 180 por año. Sólo en el decurso del mes de enero de 2008, se comprobó la muerte, por malos tratos, de 9 mujeres. En el año 2006 se denunció la "desaparición" de 476 mujeres en todo el país, 70 de las cuales se ubican en la provincia de Tucumán. Estas cifras se desprenden de la Organización Internacional de Migraciones ("OIM") que, en sintonía con las Naciones Unidas y la Organización Internacional del Trabajo (OIT), representan algunas de las agencias que emiten informes y procesan registros a nivel mundial. Los Juzgados de Familia, en el perímetro de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, recibieron 4386 denuncias de violencia familiar durante 2006, lo que representa un inquietante aumento, en comparación con las formalizadas en el año precedente. Más cercano en el tiempo, en el transcurso de 2009, fallecieron 231 mujeres debido a la violencia sexista, esto es, 11% más que en 2008.

Las denuncias por maltrato, ingresadas en el seno de la Oficina de Violencia Doméstica, creada por decisión de nuestra Corte Federal, se incrementaron un 42,9% en un año mientras que, en el que transitamos, murieron 30 mujeres, debido al macabro accionar de maridos, novios o ex parejas, sin soslayar que se recibieron 15.388 llamadas pidiendo ayuda en la línea telefónica gratuita de la Dirección General de la Mujer de la Ciudad. Esto representa 2.721 más que en el año 2008.

El término violencia aglomera realidades muy dispares. En general, sólo se constata lo más visible del fenómeno: la agresión física. Pero sabemos aquello que está en juego con la violencia es, casi siempre, la latente dominación.

La violencia -emparentada con el patriarcado y aceptada por dilatado tiempo- al ser denunciada por los movimientos feministas les permitió comprobar que, al reforzarse la dependencia, le viabilizaban al sexo opuesto la prosecución del control y de la autoridad. En este entendimiento, no sólo se les niega a las mujeres la igualdad con los hombres sino que también se les cercena la libertad y dignidad y, en no pocas ocasiones, se les inflingen violaciones a su autonomía física, cuanto espiritual, tropelías que no reconocen confines fronterizos: esto también ocurre en países emergentes y en otros sumamente desarrollados.

Culpa y vergüenza. La victimización de la mujer en el hogar viene desde hace mucho tiempo. Aunque, hasta no hace poco, esa violencia había quedado sepultada por la intimidad familiar, debido a los sentimientos de culpa y vergüenza y al influjo de las costumbres tradicionales y culturales.

El entorno privado ha suscitado que el problema sea meritado como un asunto de raíz privada y, en su consecuencia, se ha generado su ocultamiento social. Y, por mera transitividad, una falta de conciencia comunitaria en todos aquellos operadores que se encuentran vinculados con disciplinas de tan importante arraigo.

El derecho a la igualdad va incrementándose, de manera incesante. Sin embargo, hay que reconocer que esas reestructuraciones no se establecen de igual forma en todos los países pues, en algunos terruños, se empieza a intuir, en otros se inicia el proceso y sólo, en aquéllos más aventajados, se consolida.

La violencia de género asume una estructura cíclica ya que, luego de las agresiones, el atacante suaviza su conducta y vocablo, en tranquilidad aparente: casi sin motivos valederos retorna habitualmente a su accionar de ofuscación y martirio.

Los maltratadores son hombres aparentemente normales y particularmente sexistas en su socialización, provienen de todos los estratos sociales y de cualquier nivel de cultura. Lo más común es que se trate de sujetos que presenciaron violencia doméstica en su propia infancia.

No olvidemos que hay un antiguo dicho que expresa: "Dios cuenta las lágrimas de las mujeres". La historia, el drama y el sufrimiento de la raza humana puede medirse al través de las vidas, a menudo invisibles, de ellas.

No descuido de redimir -dentro de este anfiteatro de elocuente adversidad- a ciertas mujeres, cabezas de familias monoparentales que deben hacer frente - en la más absoluta soledad- no sólo al cuidado, sino también al mantenimiento de sus hijos, sin perjuicio de estar sometidas a una dependencia psicológica de la figura masculina -sea cual fuere en ese momento-, con una acuciante falta de autonomía y autoestima personal, y siendo víctimas de no esporádicos abusos sexuales y degradantes malos tratos.

La ley 26.485, que trata sobre la "protección integral para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres en los ámbitos en que desarrollan sus relaciones unipersonales", conllevará escasa o nula operatividad si las autoridades de aplicación no están a la altura de tan extremas y aciagas circunstancias, asumiendo sus delicados compromisos funcionales no sólo con profundo espíritu humanista, sino con sentido de la realidad. De lo contrario, seguiremos asistiendo al desenlace de cotidianas andanzas de irreparables escarnios, impropios de un auténtico y no meramente declamado estado de derecho.

Para detener este infortunio se exigirá mucho más que laborar desde la educación o remediar los episodios que se desaten en las instancias sanitarias, psicológicas, económicas y jurídico penales. Se deberá volver a ensamblar a la mujer en el pedestal de ciudadana, con el reconocimiento de su propia voz.

*El autor es abogado, doctorado en Derecho Penal y Criminología y ex Director del Patronato de Liberados de la Provincia de Buenos Aires .

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