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Una batuta que suena bien

Concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional. Programa: "Metamorfosis" para cuerdas, de Richard Strauss; Concierto Nº 2 para contrabajo y orquesta de Giovanni Bottesini; Sinfonía Nº 3 "Escocesa" de Mendelssohn; "El vals del emperador", de Johan Strauss II. Dirección: León Spierer. Función del viernes 5, en el Auditorio de Belgrano.

Domingo 07 de marzo de 1999

La músicos de la Orquesta Sinfónica Nacional y el violinista y director León Spierer renovaron anteanoche su pacto de confianza mutua, que tuvo como lógica consecuencia un concierto con mucho para destacar y analizar.

Como el año último, el músico nacido en Berlín -pero argentino "por opción"- realizó un intenso trabajo durante dos semanas con la sección de cuerdas en particular, que culminó con este concierto "sin director", ya que -salvo en el concierto de contrabajo de Bottesini- Spierer tocó como uno más desde el primer atril de los violines.

Un concierto que, además, fue acompañado por alrededor de 1000 personas, que casi completaron la capacidad del Auditorio de Belgrano y que significó una clara aprobación a la idea de que la orquesta ofrezca sus funciones con entrada gratuita en el comienzo de su temporada 1999.

Spierer tocó y dirigió desde su atril a la Sinfónica Nacional
Spierer tocó y dirigió desde su atril a la Sinfónica Nacional. Foto: Archivo / E. Fantoni

Sentado en una silla un tanto más alta que los demás, Spierer, que fue concertino de la Orquesta Filarmónica de Berlín durante los últimos años de la era Karajan, sólo se limitó a dar algunas entradas, pero básicamente se dedicó a tocar y, en consecuencia, les transfirió la "responsabilidad" a los instrumentistas para que hicieran música de cámara, escuchándose unos a otros.

Y una vez más se reprodujo la alquimia entre Spierer y la Sinfónica de un trabajo que esta vez también tuvo su correlato con la sección de vientos (por la presencia del oboísta italiano Pietro Borgonovo).

En los únicos dos aspectos en los que se sintió la falta de un director fue en cierta tendencia a quedarse en el tiempo y en la mayor facilidad en subir hacia el forte que bajar hacia el piano, lo que redujo un tanto la paleta de matices de intensidad.

Pero por otra parte, la orquesta dejó un mensaje claro: el caudal de entrega y energía, sumado al nivel de detalle que son capaces de conseguir dentro de cada frase, casi nota a nota, hacen que necesiten -y merezcan- contar con directores que estén a su altura.

Océano de cuerdas

Un buen ejemplo de lo que pueden lograr fue "Metamorfosis", para cuerdas, de Richard Strauss, que abrió el concierto.

"Fue como navegar en un océano de cuerdas", comentó con una buena analogía una espectadora que, como todos, soportó estoicamente el calor agobiante que hacía en la sala.

Son alrededor de 20 minutos sin respiros de una obra que forma parte de la más atildada tradición romántica alemana (a pesar de que fue escrita en 1945): todo el material musical se deriva de una sola idea, en este caso el comienzo de la "Marcha fúnebre" de la Sinfonía Nº 3, de Beethoven, la que sólo se escucha unos pocos compases antes del final.

Semejante carga de información musical, que nunca se detiene (hay un solo silencio absoluto en la obra) remite a la tonalidad errante de Wagner y los grandes arcos emotivos del posromanticismo.

Spierer y la Sinfónica ofrecieron unas versión plena de detalles, intenciones de fraseo, con el plus de una entrega emocional mayor que la que ofreció el año último en el Colón nada menos que la Orquesta del Concertgebouw de Amsterdam, dirigida por Riccardo Chailly.

Después de semejante comienzo, el Concierto Nº 2 para contrabajo, de Giovanni Bottesini, funcionó como una especie de distensión simpática, por el carácter quijotesco que tiene que un instrumento como éste deba lucir su virtuosismo contra la orquesta.

Bottesini (1821-1889) fue un eximio contrabajista (lo llamaron "el Paganini del contrabajo") y escribió estas obras para su propio lucimiento. Obra obligada en los concursos para los contrabajistas de todo mundo, tiene muchos pasajes en el registro más agudo posible (zona de muy difícil afinación) para poder "cantar" por sobre los instrumentos a los que normalmente acompaña.

Lamentablemente, el solista Milton Masciardi no pudo resolver esa dificultad y, en general, ofreció una versión apresurada y difusa de las líneas melódicas a su cargo. De todos modos, la gente aplaudió el esfuerzo que el músico brasileño agradeció con un bis en dúo con el solista de la orquesta, Oscar Carnero (¿por qué no lo habrá tocado él?).

En la segunda parte, la obra de fondo fue la Sinfonía Nº 3 "Escocesa", de Félix Mendelssohn, que Spierer preparó respondiendo fielmente al canon interpretativo de Herbert von Karajan: hiperromántico y potente. La orquesta respondió a ese criterio con mucha claridad en los planos, con las cuerdas sonando en forma compacta y una sección de vientos inspirada partiendo desde la ya tradicional solvencia de sus clarinetistas.

Fin de fiesta vienés

El final fue en verdad como un bis dentro del concierto para celebrar este reencuentro. Primero el "Vals del emperador" y luego -fuera de programa- la "Marcha Radetzky" desataron la fiesta que terminó con palmas del público y las sonrisas de los músicos agradeciendo en el borde del escenario el apoyo de la gente, que sabía del conflicto que mantienen con la Secretaría de Cultura de la Nación.

Martín Liut

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