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"El sindicalismo tiene una gran capacidad de destrucción"

El vicepresidente de la UIA se queja de "la cantidad inusitada de proyectos legislativos que afectan la seguridad jurídica", pide que "actúen los poderes del Estado" contra los bloqueos camioneros y propone "reconstruir el diálogo" con el Gobierno Ricardo Carpena LA NACION

Domingo 12 de septiembre de 2010
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Para algunos quizá tenga razón el presidente de la Unión Industrial Argentina (UIA), Héctor Méndez, con su reciente advertencia de que "la Argentina se parece a Cuba". Son quienes apelan a la ironía y afirman que por eso Hugo Moyano se dejó la barba a lo Fidel Castro, que así se explica que la Casa Rosada pretenda que todos los medios de comunicación se transformen en oficialistas como el diario cubano Granma o que Guillermo Moreno haya tomado el Indec como si fuera la Sierra Maestra del kirchnerismo.

Para otros, lo de Méndez es apenas un capítulo más de la pelea entre el Gobierno y los empresarios, e incluso hay alguien como Daniel Funes de Rioja, vicepresidente de la UIA y presidente de la Coordinadora de las Industrias de Productos Alimenticios (COPAL), para quien es "un producto de la exasperación o un resultado de la desesperación" que causan entre los industriales polémicos proyectos del diputado kirchnerista-moyanista Héctor Recalde, como el que permitirá distribuir las ganancias de las empresas entre los trabajadores.

"Hay una cantidad inusitada de proyectos legislativos que afectan la seguridad jurídica porque cambian las reglas de juego todos los días", advierte a Enfoques Funes de Rioja, para quien muchas de esas iniciativas "son un tiro muy duro en medio de los ojos de los empresarios, sobre todo de las pequeñas empresas", y por eso anticipa que su sector presentará los reclamos ante el Gobierno y el Congreso, al tiempo que podría elevar una denuncia ante la Organización Internacional del Trabajo (OIT) por "decisiones unilaterales que afectan la iniciativa privada y la libertad de empresa".

Aun así, este abogado de 64 años, casado, con cuatro hijos (tres de los cuales trabajan con él en su estudio, uno de los más prestigiosos del país dedicados al Derecho laboral) insiste en que "hay que reconstruir el diálogo [con el Gobierno] porque ayuda a consolidar las instituciones" y, así como no profundiza las críticas contra los Kirchner, aunque admite sus diferencias con ellos, castiga a Hugo Moyano y, en especial, a sus bloqueos a las empresas, a los que considera "lisa y llanamente una violación de los derechos de propiedad", por lo cual exige que "actúen los poderes del Estado" para que se restablezca la libre circulación.

Opina, además, que el sindicalismo es "demasiado importante en la Argentina" y por eso advierte: "Uno pretende una dirigencia responsable, que sepa qué instrumentos está usando, que los valore y los pese, porque al tener ese gran poder tiene una gran capacidad de destrucción".

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Además de sus cargos en la UIA (vicepresidente séptimo) y en la COPAL, Funes de Rioja acumula otros puestos, como vicepresidente de la Academia Nacional de Ciencias de la Empresa y presidente del Consejo Consultivo del Centro de Evaluación y Estudios de Economía Social para el Alivio de la Pobreza (CESyP) de la Universidad Torcuato Di Tella. Y también en el plano internacional: vicepresidente ejecutivo de la Organización Internacional de Empleadores y vicepresidente del Consejo de Administración de la OIT.

-¿Hasta qué punto les preocupa los proyectos laborales que impulsa un colega suyo, Héctor Recalde? ¿Son tan perjudiciales?

-Tengo un profundo respecto profesional y personal por Recalde, pero una visión absolutamente diferente. Aunque éste no es un tema de Recalde: en el Poder Legislativo veo una percepción de que cualquier conquista es buena, no importa qué carácter tenga. Y no es así. Porque aumenta las diferencias entre incluidos y excluidos. Dejamos a la mitad de la población trabajadora fuera del sistema por privilegios que a veces no son reivindicaciones necesarias. Y el espacio para discutir es la negociación colectiva. Yo discuto convenios colectivos desde hace 40 años y hay temas que no se plantean en una negociación colectiva, donde hay libertad para hacerlo, y se quieren establecer por ley. Por ejemplo, buscan copiar la protección de la paternidad de los nórdicos, que tienen una tasa de natalidad negativa y un sistema social fenomenal para 3 o 5 millones de personas. Hay una cantidad inusitada de proyectos legislativos que afectan la seguridad jurídica porque cambian las reglas de juego todos los días. Cada proyecto que se aprobó es un tiro muy duro en medio de los ojos de los empresarios, sobre todo los de la pequeña empresa. Si no buscamos una legislación integral, no sólo laboral, sino también fiscal, de acceso a la tecnología, al crédito, no vamos a ser un país desarrollado. Quiero ser un país del Primer Mundo entero, no un pedazo de país del Primer Mundo y con media sociedad afuera.

-¿Comparte la afirmación del titular de la UIA de que la Argentina se parece a Cuba por el proyecto sobre participación de los trabajadores en las ganancias de las empresas?

-Los proyectos legislativos que hay y la falta de solución acerca de una ley de riesgos de trabajo, por ejemplo, han exasperado a la dirigencia gremial empresarial, sobre todo del interior. Los proyectos laborales deben tener un tratamiento consultado, una participación tripartita. Lo que no queremos los empresarios argentinos es parecernos a Cuba, y no nos vamos a parecer porque, entre otras cosas, una de las grandes diferencias entre ambos países es que en la Argentina podemos decir que no queremos parecernos a Cuba.

-Más allá de que parece una frase exagerada, ¿no ha desviado el debate sobre el fondo de la cuestión? A Méndez le han contestado funcionarios y sindicalistas sobre Cuba, pero no se habla de la legislación laboral.

-Sí, pero es producto de la exasperación que producen determinadas cosas o el resultado de la desesperación. Esto viene enrareciéndose porque la participación en las ganancias de las empresas no tiene nada que ver con la cláusula programática del artículo 14 bis de la Constitución.

-Recalde dice que precisamente está en sintonía con el texto de la Constitución.

-El 82 por ciento móvil para los jubilados también está en el artículo 14 bis, como todas las cláusulas programáticas, pero son intenciones dadas en un marco que era el de la Constitución de 1957. La idea de participación en las ganancias y en la dirección de las empresas tenía mucho que ver con la salida de la Segunda Guerra y con los modelos autogestionarios y cogestionarios, más dirigidos a romper paradigmas confrontativos y a buscar otros modelos, y que no tuvieron éxito.

-¿Qué harán si este proyecto avanza en el Congreso? Es obvio que Recalde tiene el apoyo de Moyano y también el de los Kirchner.

-Hay que hablar con el Gobierno y el Congreso. Si llegáramos a una situación grave, sugeriría una denuncia ante la OIT por falta de consulta tripartita y por decisiones unilaterales que afectan la iniciativa privada y la libertad de empresa.

-La UIA no concurrió al acto en la Casa Rosada en el que se presentó el informe sobre Papel Prensa. ¿Tienen miedo de que el Gobierno tome represalias contra ustedes?

-No, y hay que mostrar la actitud de querer seguir el diálogo. Tenemos que medir esto como un incidente, no como un punto de inflexión. Ha habido una invitación del Gobierno y, por otro lado, el criterio de que era un acto político. Y los dirigentes empresariales no debemos hacer política. La Argentina no puede seguir con el maniqueísmo de que somos unitarios o federales, peronistas o antiperonistas, progobierno o antigobierno. Es una sociedad plural que tiene que expresarse con respeto y la voluntad de seguir hablando.

-Usted sabe que el kirchnerismo interpreta que la ausencia empresarial a ese acto fue una especie de declaración de guerra.

-Una modesta contribución que uno puede hacer de lo que ha aprendido en el mundo es que reconstruir el diálogo cuando se pierde es fundamental porque ayuda a consolidar las instituciones. Estamos hablando de buscar consenso respecto de las políticas de Estado. Nadie va a pensar que esto es unánime. Hay visiones distintas y decisiones de gobierno que a veces no nos gustan. Pero porque no nos guste una decisión, ¿el empresariado debe iniciar hostilidad? No, lo que debe hacer es reconstruir el diálogo.

-¿Y cómo evalúa la denuncia en sí del Gobierno contra Papel Prensa?

-Quiero escuchar a los jueces. Hay una serie de aseveraciones controvertidas que me impiden, como abogado, decir si se trata de algo comercial o vinculado con cuestiones de lesa humanidad.

-Papel Prensa, Fibertel, Cablevisión. ¿No le parece una secuencia que atenta contra la propiedad privada en la Argentina?

-Espero que no lo sea y defenderemos a las empresas en el caso de que lo sea. En el caso de Fibertel, uno ha tomado conocimiento de si tenía o no bien acordada una licencia o la fusión con Cablevisión, pero alguien lo tendrá que esclarecer y hay caminos en la justicia para clarificarlo.

-¿Cómo influyen los bloqueos de Moyano en el ánimo empresarial?

-Mal. El "piqueterismo" social de 2001 y 2002, sin perjuicio de que uno pueda compartir o no la privación de la libertad de otros de circular, tiene una explicación sociológica: la crisis. Pero después de estos años de crecimiento de la economía, de crecimiento del empleo, de aumento del ingreso real del trabajador convencionado, no apruebo la metodología ni el estilo de Moyano. La metodología, porque el ejercicio del derecho de huelga tiene límites muy concretos y el bloqueo es lisa y llanamente una violación de los derechos de propiedad. Estos reclamos de reencuadramiento no tienen que resolverse en diez minutos: hay mecanismos administrativos ante el Ministerio de Trabajo, ante el comité arbitral de la CGT y la Justicia. Por ende, los bloqueos son innecesarios y debe haber orden. El orden no es perder derechos, sino que todos puedan ejercerlos.

-¿Estas medidas no son avaladas por el Gobierno, que no hace nada para evitarlas?

-No creo que haya un aval. No se han aplicado los mecanismos que pueden restablecer la libre circulación. No hablo sólo de los poderes políticos sino también del Poder Judicial. A veces ni siquiera hay un conflicto gremial, sino entre terceros que no tienen relación de dependencia. Tienen que actuar los poderes del Estado.

-En su sector, la alimentación, hubo un conflicto sindical muy traumático que fue el de Kraft. ¿Qué lecciones dejó?

-En primer lugar, que hay que fortalecer los mecanismos de diálogo. De los empresarios con las gerencias, con las jefaturas, y de los sindicatos con sus comisiones internas. Están cambiando los tiempos. El asalariado industrial no es el de los años 50. Hoy es de clase media, con otras expectativas. Los sistemas de representación deben adecuarse. Pero, por otro lado, no fue un conflicto que nació en la política, sino que se politizó y se "piqueterizó". Hay un fenómeno de emulación: hoy las huelgas no se hacen puertas adentro, sino puertas afuera. Por eso la cuestión no es parar la fábrica sino cortar la Panamericana. Debemos hacer una introspección colectiva. El sindicato, en su gestión; los empresarios con respecto a las mutaciones que se producen en la sociedad, y también el Estado, por el ejemplo negativo de medidas que toman de rehén a la sociedad.

-Cuando existen este tipo de conflictos, ¿los empresarios prefieren negociar con la dirigencia tradicional, con la burocracia peronista de siempre, antes que con una izquierda que termina siendo incontrolable?

-Cuando el sindicalismo es absolutamente ideológico, lo que busca es romper el molde, no revindicar algo. Con ese sindicalismo, la construcción de un diálogo es imposible. El sindicalismo peronista a veces pide demasiado y es demasiado importante. Es uno de los más fuertes del mundo. Tiene mucho poder real, político y social. Lo que uno pretende es una dirigencia responsable, que sepa qué instrumentos está usando, que los valore y los pese, porque al tener ese gran poder tiene una gran capacidad de destrucción. Creo en la negociación, en el diálogo y en las soluciones que satisfagan a todos. Un gran maestro en mi vida fue el primer empresario al que asesoré, Alfredo Fortabat. El decía que en cualquier conflicto el punto central no era ganar por ganar, sino qué solución había. Lo importante es que haya una solución que satisfaga a todos o que no deje insatisfecho a ninguno. Porque así no hay revancha. Y gran parte de los problemas de la sociedad argentina es la revancha. Y eso es pendular.

-¿Cómo se supera ese revanchismo?

-Se construye en la sociedad desde la educación, no desde la coacción. Cuando El principito le pregunta al rey cómo hace para que lo obedezcan los súbditos, él le contesta: "Muy fácil, les ordeno hacer lo que ellos quieren hacer". No todo es tan volitivo, pero hay cosas que me disgustan y hay cosas que no me gustan tanto, pero que estoy dispuesto a aceptarlas. En las relaciones humanas, laborales, sociales y políticas, esto es así.

-Modelos políticos que están en lo más alto del poder, como los Kirchner, no ayudan mucho a despejar el ánimo revanchista.

-Le voy a dar un paralelo histórico. [Winston] Churchill no ganó las elecciones ni antes ni después de la Guerra. Pero las ganó para la Guerra. En 2001 y 2002, lo que todos queríamos era salir de la crisis. Y, de hecho, se produjo. Si fue por Kirchner o por [Eduardo] Duhalde, no importa. Como argentino, ahora quiero más diálogo. Aquel que quiera gobernar la Argentina a partir de 2011, cualquiera que sea, tiene una oportunidad única, no sólo por las perspectivas internacionales sino porque la sociedad está lo suficientemente madura. Entendimos la reglas de juego de la democracia y que tenemos que tener una economía competitiva, educación, inclusión social. Si entendimos esas cosas estamos en condiciones de armar las políticas de Estado que se requieren. Que se construyen por consenso. Y son las políticas que duran. España construyó una Moncloa que le sirvió en esta crisis para no tener un conflicto fenomenal. En otras épocas habría significado hasta riesgos de descomposición política y social. Esto es la Moncloa, es el cambio de cultura. Y yo quiero ese cambio de cultura.

-Se lo nota muy moderado. No dice ni una palabra de más sobre los Kirchner, aunque se percibe que no comparte algunas medidas.

-No tengo agravios personales. Tengo diferencias, y bienvenidas sean. Hay muchas cosas que no comparto, pero tampoco con otros. Alguna vez me preguntaron políticamente qué era y dije: demócrata cristiano alemán. (Risas.)

-Pero en la Argentina...

-Por mis funciones internacionales, estoy en contacto con todos los gobiernos: lo que importa no es qué color politico tienen, sino lo que se quiere hacer y cómo se lo quiere hacer.

-¿Usted no es un liberal a secas?

-No existe más eso. Soy liberal en lo político, pero creo en modelos de integración, de desarrollo. La Argentina lo necesita. No soy antikeynesiano. Tampoco un keynesiano puro. Pero si hay alguien que necesita keynesianismo es América latina. Quiero ser pragmático, pero soy respetuoso de las libertades y, obviamente, de la libertad de empresa. Después de la crisis de 2008 y 2009, nadie es ortodoxo. El mundo demostró que es heterodoxo. A partir de ahí lo que creo es que la sintonía fina de las políticas hay que conversarlas y discutirlas. Es muy complejo. Esto no lo resuelve un manual de Chicago. Y tampoco Gramsci.

© LA NACION

MANO A MANO

No es un empresario, aunque tiene todo el aspecto de serlo. Daniel Funes de Rioja es un destacado abogado laboralista que desde hace décadas asesora a la UIA y que terminó ganando espacios que suelen ser propios de los dueños de las empresas. Por eso se mostró tan moderado: no puede tomarse algunas libertades verbales como Héctor Méndez o Cristiano Ratazzi. Pero hay otro motivo: Funes de Rioja trabaja desde hace más de dos décadas en organismos internacionales y ese rodaje le ha dado una mirada distinta. Nada cortoplacista, menos prejuiciosa, más proclive a buscar consensos. Me llamó la atención tanta asepsia al hablar de Papel Prensa o Fibertel, sobre todo porque la misma estrategia inconsulta y avasallante del oficialismo es la que se practica en materia de esa legislación laboral que tanto le preocupa. Lo conozco desde fines de los años ochenta, pero hace mucho que no lo veía y me sorprendieron su inteligencia y su lucidez: esa definición de que en los conflictos no se debe ganar por ganar porque, si no, aparece la revancha, y que ese revanchismo es uno de los grandes problemas de la Argentina, me pareció lo más acertado que escuché en los últimos tiempos.

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