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Comienza a dibujarse la finitud kirchnerista

LA NACION
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Joaquín Morales Solá
Lunes 13 de septiembre de 2010

El enredo de las arterias fue un instante impertinente, un rayo inoportuno. Si la imagen es parte de la realidad, como lo es, lo único que le faltaba a Kirchner era el aspecto de un hombre frágil. Ya era antes un político débil. El peronismo nunca compró nada tan precario como promesa de poder, justo, además, cuando los más influyentes caudillos bonaerenses comenzaban a tomar distancia de él. Algunos lo hacían frontalmente, como el grupo de ocho intendentes peronistas que se separó de Kirchner en los últimos días y se mostró en un escenario y una foto, mientras otros deslizaban su desafecto entre murmullos y reproches.

Un poco más cansado que de costumbre, muy flaco, con signos inexplicables de cierto envejecimiento. Así lo entrevieron en los últimos tiempos interlocutores esporádicos, que no están con él cotidianamente. Una mueca, el silencio o un gesto delatan también ahora a Kirchner como un político que asume la finitud de su carrera. La asume a medias, en verdad, porque fue, en meses recientes, un político desconocido e indescifrable. Kirchner nunca fue un político clásico, pero nunca antes mostró tanta fascinación por saltar hacia el vacío. Su viejo método de jugar al todo o nada parecía que se había trasmutado en un duelo a matar o morir.

¿Qué le pasaba en su alma o en su cuerpo para meterse en batallas perdidas de antemano o para levantar, en arrolladores ataques de ira, a más enemigos de los que ya tiene? ¿Qué podría explicar que haya convertido a un siempre predecible Daniel Scioli en un probable adversario resentido? ¿Para qué? Las explicaciones sobre sus enojos con el gobernador bonaerense porque no lo acompañó en los ataques a Papel Prensa, a Fibertel o a Clarín no dicen nada. Si fuera así, Kirchner podría haber estallado antes contra el gobernador o podría haberle hecho su recriminación a Scioli en la intimidad. Prefirió, en cambio, dar el paso que Scioli no quiso dar nunca: el que marcará una lejanía entre ellos, que le conviene mucho más al gobernador que al ex presidente.

La finitud del kirchnerismo comienza a dibujarse en el mapeo electoral. La Capital es un partido que se juega entre otros. Santa Fe se la disputan el antikirchnerista Carlos Reutemann o una alianza de radicales y socialistas. En Córdoba, Kirchner tanteó, con suerte al principio, al ex gobernador José Manuel de la Sota. De la Sota quiere volver a ser gobernador y su último mensaje fue tajante: "No puedo hablar bien de Kirchner en Córdoba si quiero ganar una elección". De la Sota está lejos todavía de ganar una elección, pero lo dejó a Kirchner sin el derecho a una ilusión. Buenos Aires se le desgaja. La adhesión de los intendentes a Scioli parece más un pretexto que otra cosa. Ya se estaban yendo antes del kirchnerismo.

Kirchner aceptaba ese destino entre confusos mutismos, pero en el acto saltaba con la predisposición de un alucinado dispuesto a torcer el destino. Su salud no estaba bien. Siempre lo acompañó cierta debilidad de su cuerpo enorme. Rebelde por razones que la psicología podría explicar mejor que la política, nunca permitió que el protocolo lo cuidara ni que los médicos lo curaran. Tomaba café cortado con una gota de leche y dosis frecuentes de cafiaspirina, después de haber padecido una peligrosa hemorragia gástrica.

Cumplir el rito

Cumplía con el rito de correr en una cinta, pero lo hacía mientras se enojaba con los ministros, a los que maltrataba a los gritos por teléfono, agitado. Aporreaba una pelota mientras jugaba al fútbol, pero paraba el partido para dar una orden o recibir una información. La salud le puso ya varios límites a un hombre célebre por no respetar ningún límite que lo condicionara. En la noche ingrata del sábado, la inmanejable salud le advirtió que ella es más poderosa que él. ¿Acatará esta vez? ¿Se puede cambiar el talante y la impronta cuando ya se han cumplido los 60 años?

Es cierto que el permanente estrés de los políticos, sobre todo de los que gobiernan, es una puerta abierta a los peligros del cuerpo. Pero Kirchner tiene una carga adicional de estrés. Durante su mandato y ahora está pendiente del precio del millón de BTU de gas que le paga la Argentina a Bolivia comparado con el de Brasil. Es capaz de confrontar el salario de los maestros de Jujuy con los de Chubut. Acostumbra a cambiarle al ministro Julio De Vido el trazado de rutas, el serpenteo de caminos o la instalación de puentes sobre río recónditos. ¿Quién gobierna cuando él o Cristina, más él que Cristina, no están o la salud les juega un mal trance?

Kirchner también hace el recuento de diputados y de senadores con el arte de un baqueano legislativo que nunca fue. Tiene la precisa información de las debilidades humanas para coptar, promover cambios o, eventualmente, para comprar. Desayuna, almuerza y come inmerso en medio de una densa nube de noticias, seguidas de interminables inferencias.

Hay encuestadores que hablan con Kirchner con sinceridad, aunque corren el riesgo de estrepitosos retos. Algunos amigos de Kirchner, pocos, suelen aconsejarle que no se pelee con los encuestadores ni con el secretario de Hacienda. Unos le dicen cuánta gente tiene y el otro le informa con cuánta plata cuenta. Kirchner no les hace caso.

Sin embargo, esos encuestadores sinceros le contaron en los últimos tiempos que su situación de disfavor podría ser inmodificable. Se lo dijeron así o le llevaron números como para que él hiciera esa deducción. No importa la forma. Al mismo tiempo, comenzó la sublevación del conurbano bonaerense, explícita o soterrada. Tampoco importa cómo es. Lo que importa es que Kirchner venía olfateando el desamparo en un distrito, el de Buenos Aires, del que se hizo ciudadano y caudillo. Política débil, entonces. En ese instante inconveniente sucedió el tercer episodio grave, conocido al menos, en su físico frágil. Salud enfermiza, también. El peronismo siempre aspirará a destinos más luminosos de poder que los que presagian esos quebrantos políticos y corporales.

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