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Hockey / La consagración

La fiesta inolvidable

Deportiva

El festejo con Las Leonas arriba del ómnibus, desde el estadio hasta el Monumento a la Bandera; una noche increíble que refrendó el insobornable vínculo de las jugadoras con la gente

ROSARIO.- Misión cumplida: las Leonas ya eran campeonas mundiales y para ellas llegaba el instante mágico de la distensión total, del desahogo infinito; de vivir y palpitar la fiebre del sábado por la noche. Alguien informó que el plantel viajaría en una autobomba para seguir los festejos en el Monumento a la Bandera. "¿Van para allá?", fue la pregunta al Chapa Retegui desde detrás de las vallas para confirmar el dato. "Sí, vení, subite. Dejalo pasar, por favor", le pidió el entrenador a uno de los empleados de seguridad, señalándome y abriéndose un hueco entre allegados y curiosos.

La primera sensación fue de incomodidad: sumarse a un festejo que a uno no le pertenece y por el que no tuvo ningún mérito provoca cierto ruido, es inevitable. ¿Qué postura adoptar, entonces, una vez dentro del enorme ómnibus descapotado? Simplemente disfrutar de un momento histórico con las jugadoras y el cuerpo técnico, aunque tomando la lógica distancia.

El contacto del equipo nacional con la gente, observado desde allí arriba, erizó la piel. Todos los estratos sociales de esta ciudad quisieron vivar a ese ómnibus que surcaba el asfalto con felicidad plena. El hockey y las Leonas, según parece, tocan fibras sensibles; mueven resortes asociados con la entrega y el amor propio. Entonces, con ese feeling recíproco, se produce el singular chispazo a primera vista. Después de que el vehículo recorriera la manzana del estadio, allí donde la gloria se resumió en una montaña de jugadoras eufóricas, empezó el conmovedor periplo. Sobre la calle Mendoza saludaban los más humildes, vecinos de mate en mano que agradecían el título mundial como un placebo. "Gracias por darnos una alegría entre tantas malas", voceó un hombre con el castigo de la vida marcado en su rostro.

"¡Y ya lo ve, y ya lo ve, el que no salta es holandés!", gritaban y saltaban las Leonas, todas con sus camisetas argentinas de "Campeonas 2010" serigrafiadas especialmente para esta ocasión memorable. Aquél, podríamos decir, fue el canto más suave dirigido a Holanda, un equipo que, definitivamente, a las chicas les produce un profundo rechazo más allá de la rivalidad deportiva. No se soportan y no tienen intenciones de restablecer vínculos.

Luciana Aymar era la bastonera del grupo; con su larga galera celeste y blanca casi tapándole los ojos, arengaba a sus compañeras y hasta a los transeúntes nocturnos que se sorprendían con el paso del ómnibus. Muchos venían corriendo desde otras cuadras, recién enterados. "¡Vamos loco, griten, vamos!", bramaba Lucha a la gente en su versión más fanática. Luego, la Nº 1 jugueteaba con la Copa del Mundo, una especie de ensaladera que se iban prestando de mano en mano y que, de tanto en tanto, alzaban. Para Lucha era el día más feliz de su vida; tenía todo a sus pies, luego de tantas presiones.

Pero el resto no se quedaba atrás: Sole García, Mariana Rossi, Nené Russo y Charito Luchetti habían cambiado sus looks por pelucones rojos, azules y verdes de cotillón enrulados; Macarena Rodríguez y Carla Rebecchi andaban con unas vinchas con antenas de abeja; Silvina D'Elía musicalizaba con el iPod y todas coreografiaban una danza en pleno movimiento por la ruta. Lejos de sentir vergüenza por ser las más jóvenes, Delfi Merino, Maru Scarone y Dany Sruoga se contoneaban bajo los encantos del reggaeton. Después vino el clásico trencito en el que iban encajándose vagones humanos, incluso los muchachos del cuerpo técnico. De repente, uno de ellos pasó con botellas de champagne y arrancó la ronda del alcohol. Se terminó pronto, pero ¿por qué no frenar para conseguir cerveza? "Yo bajo a comprar a un quiosco, dejame", confiaba Lucha. "No, pará, vos no bajés", le sugería Sole. "Mire señora que para detener el micro tenemos que detener todo el operativo policial, ¿eh?", le advertía una persona de la seguridad privada a Claudia Médici, la jefa de equipo.

Rápida de reflejos, Alejandra Gulla ya empezaba a recolectar dinero a la caza de cervezas. Como en un plan comando perfecto, de repente alguien subió un cajón de Quilmes y las chicas se entonaron para más diversión. Por momentos, no sabían a dónde mirar, porque la gente encendía las luces del living, se asomaba y les gritaba desde los balcones altos, desde casas pequeñas con rejas o desde pizzerías atestadas. Hasta los mozos dejaban de servir. "¡Mirá, salió una señora en camisón! ¿La ves? ¡Eh, camisón, acá!", gritó Rolo Rivero, del staff técnico y que pocas horas antes estaba editando imágenes del ataque argentino con su notebook.

Mientras que el preparador físico Luis Barrionuevo mantenía siempre la vista al frente, en la cabecera del micro, Retegui chequeaba mensajes de texto y disfrutaba junto con sus hijos, Micaela y Mateo, mimados por las jugadoras. De pronto el Chapa soltó el teléfono, y avisó: "Che, me dicen que el Monumento a la Bandera se está llenando de gente". Allí empezó una cuenta regresiva antes de llegar al símbolo arquitectónico de la ciudad: todas a cortar papelitos. "Pero no los tiren ahora ¿eh?, aguanten hasta el monumento", pedía el entrenador, como si estuviera dando otra indicación táctica.

Había motociclistas ocasionales que regulaban su velocidad con la del micro, se sacaban sus cascos, y decían: "¡Las amo!, ¡Las amo!", con el peligro de no estar mirando hacia adelante. Desde ambas veredas, la gente sacaba fotos con cámaras y celulares, pero las propias Leonas se retrataban entre ellas a puro flash. Se apiñaban mejilla contra mejilla, se abrazaban y ponían una mueca de alegría que les nacía sola, ante semejante logro. En un rapto, las diecisiete se unieron en el grito típico para revalidar el reinado en el hockey de Aymar, un "orgullo nacional" para todas. Una señal inequívoca de que este grupo no admite egos personales, sino que entiende que hay un alma inspirada que actúa como modelo.

Mas allá de que el trayecto fue un disfrute permanente, el momento cúlmine para la delegación despuntó con el arribo al Monumento a la Bandera. El ómnibus se detuvo allí y enseguida se vio rodeado por una marea humana; cientos de adolescentes sujetas al movimiento de la masa y desesperadas por algún gesto de las jugadoras, que se inclinaban sobre las barandas a cada lado del ómnibus. Una de las Leonas, Gigi Kañevsky, se estiraba como podía para tocar su mano con los dedos de muchas fans, Lucha empezaba a tirar por fin los papelitos que había guardado dentro de la copa y, con esa lluvia multicolor, se levantaron alaridos como si fuera un recital de los Jonas Brothers. "¡Y Lucha no se va! ¡Y Lucha no se va!", le suplicaban ante un posible retiro del seleccionado. Con la mejor jugadora del mundo a metros, tan cercana, tan accesible a todos, se iniciaron los cánticos criticando a Lionel Messi y ubicándola a ella como la verdadera ídola de la ciudad. Después, de nuevo: "¡Un minuto de silencio para Holanda que está muerto!", era el aliento compartido entre la muchedumbre y el seleccionado, en otra dedicatoria al clásico rival.

El último tramo, ya en la madrugada del domingo, se fijaba como meta la concentración, en Santa Fe 1632. Al llegar, las peluconas del plantel siguieron bailando, el Chapa sacó no se sabe de dónde una última botella de champagne para rociar a todos y Luciana abrió sus brazos e hizo flamear una gran bandera argentina con mástil. Desde una ventana del hotel Plaza Real, un detalle que no figuraba en los planes de nadie: el cantante Cacho Castaña y su sonrisa compradora.

La algarabía siguió en un cóctel con los familiares en el primer piso del hotel y luego en el boliche Madame, en donde también asistieron los novios y las amigas de siempre, las del club. Desparramadas fuera del sector VIP, en otras pistas, estaban las jugadoras holandesas, alemanas y las neozelandesas. Cerca de las 6 de la mañana, terminaba la fiesta inolvidable, la de las flamantes campeonas mundiales. .

Por Gastón Saiz Enviado especial
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