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Kirchner para rato

Luis Majul

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LA NACION@majulluis
Miércoles 15 de septiembre de 2010 • 02:49

La Presidenta tiene razón: hay Kirchner para rato. O mejor dicho: habrá Kirchner por lo menos hasta octubre de 2011, cuando el diputado nacional se juegue la última carta con el intento de regresar a la presidencia.

No hay que ser médico ni encuestador ni brujo para imaginarlo. Solo se deben chequear los antecedentes de cómo suele funcionar El Dueño en estas circunstancias. Es decir: después de un serio problema de salud al que se le pretende dar una respuesta política. Y la estrategia es de manual. Intentará demostrar que sigue en pie, con lógica de superhéroe para la juventud y de mensaje unificador para la tropa que ahora duda se su capacidad física. Aprovechará el nuevo contexto donde aparece "más humano" para recuperar algunos puntos en la imagen positiva que acaba de perder después del embate contra Fibertel y Papel Prensa. Se controlará las primeras semanas como lo hizo después de la operación de carótida en febrero de este año. Y, si esta última angioplastia le sirve de alerta, o si de veras pretende conservar el poder hasta el final, deberá cuidarse un poco más de lo que lo hace ahora. ¿Cómo? Esa es una pregunta que todavía no tiene respuesta.

La primera vez que tuvo que afrontar una circunstancia parecida fue en 1996, cuando gobernaba Santa Cruz. Por esos días, le comunicaron oficialmente que padecía de colon irritable y, tras cartón, lo operaron de hemorroides. Hasta ese momento, el fumaba Jockey Club, tomaba whisky nacional Criadores, comía cualquier cosa y solía ir al casino, donde casi siempre le jugaba al 29. Después de ese episodio se asustó tanto que cambió todos sus hábitos por otros más sanos que todavía hoy mantiene. Jamás toma café negro y siempre con leche. Su plato de cabecera es pollo hervido o al horno con arroz blanco. Ya no fuma y reemplazó el casino por la cinta donde camina y corre muy despacio. Aquel susto tenía justificación: su padre murió de cáncer de colon a los 64 años. Y la operación se precipitó después de una situación estresante: había discutido muy fuerte con el vicegobernador Eduardo Arnold porque no quería contratar a militantes de su agrupación política. Un dato inquietante: salió desde el quirófano a la residencia del gobernador, sin el permiso de su médico personal. Se descompensó y recién entonces se fue a descansar ante el estupor de su esposa, que ni siquiera sabía que lo habían terminado de operar de hemorroides.

Lo de abril de 2004 fue más grave, pero siguió la misma lógica. Tomó un analgésico y antiinflamatorio sin consultar a su médico para aplacar el dolor de un tratamiento de conducto. Voló desde Río Gallegos a Calafate, a pesar que el pobre Luis Buonomo le recomendó que no lo hiciera. Por la noche empezó a vomitar y defecar sangre hasta que lo tuvieron que internar de urgencia en el hospital Formenti. El diagnóstico: gastroduodenitis erosiva aguda con hemorragia. Estuvo mal de verdad. Su familia temió por su vida. Le tuvieron que transfundir el equivalente a la mitad de sus glóbulos rojos. Días antes había soportado la primera amenaza política que había tenido desde su asunción como presidente: la multitudinaria marcha convocada por el falso ingeniero Juan Carlos Blumberg en memoria de su hijo Axel secuestrado y asesinado.

En febrero de 2010 la pericia de varios médicos permitió que le detectaran a tiempo algo que podría haber terminado en un accidente cerebrovascular. Cuando viajaron desde la Clínica Privada de Olivos hasta el sanatorio Arcos la Presidenta, muy consternada, le hizo prometer que, en el futuro, dejaría de hacer algunas cosas que pusieran en riesgo su vida.

El hecho político que lo había afectado horas antes lo involucraba en lo personal. Se trataba de la acusación de haber usado información privilegiada para comprar dos millones de dólares y adquirir acciones de la empresa que es propietaria del hotel Alto Calafate.

Después de la operación de carótida, Kirchner redujo su agenda, la duración de sus discursos y bajó la intensidad de su voz, como le había pedido su médico. Los encuestadores sostienen que fue durante esos días cuando el Presidente del Unasur empezó a bajar su imagen negativa y subir la positiva. Se lo percibía más tranquilo y más "cercano". Pero después de un tiempo volvió a ser el de siempre. Un típico exponente de lo que se denominan personalidades del tipo A: obsesivos, exitosos, hiperquinéticos y competitivos. Gente que vive cada problema como si fuera el último y el más importante de su vida. Individuos que si no tienen enemigos, se los inventan, porque la dinámica de la confrontación les hace subir la adrenalina más que ningún otro ejercicio.

Quedará para otra ocasión determinar si Kirchner padecería, además, el síndrome de Hubris, una denominada enfermedad de quienes ejercen el poder de manera intensa y durante un período prolongado de tiempo. Los líderes que la tienen suelen tomar decisiones que para la mayoría son consideradas irracionales.

Lo que también parece evidente es que el ex presidente no podría, ni sabría vivir de otra forma. ¿Podrá comprender de verdad que para mantener el poder es imprescindible modificar algunas de sus conductas más arraigadas?

Ojalá que esa señal de alerta le sirva para recuperar el equilibrio de su salud. Y también el equilibrio político.


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