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Viajes

Suiza a través de sus valles

LA NACION revista

De Ginebra a Gruyère, un recorrido que combina lujo, deliciosos quesos, historias medievales y paisajes de ensueño

Por   | LA NACION

GINEBRA.- ¿Cuál es el lugar del chocolate, el queso y los relojes? Lo primero que se cruza es Suiza. No sólo se la conoce por ser el centro de las finanzas mundiales, la cuna de la ONU y por producir tan ricos manjares, incluido el buen café. Un viaje relámpago ida y vuelta a Ginebra y sus alrededores permite descubrir que Suiza es mucho más que los encantadores paisajes de Heidi y sus colinas.

La primera aclaración que debe hacerse es que el país tiene idiosincrasias muy diferentes: al Norte, la alemana; al Sur, la francesa, donde transcurren estas aventuras que mezclan el turismo y la gastronomía. Aunque las montañas nevadas -propias del invierno- pueden ser de ensueño, la temporada estival es una época ideal para conocerla. Manga corta, saquito y un día con luz que se alarga, condiciones óptimas para recorrerla.

Ginebra fue fundada por Julio César en el 58 a.C, y se desarrolló como la colonia romana más importante. El Ródano es su espina dorsal y el gran chorro de agua (jet d´eau), que llega a 140 metros de altura, es el ícono de una ciudad que desde el centro del lago Lemán saluda a las marcas top de la alta costura y el lujo mundial.

Caminar por la costanera, recorrer el lago en barco, aventurarse por la cuna del Imperio Romano o perderse entre las subidas de piedra del centro medieval son actividades ineludibles de la tarde ginebrina.

Ciudad de Voltaire, Ginebra también invita a pasar por la casa del filósofo Rousseau o visitar la tumba de Jorge Luis Borges en el cementerio local.

Sus vinos, que al estilo del Nuevo Mundo se producen en los valles del país, se degustan con quesos y pescados de la zona, desde la terraza de algún coqueto bistró del centro, como el ubicado al lado del Hotel de Ville, donde se fundó la Cruz Roja.

Alquilar un auto o tomarse el tren hasta Satigny, a 15 minutos de la ciudad, es la opción para perderse entre las campiñas de la zona. Es el municipio vitivinícola más grande del país, con 480 hectáreas; produce 30 variedades de manzanas y es el primer productor de tomates de Suiza. Entre flores, fardos de pasto, viñedos, frutales y vacas con campanitas, hospedajes rurales como Château Vieux (2 estrellas Michelin) invitan a pasar la noche, almorzar o simplemente entrar a conocer. El vino típico es un blanco, el chasselas, que se caracteriza por ser amable, frutal, elegante y con una acidez que combina con los quesos o los tomates carnosos que se producen en la zona. La uva tinta es el gammay.

Antes de regresar, hay que pasar por Carouge, una especie de Palermo, distante 30 cuadras del centro en tranvía. El barrio es la muestra europea de urbanismo posmedieval. Fue construido por encargo del rey de Cerdeña en el siglo XVIII, y tiene un marcado aspecto piamontés. Como si fuera del Mediterráneo, propone callecitas, toldos coloridos, bares sobre la vereda y vidrieras protagonizadas por artesanos y diseñadores. Oficios que cuentan la historia del lugar, como el creador de relojes, el soplador de vidrios que hizo el péndulo más grande del mundo o la diseñadora cool de sombreros, Zabo. Un paraje bohemio, moderno e informal que contrasta con la estereotipada imagen formal a la que se asocia el país del tictac. Hay visitas guiadas por los jardines secretos y una feria que ofrece vinos, frutas, flores y verduras de la campiña.

De vuelta en Ginebra, la planta baja del supermercado Migros es el paraíso del chocolate. Los más conocidos son suizos y están allí (Milka, Lindt, Toblerone). También de alta gama, para probar y llevar de regalo. La tienda Globus es otra opción para degustar las delikatessen más finas del país.

Pâquis, el barrio

Para refrescar la caminata fueron precisos 10 minutos de cola para saborear un helado en vasito. La crema helada lo vale. Esto sucede en el barrio de Pâquis, donde está el restaurante Auberge de Savièse, especializado en raclette y fondue. Allí también se puede degustar un cous-cous en el reducto libanés, que está al lado del indio y frente al ruso. El Pâquis es un barrio situado en pleno centro, al otro lado del Pont du Mont Blanc. Hay paradores que venden tragos y gente que se acoda mirando el agua para charlar y disfrutar del happy hour. En Les Bains des Pâquis se puede nadar, entrar al sauna o al baño turco. Son baños naturales que funcionan desde 1930 y es un lugar público en donde se mezclan estudiantes, gente de la ONU, abogados y empleados. Además, ofrecen el plato del día, un buen lugar para comer casero, típico, rico y muy barato. A dos cuadras están los étnicos, abiertos hasta bien tarde, muy cerca de la estación de trenes, concurrida por ejecutivos con maletines que viajan para todas partes a toda hora.

Llega un nuevo día y la próxima parada del tren es Avenches, un pueblo a media hora de Lausana, la ciudad lacustre y centro financiero más grande después de Ginebra. Es uno de los sitios arqueológicos más importantes de Suiza porque 2000 años atrás, Aventicum, ciudad sobre la que fue erigida, fue la capital de la Roma Helvética. Allí están las ruinas del Anfiteatro Romano, objetos que ilustran la vida cotidiana y la cultura romana. Hay un tour medieval que reconstruye la historia de los helvéticos desde el siglo XI hasta el XVI. En agosto se realiza el famoso Festival de Opera y el 12 de septiembre pasado se presentó Peter Gabriel en el Rock Oz´Arènes (para julio de 2011 ya se venden tickets para Rigoletto, de Verdi). En la ciudad está la central de Nespresso, una de las marcas más prestigiosas en la alta gama de los cafés. Llegan los granos del oro negro desde todas las plantaciones del mundo y allí se procesan, se evalúan y se realizan las catas para diseñar los blends. Se encapsulan en medidas de un café por vez que se envían a todas las boutiques del mundo.

A cinco minutos del centro, y en medio de la colina, está el Auberge de la Croix Blanche, premiado restaurante y posada rural que ofrece pasar la noche lejos de todo, comer las especialidades que prepara Arno Abacherli con productos de la zona o tomar el té en la terraza de la campiña.

¿Por dónde seguir? El ferrocarril suizo resuelve todo, y en menos de dos horas es posible alcanzar el destino soñado. Quien prefiera la música, Montreux deslumbra con su festival de jazz y músicas del mundo. Pero la imperdible parada final es Gruyère. Con la ayuda de la puntualidad y la combinación de trenes y buses, el arribo a la ciudad de los quesos es a la hora planeada. Pegado a la estación está el museo en donde, además de elaborar y estacionar los quesos, realizan una visita guiada.

La ciudad medieval de Gruyère propiamente dicha está en lo alto de la montaña, a 15 minutos de caminata. Una villa de cuento, con un castillo encantado que propone una vista del valle, el museo de HR Giger -artista surrealista suizo, creador de Alien- y una veintena de lugares para disfrutar del plato en donde el queso se luce mejor: la fondue.

Contra las creencias y usos conocidos, dos aclaraciones básicas: la primera es que el queso gruyère no tiene agujeros y la segunda es que la ley del lugar indica que en la fondue sólo se utilizan dos quesos, el que lleva nombre y denominación de origen controlada y el vacherin de Friburgo. Siempre se le agrega vino blanco seco y una copita de kirsch. Se acompaña con pan casero, sin tostar, papines calientes, cebollitas y pepinos en vinagre. Cinco de la tarde y 30 grados a la sombra no amedrentaron para disfrutar, en una de las floreadas terrazas con mantel colorado, una fondue para uno con el vino blanco de la casa.

Para endulzar el final, la aromática crema de leche de vaca suiza con merengues y berries se impuso antes de bajar al punto de partida. Pasar la noche en la zona y al día siguiente recorrer los senderos, llegar hasta el punto más alto del Moléson (montaña de 2000 metros), tomar el funicular y conocer a los maestros queseros y sus secretos es parte de la experiencia local.

El reloj marcó tiempo cumplido; Ginebra esperaba para la última raclette y un avión rumbo a casa. Suiza es un país amigable y cada kilómetro promete sorpresas. Las opciones son muchas y variadas. La mejor recomendación es que cada cual, mapa en mano, elija su propia aventura.

PARA TENER EN CUENTA

En el cantón de Ginebra hay muchas opciones para conocer la región. Les proponemos algunas más.

Lausana Es la quinta ciudad más grande del país. Es la puerta al valle del Ródano. Sus calles son empinadas y hay puentes entre un barrio y otro.

Berna Es la capital de Suiza. El casco viejo de la ciudad está rodeado por el río Aar y se encuentra la célebre Torre del Reloj, o Zytglogge.

Friburgo Una de las ciudades más grandes de la Edad Media, llena de fuentes y con más de 200 fachadas góticas del siglo XV.

Murten Pintoresca y pequeña ciudad medieval que posee una muralla intacta y un bonito paseo marítimo.

Montreux Se realiza uno de los festival de música más emblemáticos del mundo. Aunque es famoso por el jazz, el rock, el hip hop o el blues son otros de los ritmos que suenan.

En internet www.geneve-tourisme.ch ; www.carouge.ch ; www.avenches.ch ; www.moleson.ch ; www.gruyeres.ch.

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