Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí

Oscar Niemeyer, la mirada incansable

Tras superar con holgura el siglo de vida y casarse con una mujer 40 años menor, el ícono del urbanismo moderno continúa trabajando y no duda en cuestionar el estado actual de una de sus mayores intervenciones: Brasilia

Domingo 26 de septiembre de 2010
0

Alos 102 años, el legendario arquitecto brasileño reflexiona sobre la proximidad de la muerte: "Espero que me encuentre con serenidad". Pero, fundamentalmente, desde su casa en Río de Janeiro de lo que habla es del cincuentenario de Brasilia, ciudad que creó y que hoy ve con decepción, y sobre el rol de la arquitectura en la sociedad.

Poco antes de cumplir los cien, Oscar Niemeyer tomó una decisión radical: en adelante, no haría nada que no le agradara. Por ejemplo, las entrevistas. Por su aniversario, las solicitudes de prensa estaban llegando a cada rato. El gran ícono mundial del modernismo alcanzaba el siglo de vida sin perder una gota de lucidez y aún diseñando proyectos. Es más: a los 98 se había casado por segunda vez, con su secretaria de siempre, 40 años menor: Vera Lucia Cabrera.

El arquitecto de las líneas curvas, el que decía inspirarse en las montañas de su país, en las olas del mar, en el cuerpo de la mujer preferida, quería una pausa. Pasaron dos años antes de que las solicitudes de entrevistas volvieran. Pero esta vez para hablar sobre Brasilia, la capital de Brasil que, junto con el urbanista Lucio Costa, levantó en medio de la nada y que el 21 de abril celebró sus primeros 50 años.

Agenda al tope. El arquitecto, a los 102 años, sigue desarrollando grandes proyectos
Agenda al tope. El arquitecto, a los 102 años, sigue desarrollando grandes proyectos. Foto: AP Photo/Andre Luiz Mello/File

"Claro que estoy satisfecho por estar presente en este momento. Tengo mucho cariño por esta capital y por los brasileños", dice, por mail, desde su departamento en Ipanema, Río de Janeiro. Niemeyer sabe que estar presente y ser testigo de cómo resplandecen sus más de 500 obras alrededor del mundo es un privilegio. Y que eso se lo debe, en parte, a Vera. Ella lo cuida y lo ayuda a editar la revista de arte y arquitectura Nosso caminho, donde publica sus proyectos. Aún sigue diseñando y, cuando puede, va a su oficina en Copacabana, donde nietos y bisnietos le ayudan a ejecutarlos. Entre sus últimos trabajos se cuentan el Centro Cultural Internacional Oscar Niemeyer, en la localidad de Avilés, España (considerado su mayor proyecto en Europa), y el rediseño de la llamada Praça da Soberania, una polémica obra que se construiría en la Esplanada Dos Ministerios de Brasilia para el cincuentenario de la ciudad, pero que se postergó por su alto costo y por las críticas que hubo entre arquitectos locales, que reclamaron que no había habido concurso previo: el gobierno federal se lo otorgó, así sin más, al mismo de siempre, a Oscar Niemeyer. El prefiere no entrar en ese debate. Sólo anuncia que continuará en el proyecto. "La arquitectura todavía me absorbe casi totalmente. Mi tiempo libre lo llenan la lectura y las conversaciones con amigos", confiesa. También le apasiona la cosmología. Toma clases hace cinco años con el físico Luiz Alberto Oliveira. "¡Cómo me entusiasma apreciar el contraste entre la grandeza del cosmos y la situación del ser humano, frágil, siempre corriendo el riesgo de desaparecer!"

Dibujar con los dedos en el aire

Oscar Ribeiro de Almeida Niemeyer Soares Filho nació el 15 de diciembre de 1907 en Laranjeiras, Río de Janeiro. Desde niño le encantó dibujar: cuando tenía 10 años solía hacerlo con sus dedos en el aire. Podía imaginar los dibujos e incluso corregirlos. "Ahora pienso diferente -dice-. La arquitectura está en mi cabeza. Soy capaz de hacer un proyecto sin usar un lápiz-. A los 21, cuando terminó el colegio, se casó con Annita Baldo, la mujer de quien enviudó en 2004. Con ella tuvo sólo una hija, Anna María (quien le dio cinco nietos, trece bisnietos y cuatro tataranietos). Tras graduarse como ingeniero arquitecto en la Escuela de Bellas Artes de Brasil, en 1934, comenzó a trabajar en el estudio del urbanista Lucio Costa. Allí conocería al futuro presidente Kubitschek, entonces alcalde de Belo Horizonte: en 1940, él le encargó la construcción de una iglesia a orillas del lago Pampulha. El resultado -un templo de novedosas líneas curvas adoptadas de la arquitectura modernista de Le Corbusier- le dio fama casi al inicio de su carrera. Años después trabajaría en el diseño de la sede de la ONU junto al propio Le Corbusier.

Fue en esa época cuando Niemeyer "salió a la vida" y vio que "el mundo era injusto", como ha dicho. Ateo e idealista, en 1945 se enroló en el Partido Comunista de Brasil, militancia que mantiene hasta hoy, la misma que durante la dictadura militar en los 60 le significó años de exilio en Francia (volvió a Brasil dos décadas después), y que llevó a Fidel Castro a decir que ellos eran "los últimos comunistas del planeta". Oscar Niemeyer hoy todavía cree firmemente en las utopías marxistas. "El marxismo contiene un mensaje imposible de despreciar. Alude a la posibilidad de un mundo más justo y solidario", sostiene. De hecho, la construcción de Brasilia, en 1960, nació producto de esas utopías. La idea del urbanista Lucio Costa -quien cuatro años antes había ganado el concurso promovido por el presidente Kubitschek para construir la nueva capital que reemplazaría a Río de Janeiro- era crear una ciudad moderna y perfecta, donde cada calle y conjunto habitacional fueran igualitarios, sin distinción de clases sociales. "Brasilia fue un momento extraño: vivíamos junto a los operarios, frecuentábamos los mismos clubes nocturnos, con la misma ropa -dijo Niemeyer en una entrevista-. Aquello daba una idea de que iba a desaparecer la barrera de clases. Pero era un sueño. Después vinieron los políticos, los hombres de dinero. Todo recomenzó: esa injusticia tan inmensa, tan difícil de reparar." Brasilia fue planeada para 500 mil habitantes, pero hoy viven allí más de dos millones de personas. Alrededor del llamado Plano Piloto ideado por Lucio Costa surgieron espontáneamente una veintena de ciudades-satélite, el transporte público no da abasto y los brasileños acomodados han salido de las supercuadras (el tipo de organización vecinal ícono de Brasilia, que suponía que todo estaría allí dentro: el colegio, el supermercado, la iglesia) para construir las casas en sitios más exclusivos y llevar a sus hijos a colegios privados. Sus habitantes han visto cómo en su ciudad se suceden los escándalos de corrupción: el más reciente, este año: la detención del gobernador de Brasilia José Roberto Arruda, acusado de intento de soborno a un testigo en la investigación de una red de tráfico de influencias en el gobierno del Distrito Federal. "El crecimiento desordenado de esta metrópolis, los problemas asociados con la densidad demográfica y la profundización de las disparidades y contrastes sociales han ensombrecido la vida de la nueva capital", reconoce hoy.

El fallecido intelectual brasileño Darcy Ribeiro dijo una vez que Niemeyer será el único compatriota que se recordará en los próximos 500 años. "Es ridículo ese asunto de darse importancia", ha dicho él. Sus pares lo han elegido el mejor arquitecto del siglo XX y ha recibido el premio de la Unesco en la categoría Cultura, entre decenas de reconocimientos. Sin embargo, su obra nunca ha estado ajena a las polémicas. "Cuando la arquitectura está bien hecha, es fácil de comprender. Mi arquitectura es así: con preocupación por la belleza. Quiere ser bonita, lógica y, principalmente, inventiva. A quien va a Brasilia le puede gustar o el Palacio. Pero lo que no puede decir es que vio antes cosa parecida." De todas formas, hoy está convencido de que la arquitectura jamás podrá cambiar a una sociedad, sino al contrario. "Si un día la sociedad se revelase más justa, habrá mejores condiciones para que los arquitectos conciban grandes obras públicas que todos los ciudadanos puedan usufructuar", dice.

Niemeyer cree que aún no ha hecho todo lo que soñaba. Uno de los proyectos que le gustaría emprender es un gran estadio de fútbol para la Copa del Mundo de 2014. Sin embargo, sabe que cada vez le queda menos tiempo de vida. "Tengo un sentimiento de rebeldía sobre ese destino que nos afecta a todos -confiesa-. Me gustaría tener la serenidad de Manuel Bandeira, quien así se expresó en un poema: Cuando la Indeseada de las Gentes llegue/ yo le diré: Hola, ineludible/ (...) Encontrará la casa limpia/ la mesa puesta/ cada cosa en su lugar." Después de vivir un siglo, Niemeyer ya comienza a ensayar su epitafio. "Me gustaría ser recordado como un hombre que pasó más de seis décadas sobre la mesa de trabajo, preocupado por su arquitectura, pero siempre listo para contribuir a la lucha política, a la superación de este régimen de clases que creó el capitalismo y que desmerece a la humanidad -dice-. Como alguien que siempre consideró que la vida es más importante que la arquitectura."

Por Sebastián Montalvo / El Mercurio / GDA revista@lanacion.com.ar

Te puede interesar

Enviá tu comentario

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.
Las más leídas