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Por una diplomacia profesional

Ni nuestras embajadas ni la Cancillería pueden concebirse como premios de naturaleza política

Miércoles 29 de septiembre de 2010
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Hasta no hace mucho, la diplomacia era fundamentalmente un método de interacción política en el plano internacional, una forma hoy permanente de observar, relacionarse y negociar. Pero la diplomacia es también un estilo, así como una conducta, que exige, además de condiciones mínimas de orden técnico, tacto, prudencia, discreción, percepción, experiencia, paciencia, imaginación, versatilidad e idoneidad moral.

Hoy, no sólo los jefes de Estado incursionan personalmente, cada vez más, en el ámbito de la diplomacia con motivo de la proliferación de las llamadas reuniones cumbre; también otros rincones de la administración se relacionan directamente con el exterior en toda una multiplicidad creciente de temas, como la defensa, la salud, el medio ambiente, el transporte, la cultura, la lucha contra el narcotráfico, el crimen organizado o el terrorismo, entre otros.

Además, los Estados ya no son los únicos actores que transitan el escenario internacional. Por todo ello, las funciones tradicionales de la diplomacia se han expandido enormemente y, a la vez, se han especializado con una hasta ahora desconocida intensidad.

La diplomacia profesional sigue siendo el instrumento esencial en el manejo y la coordinación de las relaciones exteriores. Sus hombres y mujeres tienen una larga y compleja formación y han acumulado un nivel de experiencia que no debe jamás minimizarse. Por esto deben ser alentados siempre, lo que supone contar con la posibilidad de que, con méritos suficientes, puedan alcanzar las posiciones más destacadas en las representaciones externas de nuestro país, incluyendo las más importantes. De lo contrario, se comete con ellos una verdadera injusticia; se malgasta el esfuerzo de formación y se corre el riesgo de frustrarlos en su empeño y vocación de servicio, con el consiguiente impacto adverso en la calidad de nuestro servicio exterior.

Las designaciones políticas en todos los destinos diplomáticos deben obviamente ser la excepción y no la regla. Y los así designados deberían contar siempre con el aporte y asesoramiento de la diplomacia profesional, que, con su consejo, puede evitar que eventualmente se cometa algún error difícil de reparar. Deben, por lo demás, comprender que en sus funciones es más importante el respeto que la popularidad y el servicio que la vanidad.

De lo contrario, si prevalecen los criterios políticos a la hora de nombrar representantes diplomáticos, se corre el riesgo de que los réditos para la fracción gobernante sean antepuestos a la necesidad de velar por los genuinos intereses del país. Esta dicotomía pudo apreciarse no hace mucho, cuando desde el kirchnerismo se cuestionó severamente al ex embajador en Venezuela Eduardo Sadous, precisamente por haber cumplido con sus obligaciones al denunciar posibles irregularidades en las relaciones comerciales bilaterales con ese país.

Nuestras embajadas no pueden nunca concebirse como premios de naturaleza política. La difícil posición de canciller, menos aún. Ella no debe estar, como sucede hoy, en manos de personas con ambiciones políticas, pero inexpertas e improvisadas. Tampoco deben servir las embajadas como refugio para aquellos que de pronto creen estar en desgracia.

Al conmemorarse hoy el Día del Diplomático Argentino, es relevante recordar que, en el mundo actual, hay demasiado en juego como para caer en el gravísimo error de asignar trascendentes responsabilidades externas a personas incompetentes para ello, como ha ocurrido ciertamente en los últimos tiempos.

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