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De la Web al papel

La novela No hay perro que viva tanto (EDAF), del español Francisco Balbuena, es la primera escrita íntegramente con tweets. Reproducimos sus primeros capítulos

Viernes 01 de octubre de 2010
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Queridos amigos de Twitter, esta mañana en El Rastro ha aparecido un cadáver disecado. Yo de niño viví en ese infame lugar.

El Rastro día a día va cambiando. Cada tres meses se tumba un edificio para levantar otro. Ese mundo antiguo y dañado fenece mientras mata.

¿No es la vida un continuo bucle de ladrillos?

Los cadáveres tienen la facultad de convertirse en fósiles que de algún modo hablan. El que me refiero pertenecía a una mujer joven.

No muy lejos de El Rastro tomo mi cerveza. Me gusta la terraza del Naturbier. Y no creo que llueva esta tarde sobre la Plaza de Santa Ana.

Pero chinos y rumanos van de mesa en mesa vendiendo rosas y paraguas. Levanto mi mirada del iPhone y despido a uno de estos tocapelotas.

¿La gente de ojos rasgados muere alguna vez? ¿Los rumanos saben quién fue Ovidio Nasón? ¿Y por qué a los negros les alimenta cualquier cosa?

Según Telemadrid, un senegalés es quien primero baja al sótano del edificio en demolición. Seguro que con la idea de rapiñar algo.

El obrero lleva una linterna de la constructora. Avanza inseguro. Al fondo descubre un arcón añejo. Y lo abre con su pico a modo de palanca.

La momia, vestida, se halla dentro en posición fetal. Ese infeliz se lleva un buen susto. En las fotos sus ojos parecen huevos de zurcir.

Estaréis de acuerdo conmigo en que ésa es una curiosa forma de deshacerse de un muerto en la ciudad que posee el mayor cementerio de Europa.

¿A dónde ha ido el humo de todas las cremaciones?

Dicen que comer tomates refresca. Este año se adivina muy caluroso. Me gusta el calor, y además me convendrá que la gente ande desabrigada.

Ese hallazgo sólo anuncia más muertes en el laberinto de la eternidad. Porque la inminente primavera acaba de despertar la ira de Aquiles.

Ya sabréis de ella en estos tweets.

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Me repugnan las multitudes. Sin embargo, me place estar rodeado de viandantes. Mi alma errabunda de este modo atraviesa mejor los páramos.

De niño me gustaba ir entre la ola de gente que va y viene de la Plaza Campillo del Mundo Nuevo y la Calle de la Ribera de Curtidores.

Muchas veces fui en volandas de un extremo a otro de la Calle de Mira el Sol. Me sentía como sardina en lata en los domingos de mercadillo.

Creedme, este callejón en las horas punta es un embudo. A veces se antoja muy peligroso si hubiese una estampida de gente.

Hoy sucumbe un chaval ahí.

Frente a la Ferretería Centellas una gorda lo descubre tras el bosque de piernas. Está tendido bajo el faldón de un puesto de bolsos.

Observo la escena desde el puesto de libros baratos de Javier y Paco. Hay un gran revuelo. El padre buscaba desesperado a su hijo.

¿Por qué los municipales de Madrid llevan atuendos de ciclista?

Los guardias acuden en tropel. Se abren paso. La gorda sufre un ataque de histeria.

Es casi imposible que un niño de once años pueda fallecer de un ataque al corazón. Pero en el Anatómico Forense no tienen ninguna duda.

Un contacto me informa al respecto por móvil.

¿Cuándo matarán al último de los Beatles?

Me echo en la cama y resoplo. Hace un mes que no duermo. A continuación subo esta entrada a Twitter. Tal y como os prometí.

Me llamo Andros Amador. Mi madre me puso nombre de isla griega. Eran otros tiempos más fantasiosos. Entonces comenzaba la Era de Acuario.

El niño encontrado frente a Centellas se llamaba Pedro Gumilla. Creo que he hecho bien en matarlo. Primero tenía que matarme a mí.

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