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¿Dónde está hoy el peronismo?

Julio Bárbaro Para LA NACION

Viernes 01 de octubre de 2010
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La historia no tiene propietarios. El pasado soporta tantas miradas como intérpretes sostenga el escenario.

El peronismo ya es parte de ese pasado, tanto para quienes lo recuperamos como ejecutor de la justicia social como para los que perciben en él la causa de la frustración colectiva. Fue de avanzada: la mayoría de sus propuestas, ayer revulsivas, son hoy propiedad indiscutible de todas las concepciones ideológicas.

El siglo XX caracterizado por las internacionales se convirtió en el siglo de las naciones; los dos imperios que dirigían el mundo dejaron paso a un concierto de nuevos pueblos, y los conceptos de nacionalismo y tercera posición, tan vilipendiados por pretendidas elites intelectuales, se hicieron realidad.

Aquel sueño integrador del ABC, con la Argentina, Brasil y Chile, es hoy el testimonio del Mercosur, cuando las minorías que nos denostaban apostaban a guerras entre hermanos o sublevaciones obreras.

Izquierdas y derechas ocuparon por turno el lugar de partenaire de ese pueblo al que no le asignaban derecho a pensar, y finalmente las minorías ilustradas debieron asumir su fracaso frente a la conciencia colectiva que generó un liderazgo y edificó detrás de él su propio destino.

El peronismo nació en tiempos donde las organizaciones sindicales eran tan combatidas como el desarrollo industrial, donde imponer el voto femenino y la jubilación era tan vanguardista como lo fue más tarde debatir la ley de divorcio, y enfrentó con acierto todos esos desafíos. Colosal logro forjado en una plaza que albergaba a esa conciencia colectiva y a un líder elegido por ese pueblo, en un diálogo con la multitud que, lejos de intentar la sustitución de la democracia, la enriquecía plenamente.

Luego vendrían los golpes militares perpetrados por aquellos que se consideraban dueños de una concepción democrática sinónimo del patrimonio de las minorías, que soñaron con el oscurantismo del "voto calificado", como si las capacidades y opiniones de los hombres se pudieran valorar por la educación y la riqueza de la cuna.

Por fin, tras dieciocho años de golpes y proscripciones, se produce un retorno cuyo sentido indudable era la pacificación definitiva. Así, se estructura La Hora del Pueblo, un encuentro de las distintas fuerzas políticas dispuestas a convivir y consolidar la democracia. Así, nace el Frejuli, herramienta electoral superadora del mismo peronismo; se constituye un gobierno integrado por un frente entre propios y aliados, y tiene lugar el abrazo de Juan Domingo Perón con Ricardo Balbín, para llegar por último a la despedida del "adversario" al "amigo".

Ese es el legado definitivo de aquellos hombres que supieron confrontar debatiendo un destino y también encontrarse como símbolo de unidad al final de sus vidas. Ese rumbo resulta incuestionable; es el elegido por un pueblo y encarnado por su conductor, sin que exista derecho alguno a desvirtuarlo o a la pretensión de cosechar votos utilizando su memoria.

La alianza de sectores productivos, obreros y patrones, que fue el peronismo, constituyó una estricta defensa del patrimonio nacional que jamás hubiera concebido siquiera la nefasta venta de YPF, una visión pragmática susceptible de utilizar al Estado o convocar a los privados según la coyuntura lo aconsejara.

El peronismo es tan vencedor en el pasado como omnipresente en la actualidad, y de igual modo que a los herederos de Yrigoyen, la realidad nos ubica a sus seguidores por las posiciones actuales, cuya vigencia supera ampliamente a nuestros orígenes. Ser peronista o radical implica hoy tan sólo definir el lugar de nuestro nacimiento a la vida política, y por ello se requiere aclarar muchas cuestiones para concretar propuestas.

Los viejos partidos agonizan con demasiados reservistas y escasos soldados, la actualidad nos desafía a responder a sus urgencias y terminar con esta absurda práctica de buscar en el pasado la mística que no somos capaces de aportarle al presente.

Si con Menem el oportunismo implicaba un exceso de adaptación al liberalismo imperante, la actualidad propone arroparse en pasados guerrilleros tan ricos en heroísmo como pobres en ideas, hasta el punto de que, carentes de pudor, hay quienes fueron tan liberales ayer como combativos hoy al descubrir una novedosa veta de virtudes: la ortodoxia de la obsecuencia.

No ignoramos los conflictos ni las contradicciones; sólo entendemos que es imposible justificar la falta de políticas y las desmesuras con los enfrentamientos, porque corremos el riesgo de que las heridas en el cuerpo social sean mayores que la supuesta justicia que intenta justificarlas.

Así como resulta imprescindible enfrentar intereses para distribuir justicia, nos parece insensato imaginar que los conflictos ocupan por sí mismos un espacio virtuoso.

Ese es el debate esencial: el peronismo confronta en los cincuenta para imponer derechos y pacifica en su retorno para consolidar la democracia.

Los que se fueron de la plaza expulsados por imberbes no son herederos de los sueños del pueblo ni de las urgencias del presente. Castiguemos, sí, con toda la fuerza de la justicia a los genocidas, pero no intentemos por ello reivindicar las propuestas de la guerrilla. La pretenciosa teoría que confronta con los dos demonios no da derecho a definir un demonio en la dictadura, en el que todos coincidimos, y un espacio de integridad en la guerrilla, donde tanto se impone discutir.

Es cierto que hubo una etapa de encuentro entre el general en el exilio y los grupos armados que enfrentaban a la dictadura, como lo fue el desencuentro definitivo entre un pueblo y un jefe que apostaban a la democracia y una minoría equivocada que concebía al poder en la boca del fusil. Y si pensamos en las consecuencias del presente, el peronismo fue un partido de orden que poco y nada se condice con el apoyo actual a tantas variantes de la anarquía.

Sólo la frivolidad puede pretender que el orden es de derecha y el caos alberga motivos revolucionarios, pues al hacerlo estamos aceptando un cuestionable proceso de degradación institucional.

Si el peronismo tiene hoy un destino, es el de aportar toda la experiencia de su verdadera historia al mañana de democracia estable con orden y convivencia entre adversarios. Los conflictos reales que vivimos fueron demasiados como para hacernos cargo de los sueños belicosos de algunos acompañantes circunstanciales. Para nosotros, el enfrentamiento era el resultado no deseado de imponer una visión de justicia, y solamente nuestros enemigos vivían del odio a nuestras propuestas.

El peronismo tenía una columna vertebral: la clase trabajadora. Nunca imperó sobre los marginales; jamás confundió a los desubicados con los rebeldes ni a los resentidos con los revolucionarios. Su desafío era la integración social, entendió la marginalidad en el lugar de dolor coyuntural y no se le ocurrió reivindicarla como tal.

Veamos, si no, lo que sucede en los países hermanos, donde los responsables directos de las rebeldías y cicatrices de los años setenta encabezan la pacificación y conducen el exitoso rumbo actual.

El peronismo fue un adelantado en los logros sociales y políticos de los cincuenta, y el general intentó ocupar el mismo lugar en la pacificación con su retorno, repitiendo hasta el hartazgo que el sucesor del líder debía ser la organización, pues sólo ella vencía al tiempo y al hombre. En cambio, sus supuestos herederos insistieron en imitar sus glorias personales abandonando sus logros sociales.

No es que nos hayamos vuelto reformistas, es que una enorme cantidad de los objetivos propuestos se convirtieron en logros y es hora de convocar a la convivencia. Necesitamos un orden democrático fuerte y una unidad nacional con sus lógicas tensiones, y sus proyectos trascendentes.

De la ausencia de propuestas que habiliten los tiempos de esperanza, todos somos un poco responsables.

Es hora de acercarnos y construir juntos. La oportunidad lo permite y un pueblo lo requiere. Es más: lo exige.

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