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Derecho al silencio

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PARA LA NACION
Domingo 24 de octubre de 2010
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Hace algunos meses descubrí una piscina en la que mantienen el agua limpia mediante un proceso de ozonificación y sal que no requiere el uso de cloro. La primera vez que me zambullí me pareció que yo era una medusa flotando ingrávida en el mar o, más aún, un organismo unicelular de hace millones de años, de esos que dieron origen a la vida. El sabor de la sal en los labios, el olor del aire puro al salir a la superficie, el silencio sordo bajo el agua, hicieron que se me ocurriera la idea de todo un poemario orbitando alrededor del origen de la vida, ese milagro, ese azar incomprensible.

La alegría duró poco. Parece que el primer día había tenido suerte, porque la segunda vez que fui ya no había silencio, ni dentro ni fuera del agua. La tercera tampoco. Dos altoparlantes invadían el ambiente con rock, cumbia, pop o folklore. Eso sí: clásica, jamás. Si había niños en la piscina, hasta podían sonar canciones tan estridentes como En el auto de papá o La gallina turuleca. Increíble, pero cierto. Como si los niños necesitaran ruido para divertirse.

Antes de decirle adiós a las medusas y al poemario, y sabiendo que ahí ya no haría ni un amigo, pues me crearía fama de huraña, pregunté si podían apagar o, al menos, bajar el volumen de la música. La primera vez me miraron extrañados, pero poco después tuve la suerte de encontrarme con personas sensatas, y ahora, si no hay nadie más en la piscina, el gentil salvavidas apaga la música cuando llego o, al menos, le baja el volumen.

Lamentablemente, uno no siempre se topa con gente como ese salvavidas amigo. A pesar de que la música ambiental es una invasión a la privacidad y a nuestro peculiar monólogo interior, es frecuente que ni siquiera nos sintamos con derecho a pedir silencio. La música, a diferencia de otros sonidos, transmite emociones contagiosas. ¿Por qué debemos permitir que otros nos impongan sentimientos que no son los nuestros? ¿Qué sucede si un ciudadano ha perdido a un ser querido o si, simplemente, quiere estar en paz con sus pensamientos, y de los parlantes del lugar donde entra a comprar un pan tibio que lo calme sale cumbia villera? ¿No es eso una falta de respeto a la privacidad individual?

A diferencia de la vista y del tacto, el oído es un sentido del que no nos podemos sustraer: las ondas sonoras llegan a nuestro cerebro querámoslo o no, y no existe mirar hacia otra parte o retirar la mano que se quema. Como muchas otras características de las sociedades contemporáneas, la omnipresencia de la música de fondo quizá se deba a que el hilo musical hace que los consumidores, sin darse cuenta, pasen más tiempo mirando las vidrieras y que, por ende, compren más. En los McDonald´s, por ejemplo, suelen poner música rápida durante las horas pico para que la gente se mueva más de prisa y deje las mesas vacías en menos tiempo. En horas de menor movimiento, en cambio, pasan música más lenta para que los clientes se queden y consuman más.

En algunos países ya hay grupos que abogan por la prohibición de la música en lugares públicos. Una de las tácticas recomendadas es abandonar el negocio, no sin antes comentarle a algún vendedor que habríamos comprado algo si la música no nos hubiera ahuyentado de ahí. También se puede usar, cuando lo hay, el libro de quejas, para dejar constancia de nuestro fastidio.

Susan Sontag afirmaba que una plaga de nuestro tiempo es la tendencia a la uniformidad, la ausencia de contrapuntos y de una fricción intelectual lo suficientemente fuerte como para despertar el cuestionamiento a los poderes y a las modas imperantes. Pertenecer al rebaño es una necesidad humana. Sin embargo, no ser igual a los demás no debería avergonzarnos, entre otras razones, porque la mayoría de las veces hay muchos como nosotros que tampoco se sienten iguales, pero que permanecen en silencio por temor a incomodar con sus diferencias. Estoy segura de que, aunque nadie más lo diga, no soy la única nadadora que prefiere paz mientras está en el agua.

Mi poemario va mucho más lento de lo que quisiera. Sólo me convierto en medusa los días en que no hay gallinas turulecas ni heavy metal en la piscina. De todas maneras, estoy segura de que algún día lo voy a terminar. Entre todos los poemas habrá uno plagado de asombro por esos seres unicelulares que una vez fuimos, y que del vasto silencio del fondo del océano pasaron a poblar la tierra y a acabar, no sólo con selvas y sabanas, sino también con la calma del agua y el asombro ante el cielo estrellado.

revista@lanacion.com.ar

La autora es escritora

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