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La incógnita de un mar ausente

El mexicano Ignacio Padilla analiza las razones por las que la literatura latinoamericana, a diferencia de la europea, parece haberle dado la espalda al relato marítimo

Viernes 29 de octubre de 2010

La isla de las tribus perdidas Por Ignacio Padilla Debate 204 páginas $ 59

Por Laura Cardona Para LA NACION

En 1996, Ignacio Padilla junto con otros escritores mexicanos nacidos en los años sesenta (Ricardo Chávez Castañeda, Alejandro Estivill, Vicente Herrasti, Pedro Palou, Eloy Urroz y Jorge Volpi) redactaron el Manifiesto Crack, proclama del movimiento que pretendía exorcizar el fantasma de García Márquez y poner en evidencia los mitos y engaños del realismo mágico. En esta corriente no han faltado el humor ni la irreverencia. Padilla argumenta que, invitados al escepticismo por el clima imperante durante los años de la Guerra Fría y las dictaduras latinoamericanas, entre otras cosas, esa generación de escritores se refugió en la literatura para conjurar el desencanto absoluto. Catorce años más tarde y con muy poco humor, Padilla parece desandar el camino para dejarse atrapar por el escepticismo y abismarse en la desesperanza ante los tiempos actuales. Al menos ése es el aire que se respira en La isla de las tribus perdidas , el ensayo ganador del premio Debate-Casa de América 2010. Su título menta los pueblos de Israel que para el autor fueron objeto de una maldición, y traslada esa imagen a América latina. El escritor mexicano comenzó a redactarlo en un momento de desencanto político ante los gobiernos que se perfilaban con aires progresistas y optimistas en los últimos años (con excepción de Cuba), y que luego traicionaron ese sueño, demostrando una vez más la imposibilidad de concluir cualquier proyecto, en este caso el de la democratización. Este ánimo fue determinante en la escritura, y el texto es pesimista: "Para América latina el mar, lo mismo que la dicha o la justicia, parecen estar todavía en otra parte". La visión es apocalíptica: no supimos aprovechar nuestra segunda oportunidad histórica, y por eso estamos al borde de un desastre peor que los anteriores. "El fatalismo sigue imponiéndose a los más audaces y exultantes sistemas de pensamiento", y también impregna de modo exasperante su escritura.

El ensayo propone analizar la realidad social política y cultural latinoamericana a partir de la relación entre el habitante y la naturaleza. Padilla parte de la certeza de que hay un disenso con el mar, una enigmática negativa del pueblo a congraciarse con las aguas que lo bañan, un vínculo conflictivo que nadie ha indagado en profundidad hasta el momento y se pregunta entonces por las razones de este divorcio. Descansa en la suposición de que la literatura, más aguerrida, debería haberse hecho cargo de tal misterio. Pero no sólo hay un desencuentro entre el mar y la literatura, sino que hay poco mar en ella. "¿Dónde están las obras que ilustran e iluminan nuestro conflicto oceánico?", inquiere. El lector puede preguntarse por qué habría que tener obras o escritores que se ocupen del mar, dónde está su importancia o qué determina esto en la vida cultural. La respuesta cobra sentido en el contexto de la tradición europea, que Padilla toma como modelo "de lo sublime marino". Frente a esta tradición, América latina está en desventaja y siempre llega tarde, aunque reconoce que hay cronistas y poetas del mar americano, y también novelistas y cuentistas que retoman la línea abierta por Álvar Núñez Cabeza de Vaca o Bernal Díaz del Castillo. Padilla afirma que es el aspecto negativo del agua, su poder destructivo, lo que impresiona al narrador, quien además no puede pensarla como agente transitivo y mediador, como hacen otras culturas. El mar no es un pasivo espacio de lo muerto sino la muerte en plena actividad, pues de él vinieron la esclavitud, la conquista, los huracanes, la extinción antes que la vida. El agua oceánica encierra y libera una fuerza que nos hace sentir inseguros incluso en tierra firme. El naufragio, la isla, la tempestad y el barco ilustran nuestro gran fracaso continental. Extremo, el escritor mexicano cita una obra plural que habla de un pueblo vomitado, rechazado y aislado por las monstruosas aguas que lo rodean.

El proemio expone las cinco ideas que estructuran el análisis: el disenso del latinoamericano con el mundo natural, su cultura del obstáculo, su propensión al aislamiento, su inclinación a la deriva y su vocación de náufrago, que en conjunto explican el origen de nuestro desencuentro con el mar. Parece que los latinoamericanos, "incapaces de amistarnos con la materia, nos asumimos incapaces de domesticarla". Padilla imagina una batalla inicial entre el hombre y la naturaleza perdida por razones inescrutables, o afirma que una de las tantas paradojas de la conquista es haber fundado ciudades en sitios insalubres y húmedos, como México, Lima y Buenos Aires. Sin embargo, una interpretación menos fatídica diría que Buenos Aires se fundó estratégicamente para tener, en caso de peligro, una salida directa al mar sin dar las espaldas al agua. También presupone que son los otros (siempre europeos, siempre extranjeros) quienes descubren y disfrutan el mar, mientras que el aborigen se "resigna a sobrevivir a costillas de la amistad del primer mundo con el agua". Que el infierno latinoamericano está franqueado por las aguas que hay que vencer para llegar al paraíso americano (cubanos balseros, emigrante centroamericano). Que los ríos (Amazonas, Paraná, Coatzacoalcos, Magdalena) son refugios de narcotraficantes y pirañas antes que vías de comunicación; que la belleza se reserva para el surfista extranjero porque nosotros somos incapaces de gozarla. Sin lugar a dudas, el punto de vista determina el objeto. Juan José Saer, en su ensayo El río sin orillas , mira las mismas aguas que Padilla y percibe algo muy diferente: reconoce que hay escasa huella de los grandes ríos (Paraná, Uruguay, Río de la Plata) en el imaginario popular, a pesar de que esos ríos durante varios siglos "fueron la única parte habitada, vía de comunicación, lugar de recreo, de comercio y también de paisaje, fuente de litigio y campo de batalla". El exceso de frecuentación habría determinado ese olvido, y una prueba de esa ausencia de representación exótica es que los mejores textos sobre esos ríos fueron escritos por extranjeros, que sí podían verlos sin filtros.

Los capítulos que siguen al proemio recorren en forma salteada los textos de algunos autores de la narrativa latinoamericana, sobre todo de "la gran novela", con un fin ilustrativo, entre ellos: García Márquez, Onetti, Bioy Casares, Cortázar, Carpentier, Mutis, Fuentes, Rulfo, algo de Vargas Llosa, de Borges -a quien cree sorprenderlo en una notable omisión-, de Fernando Vallejo, Conrad, Cervantes, los cronistas de Indias y Colón. El recorrido, sin ser exhaustivo, es aleatorio, y se encadenan temas relacionados con el mar o con el agua: los ríos, la lluvia, el paraguas, las tormentas, el diluvio, el naufragio, las islas, los astilleros, que son el opuesto exacto del cementerio marino, el submarino, la ausencia de flotas, bestiarios, monstruos pertenecientes a la mitología marítima, etcétera.

Ensayo sesgado y cegado por la visión ofuscada de su autor -que sin dudas posee una gran capacidad crítica, aguda y erudita-, La isla de las tribus perdidas plantea afirmaciones respecto del sujeto latinoamericano y la naturaleza con la peligrosa arista de trabajar con el presupuesto de que hay un ser latinoamericano, algo esencial, idéntico de norte a sur, que nos precede y determina. La metáfora, la simbología y la alegoría son modos de lectura insistente en este texto fuertemente marcado por el determinismo y el esencialismo, por la lógica dicotómica. Con enunciados o conclusiones a veces arbitrarios, esta clase de discurso parecía haber sido superada hacía mucho tiempo. El apriorismo ideológico implica una actitud tautológica, "porque si de antemano se sabe lo que son los latinoamericanos, describirlos es inútil y redundante", escribía Saer. Si el realismo maravilloso se regía por el vitalismo, aquella ideología de colonizados que deducía de nuestro subdesarrollo económico una supuesta relación privilegiada con la naturaleza, Padilla invierte la fórmula y cambia el signo de la relación: de nuestro pésimo trato con la naturaleza proviene nuestro subdesarrollo y nuestra fatalidad. ¿Tendremos que resignarnos?

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