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El escenario

Más allá de todo, un líder, un jefe

Política

¿De qué nos habla esa multitud doliente que formó filas durante horas para pasar, devota, agradecida, delante de un féretro cerrado?

¿De qué nos hablan esas decenas de miles que acompañaron bajo la lluvia el paso del cortejo?

¿De qué nos hablan esa consternación, ese río de lágrimas, esa congoja evidente, incontrastable? Hay gente desesperada que gritó su dolor, que cantó, rezó y aplaudió. Hay muchos que ahora se sienten huérfanos.

¿De qué nos habla ese fenómeno? Desde luego, muchos lo explicarán como un producto de los planes sociales, del clientelismo, de ómnibus cargados por el aparato pejotista o sindical en el conurbano. Muchos dirán que para no pocas personas era la única oportunidad que tenían en sus vidas de entrar en la Casa Rosada. Algunos dirán que ahí había mucho curioso o que es otra expresión de la necrofilia argentina, tan acendrada. Y otros dirán que gran parte de la ciudad siguió su vida normalmente, como si nada hubiese pasado.

Esas interpretaciones son, cuanto menos, insuficientes. Como ha ocurrido siempre, al no peronismo, al antiperonismo (que no le reconoce nada) y a los que se escandalizan hoy ante el espectáculo de instituciones degradadas, de democracia sólo formal, de corrupción, de autoritarismo, de odios incentivados, a ese mundo enorme de gentes espantadas por tantas prácticas de degeneración política les cuesta comprender y, mucho más, asimilar el fenómeno de masas que sigue siendo el movimiento fundado por Perón. Y en el caso del kirchnerismo, es tan cierto que no recoge a todo el partido como que ha resultado particularmente atractivo para sectores (con predominio de jóvenes, como se ha visto en las últimas horas) que están por fuera del PJ. Grupos que van de la izquierda universitaria a organizaciones sociales o gremiales, fuertemente ideologizados, para los que Kirchner era, antes que nada, el hombre que los había reivindicado.

Después de Alfonsín, el peronismo volvió y fue millones con la pizza y el champagne neoliberales de Menem; ese peronismo llenó el estadio de River para aplaudir a un personaje como Hugo Moyano; ese peronismo vota la hibridez de Scioli, el progresismo de los Kirchner, la política mansa y tranquila (y pro mercado, se supone) de Reutemann, a gobernadores populistas y a buenos administradores. Ese peronismo votaría a Macri si fuera el caso, y ese peronismo se dividió, en 2009, para votar a De Narváez y a Néstor Kirchner.

Hay, sin duda, una fuerza que viene de origen, hay un peronismo que se lleva en la sangre, que se mama en la cuna, pero también hay una adhesión que se renueva y que tiene que ver con la idiosincrasia de los argentinos, con el vacío del resto de los partidos -no de hoy: ya lleva décadas- y con que siguen siendo muchos los que creen que sólo los peronistas saben mandar, saben gobernar, y que son los únicos que saben hablarle y llegarle a la gente.

Aun en sus peores momentos, Néstor Kirchner tenía asegurado un piso electoral no inferior al 25%. Con todos sus defectos, con su política de confrontación que lo llevó a pelearse con empresarios, opositores, militares, periodistas, obispos, jueces y cuantos osaran diferenciarse; aun con ese látigo con el que disciplinaba a los suyos; aun con una fortuna que es difícil de explicar, en fin, aun con todas sus aristas más polémicas y repulsivas, Néstor Kirchner era un líder popular, un jefe, un genio hasta para dirigentes que estaban en la vereda de enfrente y lo detestaban, el gran referente para buena parte de la izquierda intelectual (incluida, por supuesto, la no peronista), un valiente que se les animó a todas las corporaciones, un abanderado de piqueteros, estudiantes, obreros y Madres de Plaza de Mayo, un emblema de hombres y mujeres de la cultura, el espectáculo y el deporte. Y desde el miércoles, un mártir.

Ese pueblo de arriba y de abajo es el que llora a Néstor Kirchner y el que por estas horas se siente desamparado y se aferra a Cristina, con la ilusión de que haya recogido el testimonio y siga la carrera. Y hay otro pueblo, hay otra Argentina, mucho mayor que aquella, que ha asistido con pasmo a lo que acaba de pasar.

Deidad y demonio, Kirchner expresa mejor que nadie al país fracturado de estos días, al de los días que pasaron y al del tiempo que está por venir. .

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