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La postal que prefiero recordar de Kirchner

Por Gustavo Beliz* Especial para lanacion.com

Lunes 01 de noviembre de 2010 • 13:37
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Viví junto a Néstor Kirchner los 15 meses más felices de mi vida. Cuando el 25 de mayo de 2003 me designó ministro de Justicia, Seguridad y Derechos Humanos sentí que todos los sueños por los que había luchado desde mucho tiempo antes, podían hacerse realidad. Cada noche, después de trabajar 15 o 16 horas, llegaba exhausto a mi casa, casi sin ganas de comer, pero con fuerzas para decirle a mi esposa: "Todavía no lo puedo creer... Es posible".

Eran tiempos de cambio, de reencontrarse con utopías, de sanos vértigos, de lanzarse a una frenética carrera por escribir y protagonizar la historia. El país venía de un derrumbe y la posibilidad de reencauzar la dignidad de la política constituía una gran revancha para todos nosotros. Se palpaba no sólo en la calle, sino también en el entusiasmo de nuestros ejemplares equipos de trabajo (la mayoría se arriesgaba a la función pública por primera vez) y en la opinión de los periodistas más honestos y comprometidos con la verdad, que compartían nuestro mismo asombro como funcionarios.

Me tocó durante esos primeros meses una responsabilidad para la cual Kirchner me dio total libertad: conducir a todas las fuerzas policiales del país, manejar la relación con la Justicia, acompañar la política de derechos humanos.

Durante esa primavera de la gestión, pudimos poner en marcha una decisión gigantesca: la renovación de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, acaso la institución más desprestigiada del país de aquellos momentos. No sólo existió una decidida acción institucional en el Parlamento para cumplir ese cometido, juzgando adecuadamente las responsabilidades de los miembros de entonces. También se sentaron las bases de una innovación trascendente a nivel del mecanismo de selección de los sucesores en el máximo tribunal. No se trataba de reemplazar una Corte adicta por otra Corte adicta, sino de elevar en la cima del Poder Judicial de la Nación un tribunal prestigioso e insospechado, que fuera "independiente del Gobierno", pero no "independiente de la Argentina". Kirchner consagró el Decreto 222, que estableció un sistema de amplia consulta y escrutinio público sobre los antecedentes, patrimonio, trayectoria y transparencia de los candidatos postulados por el Poder Ejecutivo, lo que constituía una inédita autolimitación del poder presidencial que no tenía antecedentes en la Argentina moderna.

""El país venía de un derrumbe y la posibilidad de reencauzar la dignidad de la política constituía una gran revancha para todos nosotros""
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"¿Viste que se puede?", me dijo al oído la mañana que, ante un Salón Blanco repleto, firmó públicamente aquel Decreto, despejando rumores que días anteriores hablaban de la suspensión de la medida.

El presidente daba muestras así de un gobierno abierto, franco, dispuesto a receptar las mejores expresiones de la sociedad civil. En efecto, a las pocas semanas de asumir el ministerio, y luego de reunirnos con varias organizaciones sociales -CELS, Poder Ciudadano, FARN, entre otras-, le elevé la idea que me habían transmitido y la aceptó entusiasta. Luego la extenderíamos para transparentar el proceso de selección del resto de los juzgados federales penales vacantes.

No fue la única feliz sorpresa de aquellos 15 primeros meses. Tuvimos amplia libertad para examinar y decidir -por primera vez en la historia democrática contemporánea- sobre los nombramientos de los titulares de todas las comisarías de la ciudad de Buenos Aires; pudimos ir a fondo con la investigación de casos de corrupción; abrimos archivos secretos que ocultaban la ignominia de salvajes atentados; avaló el presidente la destitución inmediata del jefe de la Policía Federal de entonces, ante la sospecha fundada -que daría lugar a una denuncia por asociación ilícita- de manejos irregulares en la obra social policial. Como también ocurría en materia de derechos humanos, en todas las áreas de justicia y seguridad tampoco había pactos sucios que impidieran actuar en la búsqueda de la verdad y la reparación. "Tengo las manos libres, metele para adelante", me decía cada vez que lo consultaba.

""Tengo esa postal de otoño del 2004 grabada hoy caprichosamente en la retina. No la borronea el posterior desencuentro, la sensación de que se perdía ese impulso inicial, la súbita falta de diálogo y respaldo que me alejó del gobierno""
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Convaleciente aún, cuando tuvo su primer episodio de salud en febrero de 2004, nos reunimos a los pocos días de dado de alta con él y con Cristina para terminar de definir las líneas maestras del Plan Estratégico de Justicia y Seguridad, que veníamos delineando desde diciembre de 2003. "¿Qué vas a hacer sin mí?"-, le dijo en broma a su esposa cuando empezó la reunión, recordando los momentos de angustia que habían vivido días atrás, cuando iban a la internación hospitalaria en medio de una hemorragia. Se lo veía más pálido y más cansado que de costumbre pero, para mi inmensa satisfacción, cuando se trató de repasar los ejes principales del Plan, lejos de disminuir sus aristas más transformadoras decidió ir a fondo en el anuncio de las propuestas. Era como un león convaleciente, pero dispuesto a pelear. Una por una repasamos las medidas que se anunciarían a todo el país horas más tarde, luego de haber trabajado en el más estricto hermetismo, como nos lo había pedido como regla de oro. Sacó su lapicera trajinada y comenzó el punteo de las decisiones: la creación de un FBI Argentino para coordinar todos los esfuerzos de investigación criminal de modo transparente y sin prácticas inquisidoras de inteligencia; la elección popular del jefe de la Policía Metropolitana; la creación de fiscalías y juzgados barriales para acercar las decisiones de la justicia al pueblo; la instauración del juicio por jurados populares para juzgar los delitos más graves, incluyendo los casos de corrupción administrativa de los políticos; la posibilidad de que la sociedad civil participara activamente de la revisión de los ascensos policiales; la apertura a que un 10% de las comisarías fueran ocupadas por profesionales civiles; la reforma y despolitización del Consejo de la Magistratura; los proyectos de ley en materia de narcotráfico, asociación ilícita, lavado de dinero, justicia de menores y desarmaderos; la reforma de la justicia federal para transparentarla; la apertura de escuelas los fines de semana y el impulso a tutorías educativas para prevenir la deserción escolar; la construcción de 8 nuevas cárceles para evitar el hacinamiento; la asignación de un fondo especial de 600 millones de pesos para todo el plan plurianual de justicia y seguridad, que incluía parte de la radarización del país.

""Hoy, lejos a desgano de mi país y viviendo las dolorosas consecuencias personales cuyos orígenes también se remontan a varias de las medidas que entonces anunciamos y que luego infelizmente se discontinuaron, prefiero quedarme con el recuerdo de ese Néstor Kirchner que conocí de cerca""
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Orgullo. Salí de aquella reunión orgulloso por el presidente que me conducía, con lágrimas que procuraba refrenar. Me quedé conversando en los pasillos de la quinta de Olivos con Cristina, que también, en aquel atardecer, estaba entusiasmada con las medidas que anunciaríamos a los pocos días, en presencia del conjunto de gobernadores. Tenía en el cuerpo el fervor que se tiene cuando los días se fraguan con ideales, sin canjear convicciones por transformaciones. Tengo esa postal de otoño del 2004 grabada hoy caprichosamente en la retina. No la borronea el posterior desencuentro, la sensación de que se perdía ese impulso inicial, la súbita falta de diálogo y respaldo que me alejó del gobierno y de la actividad política, el inmensamente penoso observar de episodios que para mí desvirtuaban -sin necesidad-, aquellas ráfagas iniciales de cambio épico.

Hoy, lejos a desgano de mi país y viviendo las dolorosas consecuencias personales cuyos orígenes también se remontan a varias de las medidas que entonces anunciamos y que luego infelizmente se discontinuaron, prefiero quedarme con el recuerdo de ese Néstor Kirchner que conocí de cerca. El que me acompañó sin especulaciones haciendo campaña en Villa Lugano cuando enfrentábamos en soledad la primera elección popular de intendente; el que compartía largas sobremesas en el restaurante Teatriz cuando su ilusión presidencial recién despuntaba; el de los actos electorales trajinados por pueblitos lejanos cuando apenas tenía un 7% de intención de voto; el que me hizo entrar una tarde a su departamento de la calle Uruguay y me sorprendió al mostrarme en su living una foto de su familia a mi lado, recuerdo de un encuentro en Cariló la mañana siguiente de haber denunciado la narco-corrupción reinante de los 90.

Si la muerte es el inicio de una vida más bella, si toda primavera más temprano que tarde vuelve a florecer, si el pueblo nunca se equivoca para ofrecer su corazón y si en las entrañas de todo camino de la Historia habita siempre, siempre, un nuevo comienzo, prefiero quedarme con esa hermosa postal de aquellos 15 primeros meses de Kirchner presidente. La desempolvo ahora, en la esperanza de que sea como una botella tirada a un mar sin naufragios, cuando mis 4 hijos me preguntan, asombrados y perplejos frente al televisor de mi casa alquilada de Washington, cómo era Néstor Kirchner.

* Fue Ministro de Justicia, Seguridad y Derechos Humanos de la Presidencia Kirchner. 2003-2004. Actualmente reside en Washington, donde trabaja en el Banco Interamericano de Desarrollo. La muerte del ex presidente lo motivó a romper un silencio de seis años.

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