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Con Kirchner era más fácil

Marcos Aguinis

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LA NACION
Lunes 08 de noviembre de 2010
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El cimbronazo producido por el fallecimiento de Néstor Kirchner aún no puede medirse en su total magnitud por algo más decisivo que la proximidad del hecho: las incontables riendas que manejaba sólo él, con total discreción. Ni su esposa ni ninguno de sus más íntimos colaboradores podían mantener un registro completo de las órdenes, acuerdos, promesas, castigos, inversiones y negocios que él realizaba en forma personal, de modo incansable, casi siempre a viva voz. Los enredos que se podían generar por la abundancia y cruce de cables electrificados los resolvía como Alejandro al nudo gordiano: con un golpe de hacha. Mediante esa conducta había llegado al umbral de rey absoluto. No podía sentarse en el trono aún, pero rondaba cerca.

Tanto poder lo instaló como protagonista exclusivo de un polo. Quienes no lo seguían o lo repudiaban o pretendían reducirle la fuerza, eran el otro polo. El de Néstor Kirchner equivalía a un tercio de la voluntad popular. Los otros dos tercios a una variada paleta política. Incluso se llegaba a reconocérsele dos logros de cuestionable jerarquía moral. Por un lado, haber alcanzado una riqueza impresionante mientras ejercía funciones públicas. Por el otro, haber generado un acercamiento entre todas las manifestaciones de la oposición. Se escuchaban voces que le reconocían el mérito de haber sugerido hasta el Programa de la oposición, que consistía en hacer frente a la emergencia nacional que generaba su política de odio, realizando lo contrario.

En otras palabras, luchar contra Néstor Kirchner (o su representante) no ofrecía dificultades. Hasta era posible entrever el crecimiento de un Frente de Salvación integrado por la suma del panradicalismo y el justicialismo disidente. Ese hombre exhibía muchos flancos vulnerables, además. Era el autor indiscutible del clima que exaltaba la confrontación perpetua, entre otros males. Unía sus fibrosas e incendiarias características psicológicas con el fondo autoritario de gran parte de la sociedad argentina. Pero la mayoría de la sociedad ya comenzaba a sentirse harta de tanta crispación. El discurso setentista de Kirchner había resucitado los sueños de quienes no triunfaron entonces y, además, generaba el entusiasmo de los jóvenes que poco o nada saben de aquellos años y la esterilidad de sus sacrificios. Como prueba de semejante confusión, flamean juntos el nombre de Perón y Cámpora, en unidad y armonía. Pero esa armonía sólo fue un capítulo interesante de la novela, no el último. Porque Perón destituyó y hundió a Héctor Cámpora más enojado que agradecido. Además, Perón murió transformado, con el deseo de conseguir la paz entre los argentinos, no la continuación de la guerra. Resucitar a Cámpora equivale a cuestionar el último Perón. ¿Cuántos tienen conciencia de ello?

La lista de críticas a Néstor Kirchner forman un grueso catálogo que se ventilaba por muchos resquicios, pese a los esfuerzos oficialistas para silenciarlos, negarlos o reinterpretarlos. La conmoción de su muerte ha generado un lógico freno a seguir martillándolos ahora. Pero ese catálogo sigue ahí. Probablemente volverá a ser utilizado cuando termine la temporada estival, que en la Argentina adormece todos los debates.

Lo cierto es que su fallecimiento le ha insuflado más fuerza a la Presidenta. Ahora podría ganar las elecciones en primera vuelta, cosa imposible con Néstor a su lado. Rivalizar con Cristina sola no es lo mismo que haberlo hecho con un Néstor Kirchner en forma, pero agujereado de vulnerabilidades. La viudez otorga a Cristina una imantación emocional que no poseía Néstor. Tampoco ella genera -por el momento- la necesidad de constituir un Frente de Emergencia. En conclusión, la lucha contra el oficialismo se presenta más engorrosa que antes, aunque no se vislumbren ni ocurran modificaciones significativas en las medidas del Gobierno, las posiciones en el Congreso ni el clima político general del país.

Pero las leyes de Heráclito no han fenecido. Nunca nos bañamos en las mismas aguas de un río y, tanto dentro del oficialismo como en su entorno, continuarán sucediendo modificaciones. Algunas podrán sorprender.

En efecto, en el oficialismo ya se ha desatado la carrera por ser los más amados de la Presidenta y llegar a ocupar la mayor porción del gran vacío dejado por la hiperactividad excluyente de Néstor. Incluso entre quienes conforman el segundo y tercer cinturón de seguidores habrá rivalidades que, en parte, procurarán mantenerse en las sombras. Pero trascenderán.

La oposición tendrá que invertir un enorme esfuerzo para elaborar, consensuar y seducir con un programa que enamore y exalte al castigado pueblo argentino. Nuestro país acaba de quedar aplastado por abajo del Perú en el ranking de los países latinoamericanos respecto de la llegada de inversión externa directa en un luctuoso estudio de la Cepal. Quedamos peor vistos que Brasil, Chile, México, Colombia y Perú. Nunca habíamos descendido tanto, pese a los discursos triunfalistas y el famoso "viento de cola". Quienes poseen una visión objetiva y racional insisten en el hecho de que la Argentina -con una democracia que respete las instituciones y ofrezca real seguridad jurídica- puede estallar en un florecimiento económico del que no se tiene memoria. ¡Un fenomenal florecimiento económico! Es una posibilidad que estamos perdiendo, sin embargo. Duele en el alma. Para alcanzar ese objetivo es necesario convencer a las mayorías de que con la violencia, el desprecio, los controles autoritarios y burocráticos, la arbitrariedad y las meras teorías épicas no se consigue levantar vuelo.

No alcanzará con denunciar los abusos de Néstor Kirchner, porque está muerto y su figura tiende a ser perdonada e idealizada. El trabajo deberá concentrarse en la tarea de abrir las mentes, oxigenar el pensamiento y convencer sobre una prosperidad posible, sobre la base de los principios que ya adoptaron Chile, Brasil, Colombia, Uruguay y Perú, algunos de los cuales aspiran a convertirse cuanto antes en países desarrollados. Es el lugar donde puede y debería inscribirse la Argentina, no seguir bajo la comprometedora y corrupta amistad del coronel Chávez, por ejemplo.

Ahora bien. Tras la elaboración del duelo, la Presidenta empezará a ser evaluada por su desempeño, no por su soledad o su dolor. Así como no era complicado trazar un perfil psicológico elemental de Néstor, tampoco será difícil el de Cristina en esta nueva etapa. No es una persona que vaya a sufrir grandes modificaciones en relación con su pasado.

Cuando ejercía como senadora por Santa Cruz y su marido ni se mencionaba para un cargo nacional, ya se la había bautizado como "Muñeca Brava". Pese a integrar el bloque menemista, dejaba deslizar algunas diferencias. Adquirió cierta notoriedad por su esmero en la belleza física y una creciente elocuencia cargada de agresividad. Aparecía como una figura temperamental y atractiva. Luego, cuando su marido fue presidente, en el Senado humilló en la cara al vicepresidente Scioli hasta hacerlo llorar. Demostró que, cuando quiere, puede ser muy impiadosa. Estos rasgos no han cambiado ni cambiarán. En ese sentido, hay fuertes semejanzas con el difunto. Sin embargo, Néstor era más pragmático y calculador, el verdadero ministro de todos los ministerios. Su proclividad tiránica no le quitaba perspectiva sobre la conveniencia u oportunidad de las maniobras. Cristina, en cambio, es más "femenina", en el sentido de que a fines del siglo XIX se caracterizaba erróneamente a las mujeres. Los círculos que la rodean sufrirán modificaciones en su significado e importancia por los méritos o desméritos que ella defina desde su emotividad y pasión, porque ya no lo tiene a Néstor para consultar. Aunque se parece en mucho a su difunto marido, no es su difunto marido. Por eso, quienes prefieren una alternancia en el poder tienen por delante un panorama más complejo. El oficialismo dejó de ser preciso y rocoso.

Es, entonces, también, un panorama que ofrece probabilidades para avanzar hacia algo mejor. Aunque contra Néstor era más fácil, ahora habrá reacomodamientos, fracturas, nuevas alianzas, ascensos y descensos, traiciones, resentimiento, deseos imposibles. Será un mapa más móvil e inestable que en los tiempos de la autocracia personal. Pero ¡ojo!: de ahí tendrá que emerger la Argentina del futuro próximo. O iremos hacia un desarrollo parecido al de Chile y Brasil o seguiremos empantanados. © LA NACION

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