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Entre la crueldad y una fantasía absurda

Martes 09 de noviembre de 2010
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La figura de Emilio Eduardo Massera siempre rondó por espacios intermedios entre lo simbólico y lo real. Algunos lo definieron como alguien identificado visceralmente con lo sombrío y hasta con lo cruel; otros prefirieron verlo más como la representación abstracta o idealizada de esos rasgos trágicos. Visto ahora, desde la perspectiva que dan los años confusos transcurridos desde la época de su actuación, refleja una imprecisa noción de irrealidad, de fantasía desbordada o absurda.

Ambicioso por naturaleza, fuertemente atraído por el poder, en términos de lenguaje político su descripción se ajusta más a la del aventurero que a la del hombre de gobierno.

Nunca escondió su afán de escalar posiciones e hizo constante alarde de ciertos rasgos en principio positivos, pero que actuaron como factores distorsionantes, acaso por falta de equilibrio.

Massera, seguido por Grafigna y Viola, al ingresar en la sala de los tribunales durante el juicio a las juntas militares por violaciones de los derechos humanos
Massera, seguido por Grafigna y Viola, al ingresar en la sala de los tribunales durante el juicio a las juntas militares por violaciones de los derechos humanos. Foto: Archivo

Uno era el pragmatismo a todo trance, la deliberada y expresa distancia de creencias, convicciones o ideologías, actitud que llegaba hasta un punto en que se confundía con el mero cinismo. Otro era la frialdad, cualidad sustantiva para un soldado y para un político, pero que en él se trasmutaba en agresividad sistemáticamente destructora.

Además, era activo, sagaz y osado. Teniente de fragata en 1955, acompañó al contraalmirante Aníbal Olivieri, ministro de Marina de Perón, en la sublevación de junio de ese año. Ajeno al grupo que pasó a conducir a la Armada tras el derrocamiento del líder justicialista, tuvo el tino de saber perderse entre el montón y salvar una carrera estimable, arquetipo de lo que años después sería conocido como el "profesionalismo oculto".

La antesala del poder

Su oportunidad llegó en 1972, cuando acababa de ser ascendido a contraalmirante: se lo designó representante de la Marina ante la Comisión Coordinadora del Plan Político, función que le permitió asomarse a las antesalas del poder. Fuere por olfato o por sentido común, reconoció como inevitable la llegada del peronismo al gobierno y se apresuró a variar el rumbo en la dirección adecuada.

Hacia 1973, el Perón del regreso reparó en él y lo creyó útil para hacer pie en una institución que siempre le había sido adversa, con el reaseguro adicional de que el marino nunca podría superar las limitaciones de la estructura que integraba. Se asegura que el fundador del peronismo solía decir: "Este mozo Massera ha cometido un error que lo inhabilita para casi todo: haber aprobado el examen de la Escuela Naval". Verdadera o falsa, la anécdota circuló con alguna insistencia, con su pizca de humor referida al antiguo encono del viejo líder con los marinos.

Una de las pocas decisiones de importancia que tomó Perón en su etapa final consistió en el nombramiento de Massera como comandante en jefe de la Armada. El marino tenía sólo 48 años, edad inusual para el cargo. Pero en pocas semanas hizo olvidar a sus opacos antecesores y pasó a desenvolverse con entera comodidad: tenía excelentes aptitudes de mando, amaba la política y había hecho buenos amigos en todos los partidos.

Sería injusto negar que fue un eficaz jefe naval, no sólo por los obvios cuidados que prodigó a barcos, tripulaciones y equipos, sino, en especial, por la obra de reparación institucional que su personalidad de caudillo le permitió encarar con éxito: la influencia de la Armada en el manejo del Estado volvió a ser la de antes de la debacle de 1963, cuando salió perdidosa de la lucha entre azules y colorados. Consiguió que la Marina se acercara a la posición privilegiada obtenida bajo la égida de Isaac F. Rojas.

Después de Perón

Massera naturalmente llenaba sus proclamas con invocaciones a la democracia y a las instituciones republicanas; atento al clima de esos días llegó a hablar de la "Argentina potencia marítima". Muerto Perón, pasó a ser consejero y firme respaldo de su viuda; el trance era por demás arduo y el orden constitucional peligraba. El almirante aseguraba estar con los "mejores", y peronistas, radicales, socialistas y comunistas creían pertenecer a esa categoría.

Ningún motivo existe para dudar de que la iniciativa del 24 de marzo fue compartida con la jefatura del Ejército. Massera, con un discurso "legalista" hasta la víspera, en el reparto del poder producido entonces, se alzó con la tajada de aquel memorable 33 por ciento de las funciones públicas en general y, en particular, el control de los ministerios de Relaciones Exteriores y Bienestar Social.

Pero unos meses más tarde pretendió ser el ideólogo y definidor oratorio del régimen. Si bien la Armada no podía competir con el Ejército en cuanto a capacidad de presencia, la encabezaba alguien mucho más audaz y expresivo que sus colegas del Ejército y de la Fuerza Aérea. Uno sólo de éstos -Roberto Eduardo Viola- poseía el don para los manejos políticos y manifestaba ganas de oponerse al afán de predominio del almirante. En cierto modo, toda la historia interna del proceso puede reducirse al largo contrapunto entre el pesimismo escéptico de Viola y las astucias e intrigas de Massera.

Entretanto, el almirante disertaba y viajaba constantemente, sea para dar a conocer la "verdad argentina", promover el fantasmal Tratado del Atlántico Sur o azuzar el conflicto con Chile.

La sucesión del régimen

A Cyrus Vance, secretario de Estado de Carter, le habría dicho que las violaciones a los derechos humanos eran un tema del Ejército "que la Marina tuvo que hacer suyo por una razón de solidaridad nacional". Se dice también que lo habría amenazado a Vance "con la constitución de un bloque antinorteamericano" y que le habría aclarado que la Argentina no deseaba encabezarlo, pero podría tal vez?". Al presidente de Francia, Valéry Giscard d´Estaing, le habría contado sin ambages los pormenores del asesinato de las monjas Leoni Duquet y Alice Domon. A los periodistas les daba una cuota fija de frases nacidas para las primeras planas: "Habrá vencedores y vencidos", "Han muerto para el triunfo de la vida?", etcétera.

Por cierto, nadie sabía nada, pero había cosas que se sabían. En 1978 la cuestión no era todavía los derechos humanos, sino la sucesión del régimen. Videla se iba y si Viola lo sucedía, Massera estaba de más. Así ocurrió, pero el perdidoso no renunció a sus aspiraciones, que se fundaban, por otra parte, en un disenso real. Viola imaginaba la apertura a partir de una coalición de fragmentos partidarios, grupos provinciales, "jefaturas naturales" y "entidades intermedias", es decir la centroderecha. El marino, en cambio, creía en un movimiento presuntamente popular.

Tras cinco años al frente de la Armada, Masssera bajó a tierra para armar su Partido para la Democracia Social, al que se sumaron muy variados dirigentes de segunda línea. Asombrosamente, la agrupación y el almirante resultaron ser opositores al Proceso y le reclamaron por la suerte de los desaparecidos y llegaron a acusar de cipayismo a Martínez de Hoz.

Un exaltado Massera predicaba a fines de la década del 70: "La revolución se hace desde el poder o se hace desde la calle". La respuesta oficial fue arrestar al almirante y clausurar el periódico que lo defendía. Entonces, Massera clamó que era necesario "movilizarse para decir basta a un poder cuyo único sostén es el uso de la fuerza".

Era excesivo, en desparpajo y extravagancia, y, por supuesto, el periodismo de 1981 reflejó ampliamente esos rasgos. Surgieron temas como el de la logia P2 y Licio Gelli, y Massera se asomó intrépidamente al precipicio al sostener que el italiano "había prestado grandes servicios a la Argentina en materia de seguridad", quizás en alusión a la Triple A. En contestación, Carlos Guillermo Suárez Mason lo cubrió de agravios y habló de hechos gravísimos que habría cometido.

El clima, poco a poco, se hacía espeso y en enero de 1982 sobrevino el primer ataque a fondo contra el osado almirante. Juan Alemann -al que porfiaba en zaherir sin piedad- lo acusó de robo a propósito de la organización del Mundial de fútbol de 1978 y dejó caer un nombre que sería clásico en la posterior reseña de aquellos horrores: Elena Holmberg, secuestrada el 20 de diciembre de 1978 y cuyo cuerpo se halló una quincena más tarde, en el río Luján. A ese nombre lo siguieron otros, que pasaron bajo los portales de la Escuela de Mecánica de la Armada.

Después de la guerra de las Malvinas, cuando las denuncias de fosas con restos NN surgían por todos lados, Guillermo Patricio Kelly sacó a relucir la sórdida historia de Fernando Arturo Branca, sin contacto con la política.

El 13 de junio de 1983, cuando al gobierno militar le quedaban aún seis meses de vida, el juez Oscar Mario Salvi dictó la prisión preventiva de Massera, quien se hallaba en Brasil. Regresó cuatro días después y, contra lo esperado, la Armada no movió un dedo para evitar que lo encarcelaran. Ese día cambió la historia y brotó de la nada el esbozo de la Argentina que hoy tenemos.

Sombría referencia

Massera murió como personaje público y quedó reducido a sombría referencia judicial, a representante emblemático y un tanto folklórico de algo tétrico y doloroso, a tal punto eran monstruosos e inabarcables los crímenes que se le imputaban, tras habérselo hecho responsable, como era lógico, de las demasías cometidas por quienes obedecieron sus órdenes.

El resto: jueces, indagatorias, denuncias, careos, recusaciones, el fuero militar, fue todo como una pesadilla. En 1985, la Cámara Criminal y Comercial, presidida por León Carlos Arslanian y de la que era fiscal Julio Strassera -a quienes Massera todavía alcanzó a increpar con un altanero "Estoy aquí porque hemos ganado una guerra justa"-, le impuso prisión perpetua, tras declararlo culpable de tres homicidios agravados por alevosía, 12 casos de tormentos, 69 privaciones ilegales de la libertad y siete robos agravados. Había sido acusado, además, de 201 falsedades ideológicas de documento público, cuatro usurpaciones, 23 reducciones a servidumbre, una extorsión, dos secuestros extorsivos, un caso de supresión de documento, once sustracciones de menores y siete casos de tormentos y muerte.

Incluido en los indultos de Menem del 29 de diciembre de 1990 -indulto que en agosto último la Corte declaró nulo respecto de Massera y de Jorge Rafael Videla-, cada tanto volvía a la notoriedad periodística con motivo de incidentes originados por su presencia en lugares públicos; Mariano Grondona lo llevó a su programa televisivo y las protestas duraron semanas.

Otras causas

El juez Adolfo Bagnasco le reiteró la prisión preventiva en 1999 en las causas por apropiación ilegal de hijos de desaparecidos. El resto de las causas penales que se iniciaron contra Massera estaban suspendidas desde 2005, cuando peritos oficiales lo consideraron incapaz y, por ende, la Justicia consideró que no podía seguir siendo juzgado. También tenía pedidos de extradición de tribunales de Suiza, España y de Italia. En este último país, el proceso en su contra seguía en pleno trámite porque, allí, los peritos italianos habían sostenido que estaba en condiciones de ser juzgado.

En cualquier caso, eran gestos simbólicos: el imputado, como dijimos, había muerto públicamente mucho antes, exactamente el 17 de junio de 1983, cuando el propio gobierno militar lo puso en prisión.

Quedan en el aire muchos enigmas, aparte de los acertijos anecdóticos del tipo de si se entrevistó tal o cual vez o no con María Estela Martínez de Perón, o con Firmenich, o con emigrados argentinos en París o en México, o si realmente buscaba un arreglo con el comunismo criollo, o si su pelea con Viola provenía de la resistencia de éste a la guerra con Chile.

El gran misterio que se abre detrás de todas esas versiones es quién era Massera, cómo llegó a tener el predicamento que tuvo. Y también si fue un impostor, o un iluminado, o un simulador.

En lo personal era cordial, atractivo, pícaro, brusco y mandón; ni un ignorante ni un negado, pero tampoco un intelectual; su rasgo más característico -y ponía gozoso énfasis en exhibirlo- era el de no sentirse obligado a comportarse como un caballero.

El dato no es menor: hasta Massera la sociedad atribuía al hombre de armas una base reconocible de pundonor y dignidad; el almirante vino a desmitificar para las generaciones jóvenes la profesión de las armas y éste debe ser el más gris de sus legados. Nada tuvo que ver la parte final de su carrera militar con las grandes tradiciones de la Armada argentina.

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