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Palabras en busca de empleo

Silvia Hopenhayn Para LA NACION

Miércoles 10 de noviembre de 2010
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Hay libros que parecen una compilación de miradas a través de la ventana. Como si sus autores sustrajeran del paisaje, de la vida o de los días, algún párrafo misterioso y lo dispusieran en sus páginas. Son libros hechos de fragmentos reveladores, del fulgor del momento.

El caballo blanco de Mozart (editado por La Bestia Equilátera), del poeta y narrador argentino radicado en París Arnaldo Calveyra -condecorado por el Ministerio de Cultura francés como Commandeur de l´Ordre des Arts et des Lettres- , resulta este tipo de obra.

El libro reúne escritos de distintas épocas, ya sea referidos a recuerdos personales (un maestro de música de la infancia), comentarios de libros ( La invención de Morel ), impresiones de lugares (Madrid, un pueblo mallorquín), viajes, visitas (a Borges), y su gran afición, la música, entre otros.

Lo más sorprendente es cómo Calveyra convierte la palabra en huella viva de la experiencia. En "A un profesor de música bienamado", recuerda la forma en que su maestro se refería a la nota musical como "una palabra hasta las últimas consecuencias". Y agrega: "¿Alguien se preguntó alguna vez por lo que hay en el fondo de una palabra?". Buceador empedernido, el poeta intenta responder sin demasiadas pretensiones.

Lo evocativo no se limita a lo escuchado. También los gestos son fundamentales a la hora de fijar el recuerdo. En los distintos escritos, Calveyra alude a varios. "La atención siempre al borde del desvelo" en Mozart, el "mohín sereno y testarudo" de Antonio Machado, "la andadura de la voz" en Borges, la costumbre de sus alumnos a cambiarse de asiento en clase, "como pájaros que se apropian de un nido vacío" o el mismo gesto del maestro de música, que necesitaba ponerse de pie para subrayar ciertas cosas fundamentales, como la pausa: "La pausa que es interrogación, invitación al vacío".

En la prosa de Calveyra, tenue, certera, el pasado cobra una vida nueva, de permanencias.

A diferencia de la fotografía, que registra el instante, la palabra en este autor le da forma al tiempo. Se sirve de su mirada poética. Como cuando señala, en una esquina de Kyoto, al "hombre de la vereda que sigue hablando sin parar y que, en este momento, tiene por interlocutores a los pájaros alojados en algún lugar de sus palabras".

La relación de Calveyra con las palabras es de profunda amistad. Quizá de allí su afinidad con Mozart. No sólo por la inventiva musical, sino también por el acto mismo de creación. En el texto que da título al libro, "El caballo blanco de Mozart", advierte que el joven Amadeus apelaba "a las palabras como si tratara con fantasmas para que acudan al papel que escribía a explicar por qué estaba allí sentado escribiéndolas (?) Una palabra fantasma es, por sobre todas las cosas, una palabra en busca de empleo".

¡Hermosa idea la de las palabras en busca de empleo! En estos tiempos de tanta abreviatura y vocabulario reducido, habría que pensar en un seguro de desempleo para las palabras en desuso.

© LA NACION

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