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El mundo

Luanda, la capital de los contrastes

Enfoques

El enorme flujo de capitales chinos y el auge del negocio petrolero convirtieron a la capital angoleña en la ciudad más cara del mundo, una nueva El Dorado en la que conviven empresarios y aventureros extranjeros con una población local que está muy lejos de ver los beneficios del boom económico: un alquiler oscila entre 3500 y 14.000 euros mensuales, pero la gran mayoría vive con no más de 40

LUANDA

Desde la planta 25 del hotel Presidence, el panorama de la ciudad más cara del mundo es una alucinación, un bosque de grúas sumergido en humo de tráfico y colores de arrabal; entre el sueño que levanta el dinero y el caos de la miseria. La ciudad más cara del mundo no está en Suiza, EE.UU. o Japón. Ni en China o Rusia. Tampoco figura en ninguno de los países conocidos como los "tigres asiáticos", ni en las economías emergentes. Está en Africa, continente rico en materias primas y maldito por décadas de colonialismo, guerras, sequías, enfermedades, hambrunas y gobernantes sin escrúpulos. La urbe más cara del planeta para los expatriados, según un estudio pormenorizado de la consultora internacional Mercer, es en 2010 Luanda, capital de Angola (en 2009 lo fue Tokio, hoy en segundo lugar). Una ciudad con casi cinco siglos de vida desde su fundación por los portugueses en un puerto natural sobre el Atlántico, y una nación que ha padecido y padece varios de los grandes males africanos. El más grave, la guerra que duró 38 años, primero contra las tropas coloniales portuguesas y luego entre grupos guerrilleros que lucharon por la independencia.

Con la firma de la paz en 2002, Luanda se convirtió en un hervidero de obras, donde proliferaron los rascacielos, sedes de compañías petroleras, de seguros y bancos, que han enriquecido a promotores inmobiliarios. Las Torres Atlántico, frente a la bahía de Luanda, que albergan las sedes de tres empresas petroleras, Sonangol (la compañía estatal), Esso y British Petroleum (BP), y un edificio de departamentos, 250 millones de euros de inversión; la Torre Angola, de 70 pisos, en fase de construcción, y la torre China International Fund son símbolos de un boom económico en Angola que ha dado a luz a la nueva Luanda, una especie de El Dorado para modernos pioneros, hombres de negocios de todo el mundo, y a otras cosas. Durante los primeros años de la posguerra, las críticas a la corrupción imperante en la nueva Administración fueron constantes por parte del FMI y los países donantes, que veían cómo millones de dólares en ayuda se esfumaban del presupuesto del Estado. La corrupción (Angola figura entre los 20 países más corruptos) y las pésimas condiciones de vida de la mayoría no han desaparecido del escenario.

"Un termitero", así define el escritor luso José Eduardo Agualusa, hijo de colonos blancos portugueses, la atmósfera actual de Luanda, con su arquitectura colonial decadente, castigada por impactos de mortero; con los rascacielos que brotan, irregulares, clavados en el enredo de calles demasiado pequeñas y destrozadas para permitir el flujo de todoterrenos y automóviles de alta gama. En el tráfico congestionado de Luanda, recorrer un kilómetro puede suponer horas, no en vano algunos vehículos llevan tele incorporada; las fuerzas del orden no parecen ayudar a mejorar el tránsito, convirtiendo la "gaseosa", la manera amable de pedir una coima, en la insistente palabra clave de la capital.

Porque aquí no hay taxis. Para qué, si apenas hay turistas, deben pensar las autoridades municipales. El transporte público está en manos de los candongueiros , minibuses blanquiazules que serpentean por la ciudad por 100 kwanzas (0,7 euros, o unos cuatro pesos) cargados con hasta 20 pasajeros apiñados en un calor húmedo e insufrible. Las plazas hoteleras en Luanda son limitadas. Por una habitación se debe casi suplicar aquí, conseguirla cuesta tiempo y dinero, no menos de 350 euros diarios. Los departamentos de alquiler oscilan entre 3500 y 14.000 euros al mes, y un almuerzo en un restaurante no baja de 35. El salario mínimo oficial es de 143 euros, pero muchos no ganan más de 36. Dos tercios de la población cuenta con apenas 1,4 euros al día.

Los millones de pobres sobreviven en este lugar de precios disparatados gracias al pulmón del comercio local que es Roque Santeiro, uno de los mercados al aire libre más grandes de Africa, donde es posible toda compraventa. Ropa, comida, reparaciones, cursos de inglés, hasta pequeños cines en tiendas que emiten el último éxito local. Roque Santeiro es un mercado informal creado por el Estado en una superficie de dos kilómetros cuadrados que tuvo una importancia capital en la economía de Luanda durante 25 años. El volumen de negocios ronda los ocho millones de dólares diarios. En agosto pasado, el gobierno cerró el mercado que estaba junto al puerto y lo trasladó a 30 kilómetros de la ciudad, por razones de salud pública y delincuencia.

Todo importado

Son algunas estampas de esta ciudad extrema, en la que un técnico expatriado de Washington tiene que duplicar sus ingresos para mantener un poder adquisitivo similar, aunque la calidad de vida no sea la misma, dice el economista angoleño Manuel Ennes Ferreira, que emigró a Lisboa con 25 años en 1980. Vivió los tiempos duros de la guerra, fue dirigente del Movimiento Popular de Liberación de Angola (MPLA, en el poder), hasta que se pasó a las filas de la disidencia. Ex consultor del Banco Mundial y otros organismos, asegura que todo es muy caro porque todo es importado. "La producción local es casi inexistente, los costos de importación, transporte y comercialización son elevadísimos y, además, en Luanda no hay competencia porque impera un oligopolio, cuando no un monopolio".

Las causas de la locura de precios en la capital angoleña no terminan aquí. "No hay suficiente electricidad porque las represas no consiguen abastecer la demanda", prosigue. "La mayoría de las empresas tiene generadores que queman combustible por el que pagan un alto precio".

Los costos del transporte, una de las razones por las que un queso de untar cuesta 14 euros y una hamburguesa 13, tienen que ver con el funcionamiento deplorable del puerto, carcomido por la ineficiencia y la corrupción. El mar del Marginal, la bahía del paseo marítimo, es verde, químico, está muerto. Y los barcos, repletos de mercancía, permanecen anclados, quietos durante semanas y meses, con la tripulación hundida en el aburrimiento, como si Angola pudiera permitirse el lujo de tirar el dinero. Y no. Su industria es paupérrima; necesita desesperadamente los materiales que no sabe producir por sí misma y la mano de obra que llega de China, Brasil y Portugal, tres de los grandes suministradores.

Hoy en Angola, como en casi todo el continente africano, brigadas de obreros chinos capaces de levantar edificios de 20 pisos en dos meses, encerrados en la obra y con camas calientes, trabajan de sol a sol en la construcción de autopistas de seis carriles, puentes, hospitales, represas, centrales eléctricas? El trato es simple. China pone en pie la infraestructura inexistente a causa de la guerra o el subdesarrollo a cambio de las materias primas que necesita para alimentar su propio crecimiento: cobre, madera, hierro, aluminio, níquel... En este caso, el bien de intercambio es el petróleo. Angola produce 1,9 millones de barriles diarios y es, con Nigeria, el mayor productor de Africa.

Esta dependencia del petróleo coloca a la economía del país en una situación volátil, con picos y caída según el vaivén del precio del crudo. En 2007, cuando el barril estaba a 64,2 euros, su economía creció el 21%. Pero la mayoría de los 17 millones de angoleños (la mitad, menores de 20 años) permaneció en la pobreza. Un informe de Save the Children indica que Angola tiene el mayor índice de mortalidad infantil del mundo en relación a la riqueza nacional, y está en el vagón de cola en el Indice de Desarrollo Humano de la ONU, con desigualdades sociales gigantescas, epidemias de cólera y sin posibilidad de alcanzar ninguno de los Objetivos del Milenio para el Desarrollo (salud, educación, reducción de pobreza). Gran contradicción: ha exhibido un crecimiento económico imparable en la última década y, al mismo tiempo, pésimas estadísticas sociales... El PBI per cápita ronda los 2500 euros; el general, los 46.430 millones.

Algunos analistas opinan además que el vigor inaudito de la economía angoleña es ya agua pasada. El FMI prevé un crecimiento para 2011 de 4,5%. "Vamos a entrar en un nuevo ciclo recesivo, lo que tendrá impacto en la búsqueda de materias primas. Los dos dígitos se acabaron", subraya Ennes Ferreira. Además de petróleo, Angola tiene diamantes, pero el mercado internacional de piedras preciosas cayó y hoy es un negocio poco rentable. Las exportaciones de diamantes no llegan a los 1428 millones de euros anuales, cuando el petróleo supone entre 28.570 y 35.700 millones.

Así, su economía gira alrededor del oro negro, que genera el 80% de los ingresos del Estado. Y nuevos e importantes yacimientos fueron encontrados recientemente 129 kilómetros mar adentro.

Tras superar hace poco a Estados Unidos, China se convirtió en el primer comprador del petróleo angoleño. Muchos préstamos bancarios de China a Angola están cerca de su cancelación. El gobierno albergó por un tiempo la esperanza de que Angola fuera para China el socio preferencial en Africa. Y de que llegaran grandes inversiones a largo plazo en agricultura y creación de un tejido industrial. Sueño roto. China construyó infraestructura, pero los obreros ya se marcharon. No era una ayuda desinteresada, y Angola no es la cabeza de puente del gigante asiático en Africa, a pesar de que su presencia es visible en Luanda, Huambo, Lobito y zonas del interior, donde se ven carteles en caracteres chinos que indican la ejecución de grandes obras.

El profesor Ennes Ferreira sospecha que los dos gobiernos pueden preparar, de cara a las elecciones de 2012, un nuevo acuerdo de cooperación económica en el que la infraestructura se dirija al sector vivienda. Algo que el presidente J. E. dos Santos prometió al ganar las elecciones: construir un millón de casas durante su período.

Kizomba, semba y kuduro

Luanda tiene escasez crónica de viviendas. Salta a la vista. Más de cuatro de sus seis millones de habitantes viven hacinados en los barrios de musseques , un inmenso mar de chabolas en la periferia, que nacieron desordenadamente en la guerra, sin agua ni luz y sin mínimas condiciones de habitabilidad. Allí es donde suenan los ritmos de la kizomba, la semba y el kuduro, danza histérica y tarantulada, género musical que mezcla ritmos electrónicos con el hip-hop suburbano que Angola ha conseguido proyectar al mundo. Su inventor, Tony Amado, vivía con sus cinco hijos hasta hace nada en las musseques , en una de esas casas sin puertas ni ventanas. Y en Benfica, también en las afueras, vive Arauis con su mujer y tres niñas sonrientes llenas de trencitas de colores. "Aquí no hay agua ni electricidad", cuenta. "Cada 15 días tenemos que llenar los pozos contratando camiones cisterna, los mismos que transportan gasoil. No tenemos alternativa, moriremos jóvenes". Seguramente. En el país donde se alza la ciudad más cara del mundo, la esperanza de vida no llega al medio siglo.

Y tampoco Luanda, esta suerte de far west actual, es meta para turistas. Sobre todo por la enorme dificultad para conseguir un visado -que no existe como tal, sino bajo el eufemismo "visado de corta duración"-, lo cual es muestra del férreo control político imperante. No hay criterio mínimamente claro en el consulado angoleño en Lisboa a la hora de emitirlo o denegarlo. Una vez en el país, el viaje más difícil es, sin duda, a Cabinda, el enclave del norte, entre Congo Brazzaville y la República Democrática del Congo. El 60% de la producción de petróleo angoleño se extrae de esta provincia, que también tiene oro y recursos forestales. El Frente de Liberación del Estado de Cabinda combate desde 1975 por la independencia del enclave. Su última aparición dejó dos futbolistas y un conductor muertos en un atentado terrorista contra la selección de fútbol de Togo en la Copa de Africa. Para Cabinda hace falta un permiso especial, que se da con cuentagotas. No quieren testigos incómodos, o desconfían de todos.

Aun así, la paz y el crecimiento atrajeron a Angola a portugueses y brasileños que creyeron ver en ella la alternativa a Portugal. Oleadas han llegado a esta tierra bendita por la naturaleza, rica en oro, cobre, mármol y granito, azúcar y café. Junto a los cuadros técnicos y trabajadores de baja calificación, reclamados por empresas angoleñas y portuguesas, hay aventureros y pequeños empresarios que buscan suerte. Muchos duran poco en la disparatada Luanda. .

Francesc Relea y Emanuele GiustoEL PAÍS
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