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Después de Kirchner, las "sillas musicales" de los sobrevivientes

LA NACION
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Mariano Grondona
Domingo 14 de noviembre de 2010

LA intervención de Néstor Kirchner en el proceso político fue tan intensa que los demás protagonistas se asoman todavía hoy, a diez y ocho días de su muerte, al borde del cráter que abrió su ausencia, como si una explosión nuclear hubiera dejado sin rumbo a los sobrevivientes. A estas alturas de los acontecimientos se tiene la impresión de que un misterioso gigante, desde el cielo según algunos y desde el infierno según otros, pateó el hormiguero en el que todos tratábamos de coexistir con diversos grados de incomodidad. Esta sensación general de desconcierto, que afecta a kirchneristas y no kirchneristas por igual, se despliega en círculos concéntricos que a todos envuelven, pero también presentimos que ellos serán pasajeros porque, una vez que transcurra algún tiempo, quizá poco tiempo, dejarán a la vista un nuevo paisaje enteramente distinto de aquel al que nos habíamos acostumbrado.

El primero de estos círculos concierne, por lo pronto, a la propia Presidenta. ¿Insistirá Cristina Kirchner en el exclusivismo y la agresividad que caracterizaron a su marido, o permitirá que se abran hendijas por las cuales podría filtrarse la tolerancia? Al monopolizar el luto que rodeó a Néstor Kirchner, excluyendo brutalmente a los opositores que intentaban acercarse a ella, al iniciar además la mitología de su canonización diciendo que siente a cada paso su espíritu junto a ella, al ordenar desde Corea a la bancada kirchnerista que no cediera un ápice en la propuesta oficial del presupuesto, al permitir que Aníbal Fernández, cual si fuera un nuevo Kirchner que no es, presionara indebidamente a algunos diputados de la oposición para lograr que votaran por el Gobierno o que se ausentaran al menos del Parlamento, Cristina pareció reanudar las tácticas de su esposo. Pero al alentar por otra parte una tregua entre los industriales y la CGT mediante la postergación del polémico proyecto de la participación sindical en el manejo de las empresas, que se había lanzado a su vez como un castigo a la ausencia de los empresarios en el acto de condena a los medios independientes de expresión que ella misma había presidido, Cristina dejó entrever un signo de moderación. Diríamos entonces que si en los primeros días del luto, la Presidenta ratificó el "exclusivismo" de su marido, no siguió por eso al pie de la letra sus reflejos de "agresividad". Lo que sí sabemos desde ahora es que, aunque lo quisiera, ella no podría retener en sus manos el poder omnipresente que ejercía Néstor, cuya hiperactividad es sencillamente inimitable.

El segundo círculo

Todos retenemos esa famosa observación de Bill Clinton: "Es la economía, estúpido". Al sectarizar al Frente para la Victoria como lo hizo, sin embargo, Néstor Kirchner se encaminaba hacia la formidable paradoja de que, pese al poderosísimo "viento de cola" económico que acompaña a la Argentina, la irritación política que el ex presidente generaba parecía prometer que la prosperidad económica que hoy nos envuelve podría traducirse pese a ello en una derrota política, ya no sólo frente al campo como en 2008 ni sólo en las elecciones parlamentarias como en 2009, sino también en las venideras elecciones presidenciales. ¿Evitará Cristina, ahora, este extraño destino? Si moderase a partir de ahora las agresiones de Néstor, ¿no podría acercarse a la victoria electoral que se alejaba de su marido? ¿Pero podrá la Presidenta, cuya cerrada ideología ha sido hasta ahora aún más aguda que la del propio Kirchner, asomarse a esta razonable posibilidad? Los mensajes que emitirá después de Corea, ¿podrían acercarla a este horizonte? ¿O insistirá en la constante de la sectarización porque el corsé de su proclamado "modelo" le prohíbe innovar?

El segundo círculo emitido por la "explosión nuclear" que generó la muerte de Kirchner afecta a la oposición. Mientras el radicalismo se atiene hasta ahora a su propio orden, quizás insuficiente, no podríamos decir lo mismo del peronismo federal. Sobre él, los fragmentos de la explosión siguen cayendo. El caso emblemático es aquí el de Carlos Reutemann, no sólo porque se alejó de su conducción sino también por su enigmática afirmación de que "hay que desensillar hasta que aclare". Algunos suponen que el santafecino sólo quiso reafirmar su independencia política, una singularidad que todavía podría proyectarlo, como quisiera Francisco de Narváez, a la candidatura presidencial en marzo. Otros advierten, en cambio, que si Reutemann sólo aspira a gobernar una vez más la provincia de Santa Fe, en ella su rival sería otro partido opositor, el Socialista de Binner, en tanto que el kirchnerismo de Agustín Rossi le quedaría más cerca, lo cual lo obligaría a moderarse ante el kirchnerismo nacional. La incertidumbre que acompaña al peronismo federal se agravó, además, con las recientes actitudes de Felipe Solá, un especialista en vaivenes, que no parece encontrar su exacto lugar en esa heterogénea formación que es, hoy, el peronismo no kirchnerista.

El tercer círculo

La lluvia ácida que está cayendo sobre la Argentina ulterior a Néstor Kirchner también dibuja un tercer círculo de indefiniciones que ya no alude a un partido en particular sino a nuestra entera sociedad. Es la actitud ambivalente que hemos adoptado los argentinos frente al dilema entre el estatismo y el capitalismo. En este sentido, ¿sólo fue Kirchner un anticapitalista aislado o la expresión más aguda de un estatismo generalizado? En los años ochenta, la Argentina parecía inclinarse por el estatismo. Pero el colapso de los servicios públicos en los tiempos finales de Raúl Alfonsín la llevó al extremo opuesto, el privatismo de Carlos Menem. Y decimos "privatismo" porque Menem, girando ciento ochenta grados desde el estatismo en crisis que recibía, no equilibró la energía del mercado con la disciplina del Estado como lo han venido haciendo los países exitosos de nuestro tiempo, sino que apuntó a un mercado sin Estado. Hoy, sin embargo, la balanza parece inclinarse otra vez al estatismo hasta mostrar ejemplos tan salientes como el estallido de Aerolíneas Argentinas y la apropiación de los ahorros de los jubilados a cargo de la Anses.

¿Es nuestro destino oscilar entonces cada diez años entre un capitalismo sin control y un estatismo sin medida? ¿Cuál es nuestra verdadera inclinación ideológica? Deseando de un lado los frutos del mercado, ¿nos sentimos al mismo tiempo atraídos por la visión estatista porque insistimos en prolongar la vieja inclinación centralista que ahuyenta tanto a los capitales privados como al federalismo y que en el fondo refleja un vago resentimiento contra los Estados Unidos, ese país del cual el nuestro soñó alguna vez en ser rival? ¿Cuál es, en suma, nuestra verdadera vocación económica? ¿Envidiar y culpar a los paíes de éxito a la inversa de nuestros vecinos - "Pepe" Mujica viene de decir que "la política argentina sólo engorda al Estado"- o pretender emularlos para aplicar sus fórmulas de progreso? Kirchner exageró el antagonismo frente al capitalismo de tipo occidental. Pero, al hacerlo, ¿estaba solo o procuró ponerse a la vanguardia de ese aislacionismo que le impide a la Argentina alinearse con las naciones de punta? Si entendemos por "kirchnerismo" no ya la herencia directa de Néstor Kirchner sino, además, esa larga constante de una Argentina que se expresa en la difusa vigencia de la izquierda y la centroizquierda y en la demonización de todo lo que tenga sabor a "derecha", ¿habrá en nuestro futuro, todavía, un kirchnerismo sin Kirchner?

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