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¿Los genios nacen o se hacen? El valor del talento y la dedicación

Por Terry Teachout
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18 de noviembre de 2010  

¿En qué piensa cuando escucha la palabra “genio”? Creo que muchos se imaginan a un tipo con una bata blanca que mira por un microscopio y exclama: “¡Eureka! Encontré la cura del cáncer”.

Sin embargo, los descubrimientos científicos y creativos a menudo no son resultado de una repentina inspiración, sino de largos períodos de trabajo arduo y agotador.

Esta realidad tan poco romántica es el tema de Sudden Genius? The Gradual Path to Creative Breakthroughs (que se puede traducir como “¿Genio repentino? El camino gradual a los grandes adelantos creativos”), un nuevo libro en que el biógrafo británico Andrew Robinson examina momentos clave en las vidas de personalidades brillantes de la talla de Marie Curie, Charles Darwin, Albert Einstein y Leonardo da Vinci.

La conclusión que extrae de sus experiencias es que el genio creativo es “el producto del coraje humano, no de la gracia sobrehumana”.

Robinson también se dedica a analizar una de las teorías más populares actualmente sobre el genio, la cual califica como deficiente.

La teoría se conoce en Inglaterra como “la regla de los 10 años” y en Estados Unidos -donde ha sido popularizada por Malcolm Gladwell, el autor de Fueras de serie - como “la regla de las 10.000 horas”. La premisa es la misma: para tener éxito en algo, una persona debe trabajar en ello 20 horas a la semana durante 10 años. Si consigue sobrellevar la disciplina, el éxito está asegurado. No hace falta ser un genio, de hecho, no existe tal cosa.

K. Anders Ericsson, el psicólogo considerado como el creador de la regla de las 10.000 horas, afirma en The Making of an Expert (algo así como “La creación de un experto”), un artículo publicado en 2007 en el que resume su investigación, que “los expertos siempre se hacen, no nacen”.

Ericsson descarta el papel jugado por el talento innato, citando como ejemplo a Wolfgang Amadeus Mozart. “Nadie pone en duda que los logros de Mozart fueron extraordinarios. Sin embargo, lo que la gente olvida es que su desarrollo también fue excepcional para su época. Su tutelaje musical comenzó a los 4 años, y su padre, un diestro compositor, fue un famoso profesor de música y había escrito uno de los primeros libros didácticos de violín. Al igual que otros artistas de clase mundial, Mozart no nació un experto, sino que se convirtió en uno”.

Es fácil ver por qué la visión del genio de Ericsson-Gladwell como una experiencia basada en la destreza se ha vuelto tan popular, ya que encaja perfectamente con las nociones igualitarias actuales del potencial humano.

Además, hay muchas evidencias de la validez -hasta cierto punto- de la regla de las 10.000 horas. Mi ejemplo favorito es el del saxofonista de jazz Charlie Parker, el padre del estilo bebop. De adolescente, quedó en ridículo al participar en sesiones improvisadas de jazz en Kansas City antes de haber aprendido bien a tocar el saxofón, adquiriendo una reputación de incompetente en toda la ciudad.

En 1937, la humillación lo superó, por lo que decidió ponerse a practicar en serio por primera vez en su vida. Ocho años después, se había transformado en un virtuoso, labrándose así su ingreso en la historia del jazz.

El problema con la regla de las 10.000 horas es que muchos de sus fervientes defensores son ideólogos políticos que ven la posibilidad del genio como una afrenta a su visión de la igualdad humana y hacen lo que sea para descartarla. Y les queda mucho trabajo por delante, comenzando por Mozart.

Tal como indica Robinson, Nannerl, la hermana mayor de Mozart, era una talentosa pianista que recibió el mismo entrenamiento intensivo que su hermano, pero sin embargo no se desarrolló como compositora. ¿Qué es lo que la frenó? La explicación más simple es la más persuasiva: él tenía algo que decir y ella no. O, para decirlo de una manera todavía más explícita, él era un genio y ella no.

Robinson cree que si bien la genialidad “no es un mito”, es una condición que sólo sale a relucir después de un trabajo arduo y focalizado. Esto parece muy razonable, pero no explica el misterio impenetrable en torno a casos como el de Bobby Fischer, que empezó a jugar ajedrez a los seis años. Nueve años después, se convirtió en el campeón de Estados Unidos. “De repente empecé a jugar bien”, fue lo que dijo a modo de explicación.

- Terry Teachout es el crítico de teatro de The Wall Street Journal

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