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Llamativa inquietud

Carlos Pagni

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LA NACION
Lunes 29 de noviembre de 2010
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De los cientos de miles de cables con información reservada que se filtraron de la cancillería de Estados Unidos al sitio WikiLeaks, por ahora ha trascendido muy poco sobre la Argentina. El más delicado está referido a los interrogantes de Washington sobre la salud mental de Cristina Kirchner.

Es una inquietud llamativa por varias razones. La más obvia es su vulgaridad. Desde hace años circula una versión nunca verificada según la cual la señora de Kirchner estaría bajo tratamiento por un trastorno bipolar.

En noviembre de 2006, cuando todavía era senadora, la revista Noticias se hizo cargo de ese rumor publicándolo en su tapa. La hipótesis no tomó cuerpo sino que, al contrario, se fue diluyendo hasta adquirir el aspecto de una leyenda urbana. La consulta de Washington podría justificarse en este contexto, y tal vez revele más candor que perspicacia en quien la formuló.

Hay otros motivos para la curiosidad del Departamento de Estado sobre la personalidad de Cristina Kirchner. Desde 2003 en adelante, buena parte de la vida pública argentina se explica con referencias al temperamento de sus gobernantes. No tanto por el comportamiento extravagante del ex presidente y de su esposa, sino porque, debilitado el tejido institucional y pulverizado el sistema de partidos, la personalidad de quien decide explica a veces más que la dinámica colectiva.

La Argentina se ha vuelto tan caudillesca que en ella la psicología ha reemplazado desde hace tiempo al análisis político. Esta peculiaridad se extiende también a la oposición. ¿O Aníbal Fernández no diagnosticó hace dos años que "Elisa Carrió está «pirucha»"? En el caso de la Presidenta, todavía se desconoce qué dictaminaron los diplomáticos de Estados Unidos consultados por sus jefes.

Sería bueno que en la información que filtró WikiLeaks aparezcan otros interrogantes sobre la Argentina. Brasil, por ejemplo, inspiró preguntas por sus relaciones políticas con Turquía e Irán y por sus relaciones comerciales con China. Y los cables confirman que Venezuela determinó en los últimos años casi toda la política regional de Washington. Para el legendario narcisismo nacional resulta indispensable que la primera potencia esté interesada en algo más que en los altibajos emocionales de la Presidenta.

El 23 de octubre de 1522, Nicolás Maquiavelo escribió a su amigo Rafael Girolani, quien se marchaba de Florencia para representar a esa república ante el rey de España: "El embajador debe comportarse como un hombre de bien, recto y generoso; nunca como un avaro o hipócrita, que piensa una cosa y dice otra. Este es un punto muy importante: conozco personas que, a pesar de su gran astucia, por su falsedad perdieron la confianza del Príncipe, al punto de no poder negociar más con él. Si, como pasa a veces, es forzoso disimular algo, conviene tener gran arte para que eso no se descubra, y si eso ocurre, hay que tener bien rápido una disculpa".

Cientos de diplomáticos norteamericanos deberían leer estos consejos, ahora que WikiLeaks comprometió las relaciones exteriores de Estados Unidos divulgando cientos de miles de cables reservados. En rigor, Hillary Clinton está siguiendo los preceptos de Maquiavelo al pie de la letra: desde hace días está dedicada a pedir disculpas. En el caso de Cristina Kirchner, hasta anoche esas excusas no habían llegado.

Sería hipócrita, sin embargo, rasgarse las vestiduras porque un diplomático extranjero realice tareas lindantes con el espionaje. Hasta que Otto von Bismarck creó la Jefatura II de Estado Mayor para el ejército prusiano, las tareas de inteligencia eran una responsabilidad de los embajadores. Maquiavelo recomienda a su amigo Girolani observar todo lo que se refiere al monarca español. Lo público y lo privado. También aconseja algunos métodos para conseguir esa información. Entre ellos, tener siempre habilitada una mesa de juego, "de tal modo de atraer a las visitas y hacerlas hablar".

Hasta que se crearon los servicios civiles de Inteligencia -el primero fue la CIA, en 1947, y el segundo la SIDE argentina, en 1948-, la misión de espiar les estaba asignada a los agregados militares de las embajadas. Juan Perón, por ejemplo, cumplió con esas tareas en Italia y en Chile.

El escándalo de WikiLeaks plantea problemas mucho más relevantes que la comidilla local. Demuestra otra vez que la tecnología de la información terminó, hace ya años, con dos instituciones tradicionales: la intimidad y el anonimato.

El Departamento de Estado de Estados Unidos está terminando de aprender, casi al mismo tiempo que nuestro Manuel Vázquez -el asesor de Ricardo Jaime-, esa lección contemporánea. La civilización actual se sostiene sobre redes digitales que son, tarde o temprano, accesibles. Todo aquel que quiera quedar al margen de la red será un paria. Todo aquel que dependa de una red se volverá transparente. Esta novedad es muy fecunda para las actividades que tienen que ver con la paz, pero plantea desafíos muy complejos a las que tienen que ver con la seguridad o con la guerra.

John C. Inglis, el segundo de la National Security Agency (NSA) de Estados Unidos -la agencia que tiene por misión la captura y procesamiento tecnológico de datos de inteligencia-, suele afirmar que ya no existe barrera alguna para proteger la privacidad. Ese objetivo requiere idear una nueva legalidad internacional.

Mientras tanto, la guerra digital sigue su curso. El 26 de septiembre pasado, un virus informático atacó una planta nuclear iraní. Y las quejas norteamericanas por los ataques de los hackers chinos a Silicon Valley ya son un clásico de la relación entre las dos potencias.

Para evitar filtraciones dramáticas, como la de WikiLeaks, el Pentágono acaba de agregar un comando a los ya existentes en América latina, Europa y Asia: se lo denominó Comando del Espacio Cibernético, tiene sede en Fort Meade y a su frente figura un general de cuatro estrellas.

El escándalo de WikiLeaks es, a la luz de estos antecedentes, muy impactante por su dimensión, no tanto por su índole. Los interrogantes que inspira son casi tan numerosos como los cables que salieron a la luz.

¿Se puede atribuir semejante fisura en el sistema informativo de Estados Unidos a la deslealtad de un joven de 20 años que estaba haciendo el servicio militar?

Es lo que se viene haciendo desde que se supo de la filtración. La explicación despierta mucho escepticismo en los especialistas, gente casi siempre suspicaz que prefiere ver en ese soldado a una especie de Lee Oswald posmoderno.

Hay más preguntas: ¿quién decide y con qué criterios la información que se ventila desde ayer a través de la prensa internacional? Un ejemplo sugerente: los diarios de Estados Unidos privilegiaron en sus titulares las revelaciones sobre una alianza de Irán con Irak durante la última guerra con este país.

No debe sorprender que, como toda novela de espionaje, ésta también tenga una clave indescifrable: la de la espontaneidad de lo que sucede.

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