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Literatura en escala Richter

El escritor mexicano estuvo en Santiago de Chile durante el terremoto del último 27 de febrero y narra su experiencia en esta extraordinaria crónica

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LA NACION
Viernes 17 de diciembre de 2010

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8.8, el miedo en el espejo Por Juan Villoro Editorial Interzona113 páginas$ 55
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Para que un escritor resulte convincente al narrar un terremoto no necesariamente tiene que sobrevivir a una pesadilla en escala Richter. En teoría, alcanza y sobra con que domine la técnica, imagine y lleve adelante un plan narrativo coherente y encuentre las palabras justas. Sin embargo, 8.8, el miedo en el espejo demuestra que, a efectos narrativos y siempre que haya un escritor sensible mediante, pasar por la catástrofe sísmica resulta más enriquecedor y útil que imaginarla sentado a un escritorio, rodeado de una biblioteca tranquilizadora e inmóvil. Por supuesto, y como bien sostienen los intocables clichés de todo crítico literario que se precie, esta minuciosa crónica del mexicano Juan Villoro no atrapa y hechiza sólo porque, entre otras cosas, a las 3.40 del último 27 de febrero el autor bajó siete pisos por la escalera de su hotel de Santiago de Chile mientras el suelo se abría, las paredes se agrietaban a sus pasos y los gritos en varios idiomas competían con los estruendos de los objetos que caían del techo. Está claro que 8.8 no resulta inolvidable apenas por la experiencia que le tocó vivir al autor, pero la gracia del libro prueba que la experiencia constituye un bien incomparable y poderoso cuando, como en este caso, queda en manos de un gran escritor.

Villoro había llegado a Santiago de Chile para participar del Congreso Iberoamericano de Lengua y Literatura Infantil. Uno de sus compañeros de viaje era Francisco Hinojosa, con quien había compartido una casa a los 22 años, cuando el autor de El testigo dejó el hogar paterno. En esa casa del sur de la ciudad de México, los dos escritores vivieron el terremoto de 1979 (que derrumbó la Universidad Iberoamericana, muy cerca de donde vivían) y el de 1980, ocurrido apenas unas semanas antes de que la editorial Joaquín Mortiz publicara La noche navegable , el primer libro de Villoro. Años después, en el prólogo a Tiempo transcurrido , lindísima compilación de "crónicas imaginarias", el autor recuerda el devastador sismo de 1985 con una frase que sería profética: "Desconfío de los que en momentos de peligro tienen más opiniones que miedo". Y en Materia dispuesta , su primera novela, el protagonista es un "hijo del sismo", un emblemático joven mexicano nacido en 1957, el año en que el terremoto derribó el Angel de la Independencia del Distrito Federal. Por estas y otras razones, Villoro parece creer que el 27 de febrero de este año viajó a Chile para cumplir con una insospechada cita que el destino le tenía preparada. Y la franqueza con que está escrito 8.8 no lo desmiente: el libro es una réplica del sismo, pero también de los enigmas que laten en algún lugar del pasado.

En ese momento de peligro que es la creación literaria, Villoro evita las opiniones o las teorías y escribe con la insólita alegría que le regala haber pasado por la frontera del miedo. Narrador de corazón periodístico, el autor utiliza herramientas literarias para construir una crónica llena de grandes personajes (dos psíquicos, varios escritores y un hámster) que, de alguna manera, ennoblece el oficio de escritor. Y es que en 8.8 el autor baja por la escalera para no subir a las grandes cimas literarias, convencido de que, ante el acontecimiento que modificó el eje de rotación de la Tierra, su tarea se limita a dejar testimonio de lo vivido con lo mejor que sabe hacer: contar una historia. Una semana después del terremoto, recién aterrizado en México, un amigo le preguntó si iba a escribir sobre lo que acababa de pasar. "Cuando me dejen de temblar las manos", contestó Villoro. Tras la lectura de este libro sentido y vibrante, podría pensarse que el autor no dijo toda la verdad: 8.8 está escrito con el miedo aún metido en la piel, y quizá en ese secreto habita su extraordinario poder.

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