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El autoritarismo de los hijos

Miguel EspechePara LA NACION

Viernes 17 de diciembre de 2010
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La reflexión acerca de lo que es la autoridad de los padres a la hora de criar parecería un campo minado. Su abordaje no es un ejercicio fácil, dadas las reacciones virulentas que el tema despierta y las susceptibilidades que surgen al hablarse de sus alcances.

De hecho, es habitual que al hacer alguna mención de la autoridad y sobre la necesidad de su ejercicio a la hora de criar y educar se aclare primero, antes que nada, que no se es autoritario. En esos casos se debe decir una y mil veces, por las dudas, que se está lejos de querer replicar aquellas viejas épocas en las que muchos (no todos) abusaban al ejercer su rol de conducción en el campo de la familia, la docencia o la organización política de un país. Hoy, para hablar de autoridad, convengamos, casi hay que pedir perdón.

De tanto custodiar a padres y docentes para que no ejercieran su función desde el autoritarismo, ha habido una superlativa distracción por parte de los "vigiladores" de turno, y eso ha permitido que ese autoritarismo, lejos de desaparecer, sencillamente cambiara de lugar.

Hoy, los autoritarios son los chicos, mal que les pese a ellos mismos. En las casas y en los establecimientos educativos, los hijos y los alumnos tienen pocos referentes que den matiz y cauce a sus deseos, a los que han transformado en derechos. Es decir: el autoritarismo ha cambiado de lado, pero no ha sido erradicado del paisaje, algo que saben bien los padres que sucumben a los deseos e impulsos de sus hijos sin saber cómo ejercer la conducción que les compete. Se trata de padres llenos de culpas y conceptos confusos alrededor de un estilo de crianza más preocupado en no repetir viejos errores que en generar aciertos, sean estos antiguos o novedosos.

Los docentes también saben del peculiar derrotero del autoritarismo actual, ya que ven día tras día mermada su capacidad de gestión al diluirse su rol de conductores de la experiencia educativa. Quedan, así, a merced de chicos que, sin duda, añoran, allá en su inconsciente, los tiempos en que los de su edad eran eso: chicos, y no seres que han tomado el poder (o, mejor dicho, se les ha dado ese poder, aunque no lo hayan pedido), sin saber ni remotamente qué hacer con él.

Una vez más, se ha confundido la función con su mal uso. Nadie prohibiría el abecedario porque a veces con las letras que lo integran se escriben mentiras o agravios. Nadie tampoco eliminaría las rayas de cal que delimitan una cancha de fútbol porque "reprimen" la creatividad de los jugadores. Nadie, tampoco, agrandaría el arco (o, más aún, lo suprimiría) por el hecho de que algunos chicos son pataduras y se frustrarán al no conducir la pelota, patada mediante, a la red. Muerta la autoridad de la línea de cal o de los postes; muertos el deporte y la intensidad vital que surge de los obstáculos que posibilitan el despliegue de las habilidades y la toma de conciencia acerca de la fortaleza de los propósitos.

La forma de ejercer la autoridad es materia de opinión, sin duda, y ha sido objeto de grandes transformaciones a lo largo del tiempo. Pero lo que se percibe hoy no es tanto una discusión en ese sentido, sino que se tiende a su supresión como categoría existente: es la existencia misma de la autoridad lo que está puesto en tela de juicio. Y cuando se pretende suprimir autoritariamente la noción de orden y la diferenciación de funciones para emparentarlos a conceptos negativos, lo que se produce es una gran confusión.

La autoridad permite a los hijos crecer. Esa es la primera y esencial distinción que se puede hacer respecto del autoritarismo. Mucha autoridad no se transforma en autoritarismo, ya que ambas palabras se refieren a cosas muy distintas. La autoridad es como un tutor que apuntala el crecimiento de la planta; es como un faro que ilumina y ofrece referencia en la noche a los navíos que buscan su mejor derrotero; es como una palabra que señala un camino donde antes había desierto. Las imágenes que la representan se agolpan y remiten a situaciones que hacen bien.

De hecho, y a modo de ejemplo, la autoridad inapelable de la ley de gravedad no puede ser modificada, a tal punto que sólo pueden volar aquellos que, en realidad, más que transgredirla, la han conocido cabalmente y han desentrañado sus secretos. En función de sus preceptos (y se reitera: no transgrediéndolos), el hombre ha podido fabricar aviones, que son fruto del estricto acatamiento a la autoridad de esa ley que marca nuestro estar en el planeta.

El autoritarismo, en cambio, es violencia. No porque se grite al ejercerlo o porque genere temor, sino porque en su espíritu late la intención de transformar al otro en objeto. El autoritarismo es camorrero; pretende instaurar el orden absolutista del impulso propio suprimiendo al otro. Algo muy diferente de lo que la autoridad propicia: hacer crecer, que se despliegue el potencial del hijo hacia su mejor expresión, cumpliendo con lo que se debe hacer para tal fin.

Hay un mito setentista que dice que allí donde una estructura es destruida, espontáneamente vendrá otra en su reemplazo. Se trata, justamente, de eso. Un mito que nunca fue corroborado por la realidad, pero que ejerce efectos poderosos en nuestra cultura. La idea es que, al romperse los diques "represores" que atan las fuerzas impetuosas que bullen en el interior de las personas, el mundo instintivo tomará el lugar de esos diques y logrará por sí mismo una autorregulación en todos los aspectos. En la práctica, esta idea deja en la orfandad a los hijos que, presos de ese mito, no encuentran cómo dar un mínimo cauce a esa energía maravillosa con la que cuentan, que, así las cosas, termina derramándose hacia la nada.

Ese mito ha hecho estragos. Ha influido en la deserción de muchos padres respecto de su rol; al ser la vida un deporte consistente en "romper estructuras" (nunca mejorarlas o generarlas) para lograr la felicidad, la libertad y la creatividad, la paternidad deja de tener una razón de ser. Así, nacen los "padres piolas" (y sus versiones más modernas) que, en realidad, más se parecen a los antiguos (o no tan antiguos) tíos y tías solteros que llegaban a la casa de sus sobrinos para complicar la vida de los padres, al propiciar la ruptura de las reglas con las que trabajosamente estos iban educando la conciencia de los chicos.

Cuando un chico busca límites, lo hace porque a través de ese límite encuentra al "otro" y se siente menos solo. Cuando ese "otro", al desertar de su función, se esconde, el chico eleva la apuesta para encontrar "eso" que está más allá de él, a fin de salir de esa soledad abismal que padecen muchos de los chicos llamados "caprichosos".

La autoridad de los padres se puede mejorar, pero no abolir. Tiene rostros tiernos y rostros ásperos. Tiene su versión femenina, más empática y nutricia, y su versión masculina, más legislativa y marcada. Sus dimensiones son muchas, pero todas ellas dan cuenta de la diferencia entre los adultos y los chicos, diferencia que indica que los padres saben más de la vida que sus hijos y que, en función de ese saber, marcan la cancha de los mismos "suficientemente bien" como para que el partido sea jugado en plenitud.

Se deberá señalar y hasta castigar el abuso y el desamor que, en nombre de la autoridad, se ensañan con la fragilidad de los chicos. Pero cuando se es padre o madre, es inevitable ser "el dueño de la batuta" en el hogar, para que todos los hijos puedan tocar su propio instrumento en plenitud y con vitalidad. Y, también, en comunión con los otros. Así, la sinfonía sonará de la mejor manera y para la felicidad de todos.

© La Nacion

El autor es psicólogo, especialista en vínculos familiares. Su último libro es Criar sin miedo

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