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Entre peleas, indecisiones y soledad

LA NACION
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Joaquín Morales Solá
Domingo 19 de diciembre de 2010

El último martes de fuego, poco antes de que el gobierno nacional hiciera su enésima rectificación, en la Capital había 47 amenazas de ocupaciones ilegales en terrenos públicos o privados. Ya dos supermercados habían sido asaltados por grupos violentos en territorio porteño. Sólo entonces el Gobierno ordenó la movilización de la Gendarmería y la Prefectura. Hasta anteayer, varios intendentes del conurbano recibían reiteradas advertencias de nuevas ocupaciones o de asaltos a comercios. Los pronósticos fallaban en la mayoría de los casos. Esperamos que algo suceda en las vísperas de las Fiestas, dijo uno de los intendentes. ¿Información o percepción? Percepción, respondió, lacónico.

La mirada conspirativa del Gobierno contribuye a ampliar la mancha del estallido. La administración anuncia todos los días una nueva conspiración que sublevaría a los pobres; los propios seguidores del kirchnerismo se afanan luego para hacer realidad la profecía. ¿No es eso lo que terminó confesando Luis D’Elía cuando dijo que él mismo inundó de gente el parque Indoamericano para evitar un complot contra el Gobierno? Eran kirchneristas, entonces. Los punteros kirchneristas son los que más se mueven aquí, reconoció otro intendente peronista del conurbano.

La reacción de Cristina Kirchner frente a un hecho nuevo mostró un alto nivel de indecisión, inusual en los tiempos de su marido muerto. De hecho, la Presidenta estuvo, en las horas iniciales de la revuelta de Villa Soldati, más preocupada por las autopsias de los primeros dos muertos que por la preocupante evolución de la rebelión. Jueces de la Corte Suprema de Justicia debieron hacer gestiones ante la Morgue Judicial para que apurara las autopsias. ¿Qué quería saber la Presidenta? Pedía con urgencia que le informaran si las balas de esos crímenes correspondían a la Policía Federal o a la Metropolitana. Las balas correspondían al tipo de proyectiles que usa la Policía Federal; en ese momento comenzó la caída de Aníbal Fernández, que aún no tocó fondo.

La Presidenta está convencida de que hubo una conspiración para quebrar su romance de viuda con algunos sectores sociales, antes remisos. Buscaba culparlo a Mauricio Macri de esa intriga. Nunca tuvo más elementos que la retórica. Pero una cosa es cierta: la explosiva irrupción de la marginalidad social le provocó a Cristina un derrumbe de 20 puntos en su imagen positiva en la Capital, según varias mediciones. Paralelamente, crecieron, según algunas encuestas, sus archienemigos Macri y Eduardo Duhalde, los dos políticos que tuvieron el mensaje más claro en apoyo del orden público. En una de esas mediciones, el 80 por ciento de los porteños consultados pedía que el Gobierno terminara cuanto antes con las ocupaciones, y de cualquier forma. El romance y la espuma que beneficiaban a Cristina se están diluyendo, aceptó un encuestador serio, que siempre hizo mediciones para el peronismo.

Cuando el humo y la insurrección habían capturado amplias zonas de la Capital, los dos gobiernos, el federal y el local, estaban sumidos en un ataque paranoico. La Presidenta quería culpar públicamente a Macri de haber provocado las muertes; no pudo. El propio equipo de Macri estudiaba contra reloj la posibilidad de que el gobierno nacional dispusiera la intervención federal de la Capital mediante un decreto de necesidad y urgencia, ahora que el Congreso está en receso. Fuentes seguras de la administración central aseguraron que ese proyecto nunca existió. Los dos gobiernos están ahora tan distantes como antes.

Cristina Kirchner estaba ya más preocupada por intervenirlo a Aníbal Fernández que a Macri. El jefe de Gabinete fue siempre un hombre obsesionado por cubrir cargos con gente propia hasta en las covachas más insignificantes. La implacable poda pública de poder que le hizo a Fernández en los últimos días lo colocó a éste en una situación política casi terminal. Han crecido todos sus adversarios en el Gobierno. Nilda Garré no le perdonará nunca a Aníbal que haya usado en su momento el propio espionaje del Ejército para desestabilizarla. Aníbal competía con Julio De Vido por la cercanía a la Presidenta, pero De Vido nombró al nuevo ministro de Defensa. Fernández lo ninguneó siempre al ministro del Interior, Florencio Randazzo, pero Cristina le ordenó a éste que presidiera la reunión con Macri. Aníbal Fernández aceptó una silla al costado, como un funcionario más, resignado al disfavor.

Garré podría terminar con la larga carrera de Aníbal en el poder si cumpliera con la promesa de transparentar las acciones de la Policía Federal. Es probable que la ministra arrase con el sistema de espías, de escuchas telefónicas y de intervención de correos electrónicos que el jefe de Gabinete había montado en complicidad con la Federal. Garré anunció también que pondrá fin a la protección de la corrupción policial, que en estos tiempos puede significar el arribo del narcotráfico a las fuerzas de seguridad.

El miércoles pasado, en Malvinas Argentinas, se realizó una jornada sobre el narcotráfico; participaron camaristas, jueces y fiscales de todo el país. La reunión fue organizada por el intendente, Jesús Cariglino, y asistieron diplomáticos norteamericanos. No hubo funcionarios provinciales ni nacionales. La descripción de la situación que se hizo, por parte de los representantes judiciales, fue grave. El narcotráfico está en las villas, pero también penetró en todos los sectores sociales y está cooptando una parte del Estado, resumió uno de los asistentes.

Garré hizo la mejor autocrítica del gobierno cuando señaló que la inseguridad reconoce múltiples causas. Es cierto. Hay tres causas, por lo menos: la delincuencia estructural, que siempre existirá; la proliferación de la droga, que aumentó exponencialmente, y la exclusión social, que también creció de manera significativa. ¿Qué hizo durante siete años el gobierno kirchnerista para combatir el apogeo de la droga y la amplia marginalidad social, más allá del asistencialismo? Nada o muy poco. El riesgo de Garré, en cambio, es que termine modelando una policía atemorizada y, por lo tanto, muy poco predispuesta a actuar sin órdenes políticas. La policía debe cumplir y hacer cumplir la ley sin vacilar; si la ministra lograra eso, el Estado habrá dado un paso importante para combatir el delito.

Encima, tenemos una pelea en el gabinete nacional, se quejó un gobernador cercano al kirchnerismo. Gobernadores e intendentes miraban con asombro las oscilaciones del poder central y sus crueles luchas intestinas, mientras cerca de ellos crecía la fogata social. Se alegraron primero cuando escucharon que el gobierno nacional había dispuesto el traslado de 6000 efectivos de la Gendarmería a la provincia de Buenos Aires, que es siempre el escenario de los peores presagios. Luego, más racionales, moderaron el optimismo. ¿Quién controlará ahora las fronteras del país? ¿Quién frenará el ingreso de la droga? ¿Acaso las fronteras nacionales no se están acercando demasiado a nosotros mismos?, razonó uno de ellos.

Empezaba el fin de semana y las ocupaciones no cesaban en terrenos aledaños a la Villa 31 y en Lugano; otros asentamientos se producían en el sur caliente del conurbano. En la Villa 31, 500 personas habían ocupado tres manzanas con galpones del Ferrocarril. Ahí no hay vecinos que protesten, como en Villa Soldati, pero se toparon con los trabajadores ferroviarios. En Lugano, la tensión entre vecinos y ocupantes mantenía en vilo a los funcionarios. Nadie sabía qué hacer cerca de la Presidenta.

En Olivos, Cristina Kirchner se encerraba entre pocos, todos incondicionales, como suelen hacer los gobiernos en conflicto. Desconfiaba. Sospechaba. Para una persona reacia a cultivar las relaciones personales y políticas, la administración de una crisis significa, también, ampliar el hemisferio de su propia soledad.

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