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(Sin título)

Domingo 26 de diciembre de 2010
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PARA LA NACION
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Durante un tiempo salí con un señor que tenía el pelo largo. No muy largo, pero tampoco corto-corto. No me gustan los hombres con pelo largo, pero, bueno, a veces nos pasan cosas así. Aparte del pelo, parecía hecho para mí. Lo malo fue que a las pocas semanas yo ya había dejado de disfrutar nuestras conversaciones -incluso de entenderlas- porque lo único que hacía era mirarle el pelo. Me sentía mal conmigo misma por fijarme en algo tan trivial, pero no podía evitarlo. Como tampoco quería dejarlo ir, decidí decirle, con la mayor delicadeza posible, que cortado le quedaría mejor. Mucho no le gustó la idea, pero parece que él tampoco quería perderme, porque un par de días después apareció en casa con el pelo al ras. Al principio no lo reconocí. "¡Qué bueno: te lo cortaste!", le dije cuando me di cuenta de quién era. Pero la verdad es que no le quedaba bien. Lo peor de todo fue que tampoco entonces pude volver a concentrarme en nuestras conversaciones: le miraba el cuero cabelludo (¡sin cabello!) y lo único que veía era su debilidad de carácter y el poco convencimiento que tenía de ser quien era o, mejor dicho, de ser quien había sido hasta que decidió cortarse el pelo. La historia tiene final feliz, porque después de que nos dejamos de ver, se puso de novio con una mujer maravillosa que lo quiere tal como es. Hace poco los vi por la calle: él, más melenudo que nunca, y ella, orgullosa, colgada de su brazo.

¡El gusto de los otros es tan desconocido y variado! El otro día hice una encuesta entre amigos para ver qué título les gustaba más para una novela. En la editorial me decían que aquel con que yo quería publicarla no era bueno, porque era una sola palabra y, para colmo, abstracta. En seguida me acordé de libros que amo, como Expiación, Ulises, Rayuela, Glosa y Desgracia, pero como sé que no llego ni a los talones de esos autores, me pasé los días siguientes pensando títulos más largos: El destino y el azar, Errar también es un camino, A todos nos salpica el agua, Hambre y sed... Al fin, agregué mi título original a estos cuatro nuevos y envié la lista a unas cuantas personas.

Tengo amigos inteligentes y generosos. Casi todos me contestaron el mismo día, no sólo diciéndome cuál era su preferencia, sino explicándome con razones convincentes el porqué de su elección. Al final de la tarde, había un empate técnico entre los cinco títulos, con lo cual yo quedé más confundida que nunca. Y no sólo hubo empate entre los ganadores, sino también entre los perdedores, porque todos los títulos fueron considerados "horribles" por la misma cantidad de personas. Si sumaba los puntos positivos de cualquiera de ellos y, luego, le restaba los negativos, el resultado era siempre muy cercano a cero.

Todo esto me hizo acordar de El gusto de los otros, aquella película de Agnès Jaoui en la que un hombre intenta dejar de ser quien siempre ha sido para que la mujer a la que ama se enamore de él.

Castella es un industrial con mucho dinero y Clara, una actriz bohemia que da clases de inglés. Decir que somos muy distintos unos de otros es, quizá, una verdad de Perogrullo. Resulta mucho más interesante reconocer cuán similares somos en nuestro permanente deseo de ser aceptados y en la inevitable soledad con que debemos elegir cómo llevar la propia vida.

En una escena memorable de la película, Castella se afeita el frondoso bigote que lo ha caracterizado durante años. ¿Qué hay tras esa decisión sino la más pura necesidad de afecto? La misma necesidad que me hizo dudar acerca del título de mi novela: no era que el original hubiera dejado de gustarme, sino que sospechaba que, tal vez cambiándoselo, la gente me querría más. En el fondo, como dijo García Márquez, uno escribe para que lo quieran. ¿Pero de qué sirve que nos quieran si para ello tenemos que raparnos la melena? ¿Sirve si hay que dejar de ser quienes somos?

Al fin, el libro entró a imprenta con su nombre original, pero no sin dejarme un montón de dudas, similares a las que tengo ahora: ¿qué título les gustará más a los lectores para esta nota? ¿El gusto de los otros, Todos queremos que nos quieran o La soledad de toda elección? Por una vez, no quiero decidir sola. ¡Que sea lo que los lectores quieran!

revista@lanacion.com.ar

La autora es escritora. Su última novela, Abundancia, ganó el Premio Internacional de Novela Letra Sur 2010

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