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La teoría benigna del error

Domingo 26 de diciembre de 2010
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Un reciente artículo en Scientific American desarrolla un elogio del error en la ciencia. Sugiere que el error no sólo debe ser aceptado, y no es algo de lo que deban los científicos avergonzarse, sino que es lo que promueve el avance del conocimiento. También Feyerabend, para el que la investigación científica hace hincapié en la creatividad de los científicos más que en el método, decía: "El científico que trabaja en una situación histórica particular debe aprender a reconocer el error y a convivir con él. Necesita una teoría del error". Esta convivencia fértil con el error, que puede ser comprobada en las modalidades más duras de aproximación al mundo, es ciertamente extensible a otros dominios de la vida. Cuando el error logra ser vuelto a pensar, tiene una gran potencia didáctica y vital, porque enseña con su sedimentación nuevos caminos y porque su desmitificación aligera los temores que se sienten frente a cualquier nuevo emprendimiento. Porque el temor a errar tiene un efecto claramente paralizador y el temor al error anula posibilidades en la vida. Una vez revertida la visión estigmatizante sobre el error, éste se convierte en un aliado de la vitalidad.

Decía, no sin gracia, Molière: "Me enfurece errar cuando sé que estoy en lo cierto". Habría entonces que desarrollar en paralelo una contrateoría maligna de las certezas. Porque las certezas, para permanecer como tales, no deben moverse mucho, no deben salir a testearse con el mundo, y si uno quiere preservarlas a toda costa, lo hará a costa de cierta vitalidad. Pretender que uno está en lo cierto es una confesión estática. Pero para poder errar con libertad, cosa que no implica descuido, hay que modificar las concepción del error como si fuera una malformación de la que, si pudiéramos, nos desembarazaríamos genéticamente. (Aunque la humanidad camina en esa dirección de autopurificación y de reconversión de los "errores" de la especie.) Si muchos tienen dificultades para aceptar sus errores abiertamente, y si se desarrolla la mayoría de las veces la facultad alquímica de convertirlos en errores ajenos, es porque no se ha desarrollado lo suficiente una teoría benigna del error, que no implica una disminución de sí, sino una consecuencia natural de sumergirse en la experiencia del mundo.

La idea de error arrastra la pesada carga de nuestro mandato perfeccionista. Mandato que lo convierte en una condena anticipada, en una comprobación vigilante de sí, y no en un compañero indisoluble de la creatividad, en las esquirlas que saltan al modelar la propia vida, en una evidencia de fluidez vital. El temor a errar, y la inhibición que conlleva, deberían ser tempranamente evitados en la disposición mental de nuestra educación, que a veces enseña a los chicos a podarse y a no tomar riesgos, antes de crecer activos y curiosos. Es necesario enseñar a disfrutar del error y a tratarlo como un incitador al desafío y como un componente esencial de la iniciativa, de la indagación y exploración del mundo. Y así como la gente es muchas veces amada más por sus pequeños vicios que por sus grandes virtudes, son esos pequeños agujeros los que a la larga nos singularizan, los que nos enhebran y los que nos permiten reconocernos, más que la refractaria solidez de la perfección.

Twitter: @evnoailles

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