Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí
lanacion.com | Las noticias que importan y los temas que interesan
Ver página en pdf

Salvad vuestros ojos, novela posthistórica

ADN Cultura

"El hombre ha desaparecido de la faz de la Tierra, y en su lugar podemos ver al glóbulo hermafrometálico, esbelto y elegante"

Era el día de Navidad, el 1° de mayo. Del cielo caían hombres de nieve y toneles llenos de truenos. Sobre el mundo flotaban los tres últimos corazones calafateados: la Libertad, la Igualdad, la Fraternidad. Era el último día del nuevo año. El árbol del idealismo, ese árbol sentimental en el cual se mecían los nidos de los filósofos materialistas, fue abatido de golpe por un solo trueno de helium.

Los hombres se habían convertido en cebollas cocidas, con un palillo de dientes entre los dedos de los pies y una bandera de colores sagrados en el ojal derecho del pantalón izquierdo.

Diez minutos más tarde, los hombres habían desaparecido y la última mujer masticaba sus píldoras orientales, sentada sobre las teclas de la más alta montaña de la Tierra. Tenía un cierto parecido con el Arca de Noé, aunque su barba era un poco más larga y su palomo un poco más corto. Sin embargo, llevaba en el pico de su mirada aviesa una hermosa rama de olivo. (Este olivo se ha convertido hoy en el alfiler de corbata de los cortacircuitos especializados.)

Como el lector debe de haber comprendido, el hombre ha desaparecido de la faz de la Tierra, y en su lugar, podemos ver al glóbulo hermafrometálico, esbelto y elegante, no más ancho que la mitad de la oreja del Ángelus de la tarde, ni más largo que el meridiano de Greenwich a las 6.40 del día.

Este ser, elegante y esbelto, está perfectamente estandarizado y se puede comprar por dos francos cincuenta en todos los almacenes bien provistos. Su espacio individual no pasa de 25 centímetros cúbicos. Cuando su respiración excede algo más allá de esta medida, él la pliega en dos y aun en tres, según las circunstancias.

Aquí debemos advertir, para la perfecta comprensión de nuestra historia, que estos seres, cuando se encuentran aislados, se llaman Antonio, y cuando se les encuentra en grupos, se llaman José. Sus mujeres, cuando la cantidad de glóbulos que las forman pasan de un metro de altura, se llaman Carolina; cuando no llegan a un metro, se llaman Rose Marie.

Los Antonios, que desde hace tanto tiempo han sobrepasado nuestro plano físico de vanguardia colectiva y nos han aniquilado completamente, los Antonios, repito, llevan en el sitio en donde nosotros llevábamos los bigotes almidonados, magníficas corrientes alternativas que tienen el gesto altivo del índice que Virgilio dejó olvidado en un tronco de árbol pocos días antes de su muerte. Esto en cuanto a los bigotes, ahora en cuanto a los otros pelos que a nosotros nos servían para saber la hora precisa en cualquier momento del día o de la noche, ellos no los poseen, pero tienen en su sitio pequeños arco iris cantantes, cubiertos cada uno de hemisferios de aluminio.

Los Josés tienen un carácter que se asemeja al paladium 36, que es más ligero que el agua y sus lebreles. Los Josés son transparentes como la estratósfera antes del descubrimiento de América. Van rodeados de un círculo de humo que les confiere un aire coqueto, gracioso e higiénico. Poseen un talento especial para descifrar los jeroglíficos del tiempo de los hombres. Ellos descifraron el magnífico himno religioso que aquí incluimos para solaz y meditación de nuestros cultos lectores:

Cuando vosotros hayáis empleado los anteojos eternos con perfume de meteoros para vuestra T8 o vuestra M15, vosotros no rascaréis jamás el infinito ni la tormenta de la élite del mundo elegante, ni el lagarto africano sobre todas las grandes marcas.

Buena suerte, el día de gloria ha llegado con el big Satán desnudo, sólo después de medianoche, cuyo renombre mundial de vías urinarias va creciendo siempre.

Cualquiera que sea vuestro nuevo cuadro de adherencias, no agravéis el mal rascándoos el marinero, pues el órgano excepcional os da absoluta seguridad.

Si tortugas voladoras oscurecen vuestra vista, si vuestra nariz aparece lacrimosa y pegada en las mañanas contra los muros y vuestros labios son rápidos, como los servicios de la muerte o las preparadoras y picadoras de tallos, no os asustéis. Ello significa siempre la esencia de las más altas temperaturas.

Allons enfants de la patrie , salvad los ojos de los marineros.

Para la perfecta comprensión de nuestra historia, debemos ahora dar algunos detalles sobre las Carolinas y también sobre las Rose Maries. Las Carolinas son glóbulos hermafrometálicos con un talle permanente de películas protectoras sobre las piezas movibles. Cuando empiezan a girar están frías y dan un mejor funcionamiento. Su temperatura es considerable cuando la presión influye sobre sus cualidades lubricantes, pero las impurezas que se deslizan no perjudican a su eficacidad. Ellas absorben el calor, y es de suma importancia el vaciarlas a menudo.

Las Rose Maries son perversas. En su trayecto a través del mundo absorben y evacuan una gran cantidad de vitaminas celestes. Esta participación a la vida sólo puede ser asegurada por un magnetismo de primera clase, en venta en bidones sellados. Ello es una garantía para vuestra vida privada y económica.

Estos seres han transformado el mundo, han barrido los continentes y los mares de la Tierra. La Australia se ha convertido en un ruido colectivo, Europa es un ojal para las legiones de nebulosas y las condecoraciones de danzas postparanoicas. Del África hicieron un estercolero tricolor para la electricidad arcaica de los aeroplanos sentimentales o venecianos, perfumados de jazmín y los altoparlantes de la sabiduría.

Aquí debemos advertir, para la perfecta comprensión de nuestra historia, que los únicos seres que no pudieron ser barridos por los glóbulos hermafrometálicos fueron las ardillas. Estas pequeñas esnobs de los pinos, estas comedoras de luto, estas fabricantes de motores a corazón, estas paladeadoras del dolor, estas decapitadoras de las hermanas de los incas, estas inventoras del viento norte, se paseaban sobre los desiertos del racionalismo burlándose de los glóbulos hermafrometálicos. Les hacían sentir el aroma de lavanda e imitaban los gritos y los cantos de los búhos, de los relojes y de los curas, de tal modo que los glóbulos temblaban como nosotros ante los espectros. Servían salchichas descentradas y mostraban imágenes vergonzosas del tiempo de las revoluciones, cuando los burgueses se empecinaban en defender y propagar su lepra ultravioleta. Entonces los glóbulos enrojecían y los coladores que los protegían contra toda metafísica empezaban a estornudar como cuentos de hada.

¿Quién podía garantizar a los glóbulos hermafrometálicos que las ardillas no poseían un poder cabalístico y que de un instante al otro no harían surgir praderas materialistas llenas de miosotis y de confesionarios? ¡Ah! Estas pequeñas vengadoras y revendedoras de la melancolía, estos sacerdotes del buen comer, eran enemigos encarnizados del Antonismo y del Josefismo, de la higiene y de las matemáticas.

¿Por qué razón hemos olvidado hablar de América y de Asia? Debía de haber alguna razón para semejante olvido. No había razón alguna para tal olvido. América se convirtió en un suspiro perforado. El Asia se convirtió en un fuego fatuo sutil y prestidigitador. Así, pues, los cinco continentes no ladraban más en las noches de luna.

Para la perfecta comprensión de nuestra historia, debemos contar al lector lo que sucedió una tarde del año O3 Z7.

Rose Marie se paseaba por las selvas fluídicas, contemplando en pequeños espejos de centellas sus hermosos labios indefrisables, cuando de repente encontró una vieja caverna olvidada. La curiosidad, esa virtud de los ascensores y de los timbres eléctricos, la hizo penetrar en sus laberintos. Después de mucho andar en las tinieblas, encontró tendido entre las rosas el cadáver petrificado de un viejo lobo del aire, con la pipa aún humeante entre los labios y el rostro quemado por los soles inocentes de la prehistoria filosófica.

Rose Marie sentía las atracciones generatrices y los imanes genitivos de José y, como es natural, corrió a contarle su hallazgo. Todo el mundo sabe que los Josés, gracias a una larga experiencia, a sus instrumentos constantemente perfeccionados y a la excelencia de sus métodos, producen un calor capaz de satisfacer plenamente cualquier exigencia. Pero la experiencia, que antes nacía sólo en la punta extrema de cada cabello blanco y que ahora nace tres meses antes de que ellos empiecen a echar raíces, les ha enseñado a evitar los momentos peligrosos y salvar dignamente las dificultades por medio de un simple deslizamiento de dos piezas aisladoras, la una contra la otra, lo que produce una protección eficaz y permanente de sus propiedades climatéricas íntimas y reduce a la nada todos los ataques. José, seguro de sí mismo, siguió a Rose Marie en medio de la selva fluídica y bajó con ella hasta el fondo de la caverna perdida. Allí, como podía preverse, la discusión estalló.

-Te afirmo que no es un viejo lobo del aire -dijo José-. Es el futuro soldado desconocido.

-Desengáñate -exclamó Rose Marie, desdeñosa-, no cabe duda de que es un viejo lobo del aire; mira cómo la pipa humea entre sus labios y cómo sus manos tienen forma de aterrizaje forzoso.

-Yo no veo tal aterrizaje forzoso y en cuanto a la tal pipa, ella no es sino un cometa que le cuelga de la boca o, si prefieres, una especie de vómito de fuego en el cual se ve una brújula que marca noventa años, después del nacimiento de José. Sostengo que es el futuro soldado desconocido; mira cómo le brotan medallas sobre la nariz y observa su sonrisa socarrona.

-Imposible. Si fuera el futuro soldado desconocido, daría evidentes signos de vida. Además, eso probaría que iba a haber aún guerras, lo cual es un grave error científico, como tú sabes.

-Nunca he dicho que sea el soldado desconocido de futuras guerras nuestras, no me tomes por imbécil, digo que iba a serlo de las guerras de los hombres, y no alcanzó a realizar su sueño, porque la muerte lo sorprendió antes de la última guerra.

Para la perfecta comprensión de nuestra historia, debemos decir al atento lector que esta terrible discusión removió las fibras armoniosas del futuro soldado desconocido, el cual, despegando sus labios de mármol, dejó caer la pipa y cantó esta hermosa canción:

Yo he visto dos ardillas
Haciendo morisquetas
Ordeñar un sepulcro
Lanzando palanquetas.

Por qué razón el paraguas
Ha bajado de los cielos
Por qué razón las ardillas
Se escobillan en sus vuelos.

Por qué la guerra que yo espero
Se perdió en el bosque espeso.

Después de entonada la última palabra, se oyó un disparo de cañón y un disparo de sombrero. Al mismo tiempo, toda la caverna se llenó de estalactitas de honor.

Por la misma razón, Rose Marie sobrepasó la medida de un metro y se convirtió en Carolina, lo cual obligó a José a salir con ella fuera de la caverna y conducirla hacia un Antonio que sería entonces más propio para ella, pues sabido es que los Antonios deben casar con Carolinas y los Josés con Rose Maries.

Carolina y Antonio se abrazaron llorando de alegría en medio de un llano que giraba en torno a su eje, como una hoja a merced de las poleas del viento que pasa sin saludar.

En esos momentos de amor, una deplorable regresión hacia los tiempos históricos apareció en esos seres revolucionados y posthistóricos. Lágrimas con pelos les brotaban desde el interior de sus glóbulos, termómetros de savia ascendían en torbellino por el magma de sus cuerpos. Se frotaban sus glóbulos con un ruido que casi recordaba los antiguos besos y en una fiebre de fidelidad catorce flechas alfa los atravesaron de parte a parte, produciéndoles un deleite desconocido e intraducible.

Carolina, mirando a José con un aire atlántico, exclamó:

-Disculpa, José, yo no puedo amarte, pues tú eres varios y yo me he convertido en exclusivista.

José permaneció mudo y clavado en el suelo como una lámpara de amargura, con las orejas radioactivas vueltas hacia el horizonte. Ante ese espectáculo de ternura incomparable, se sintió cogido por un rayo ultratango que lo lanzó al espacio contra un eclipse y se rompió en mil pedazos.

Un gran relámpago salido de las alturas se alejó, creciendo como el más bello juramento de amor.

Para la perfecta comprensión de nuestra historia, aquí debemos terminar nuestra historia.

En Tres novelas ejemplares (1935) .

Por Vicente Huidobro y Hans Arp
TEMAS DE HOYParo del transporteEl caso de Lázaro BáezCristina KirchnerElecciones 2015Superclásico