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El largo viaje de un niño haitiano y su mamá argentina para escapar del horror

Mabel García recorrió miles de kilómetros para rescatar a Eggenson; una historia de amor y perseverancia que une a cuatro países; mañana se cumple el primer aniversario de uno de los peores terremotos de la humanidad; mirá el especial multimedia

Martes 11 de enero de 2011 • 16:48
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LA NACION
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Tras el golpe que dejó sin rumbo a Haití en enero pasado, Mabel García vivió momentos difíciles, teñidos de angustia y desesperación, y se enfrentó a escollos de todo tipo. Pero su fortaleza y su deseo de ser mamá lograron anteponerse al dolor y le impidieron rendirse.

Su meta era clara: recuperar a Eggenson, su pequeño hijo adoptivo, de cuatro años, que la esperaba indefenso en un hogar de niños para escapar de la isla, castigada por una tragedia que dejó arriba de 220.000 muertos. Y lo consiguió, con ese empuje que dice haber ganado con los años y que no abandona siquiera en las situaciones límite.

Con la sentencia en mano y casi con lo puesto, dejó su trabajo como cantante lírica en Corea y viajó a las Antillas para traerlo de regreso a la Argentina.

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Y así, en agosto pasado, se convirtió en la única mamá que después del terremoto obtuvo el reconocimiento del fallo de adopción extranjera que emitió el Tribunal de Familia N°1 de Quilmes. Una decisión que, en la práctica, permitió a Eggenson abandonar el apellido de sus padres biológicos y contar con una partida de nacimiento argentina, primero, y un pasaporte, después.

Mabel describe los meses transcurridos como parte de una película que nunca imaginó protagonizar, mientras toma conciencia del impacto que tuvo lo ocurrido en su forma de encarar la vida.

"Haití significó un antes y un después en mi vida. No sólo por haber adoptado a mi hijo, sino por la forma en que lo hice y la transformación que tuvo el país. Aprendí que todo está dentro de las posibilidades, lo bueno y lo malo. La adversidad me ayudó a vivir el día a día y a no programar cuando miro al futuro", reflexiona durante una entrevista con lanacion.com, a horas de que se cumpla el primer aniversario de la catástrofe.

Las dos Haití. Pese al paso del tiempo, esta mujer, de 45 años, sigue sorprendida por el horror que encontró en Puerto Príncipe el verano pasado. "Hay cosas que no me puedo olvidar. Si bien yo había estado allí varias veces [por la tramitación de los papeles del niño], nunca ví tanta destrucción como la que dejó el sismo. La gente se peleaba en la calle con los chanchos por una bolsa de basura o se lavaba con agua de la alcantarilla, todas cosas que son muy denigrantes para el ser humano", relata. "Estando ahí ví avalanchas de personas cada vez que los aviones humanitarios arrojaban comida y, por las noches, escuchaba sus protestas", cuenta.

Durante la primera quincena de febrero, dividió su estadía entre un hotel sin luz ni agua potable y sus visitas al orfanato For his Glory, donde desde el afecto intentó ayudar al resto de los chiquitos a recuperarse del desastre. En tanto, varios adultos se acercaban al lugar a entregar a sus hijos en adopción por entender que no podían brindarles el alimento y cuidado necesarios en un contexto tan hostil.

Un nuevo capítulo. Eggenson dejó su tierra natal a mediados de ese mes a bordo de una avioneta con destino al país. Es que los planes originales de dar vuelta la página en Corea se frustraron cuando Mabel perdió su empleo y sus ahorros para recuperar su hijo. Entonces, tuvo que dejar al pequeño con su hermana, en Quilmes, y volver a Asia a buscar algunas de sus pertenencias. "El me extrañó mucho en esos días. Dicen que iba con una mochilita y una foto que le había regalado a todos lados. Y que, a veces, miraba por la ventana y me llamaba «Mamá Mabel» para que viniera".

Precisamente, en ese momento, el pequeño interrumpe la charla con lanacion.com y le da un cálido abrazo. "A veces no quiere que hable de estas cosas, pero yo siempre le digo que no hay que olvidarse de dónde es uno", explica, mientras Eggy vuelve a entretenerse con un camión de juguete que pasea de un lado a otro por el patio de la casa de sus abuelos.

Mabel es fiel a esa premisa de no ocultar la propia historia. Por eso, evitó desde el principio "tapar" sus recuerdos de la tragedia y le explicó con imágenes lo que había pasado como si se tratara de un cuento. "Llegó un momento en que Eggenson no quiso saber nada más y dijo basta. Ahora, está poniendo una especie de barrera entre el pasado y el presente, y no quiere hablar mucho de Haití", comenta.

Para graficarlo, señala que durante una visita que hicieron juntos a la feria de las naciones, un grupo de isleños se acercó a conversar y él, pese a dominar el creole, prefirió contestarles en español. Algo similar ocurrió en una entrevista con autoridades que tuvieron en la embajada de Haití. "Creo que son procesos. Fue un cambio enorme para él", sostiene al recordar que, más allá de los deseos, Buenos Aires no representa por el momento el lugar definitivo para instalarse.

Ciudadanos del mundo. Ocurrió que casi una semana después de volver a la Argentina, Mabel recibió una oferta laboral vinculada con la actuación y el canto que no pudo desperdiciar. La propuesta implicaba una nueva mudanza: esta vez, en Balcarce, a 400 kilómetros de Buenos Aires.

No lo dudó. Armó las valijas y se enfrentó al desafío de estrenar su rol de mamá en una casa ajena y en un ámbito poco familiar, cuando Eggenson comenzaba a sentirse parte y a adaptarse a un nuevo estilo de vida.

Tal vez fue más fácil de lo que proyectó: con el tiempo, el niño fue incorporando el idioma y juntos empezaron a entender de qué se trataba esto de ser "madre e hijo", aunque se conocen hace unos tres años. Y descubrieron que son más parecidos de lo que imaginaban: "Sobre todo, muy inquietos y sociables".

Se conmueve cuando observa la naturalidad con la que se mueve Eggy y advierte los cambios que logró en apenas un año. Lo hace, incluso, cuando destaca los seis centímetros que ganó en altura desde febrero pasado.

"Al principio, era una persona sorda en un mundo donde todos hablaban y nadie le hacía señas", recuerda. Pero, en julio, "dio un vuelco de 360° en su conducta, juegos y aprendizaje, y pudo integrarse como uno más".

"Hoy, inspira ternura y alegría, nada de compasión", pese a que todavía algunos adultos lo paran en la calle para tomarle fotos como si fuera una verdadera estrella de rock.

El futuro más próximo. Durante su estadía en Balcarce, como cualquier otro chico de su edad, fue al jardín y participó de actividades como fútbol, rugby y pintura. Cada tanto, se escapaba con su mamá a Buenos Aires para visitar a los abuelos y poder avanzar con los documentos que, casualmente, estuvieron listos cuando a Mabel se le presentó una nueva oportunidad en el exterior.

"Es lejos. Pero mi vida laboral aquí, en la Argentina, es realmente muy difícil. Después de haber vivido durante ocho años afuera, me resulta muy complicado volver a reinsertarme", expresa. "Nos vamos a vivir a Singapur a mediados de enero", prosigue, a expensas de saber lo que cuesta mudarse de un lugar a otro constantemente.

Eggenson viaja a Singapur seducido por la promesa de una pileta gigante que espera por él en la nueva casa. Mabel, con la convicción de que la clave es pensar en positivo y creer que todo se puede. Al menos, así, funcionó con ella.

"Mi hijo es muy agradecido todo el tiempo. Es una alegría extra que me recuerda que está creciendo, que quiere más, y que yo soy su eje, más allá del lugar en el que nos encontremos", concluye, satisfecha, luego de haber cumplido su deseo de ser mamá más allá de los imprevistos.

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