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Obesidad, ¿epidemia nacional?

En una sociedad que propone a la delgadez como un modelo de éxito, casi uno de cada cinco argentinos es obeso y más de la mitad tiene exceso de peso. Sedentarismo, malos hábitos alimenticios y un irresponsable y muchas veces engañoso estímulo al consumo son algunas de las razones que citan los especialistas. Por qué se la considerada una epidemia del siglo XXI y qué rol debería jugar el Estado frente a los excesos del mercado Por Lorena Oliva

Domingo 23 de enero de 2011
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Aunque la delgadez continúe entronizada como condición necesaria de la belleza y la salud, curiosamente es su contracara -la obesidad la que avanza silenciosa, casi imperceptible, en medio de un mundo saturado de mensajes que promueven el culto a la imagen.

A tal punto avanza la obesidad que hoy es considerada una epidemia por especialistas y organismos internacionales. El calificativo es extraño si pensamos que se trata de una enfermedad que no es contagiosa, pero también es apropiado, porque permite tener una idea de su enorme alcance.

La obesidad avanza tanto en Estados Unidos como en Inglaterra, así como en España, Italia y Grecia. Aumenta en los países desarrollados al igual que en los que han ido adoptando un estilo de vida occidentalizado. Y también crece entre las naciones pobres, cuyas dietas suelen contener una alta cuota de grasas, harinas y sustancias hipercalóricas en lugar de frutas, verduras y carne. Además, por supuesto, en la Argentina, que de acuerdo con un estudio de la Organización para la Agricultura y la Alimentación de la ONU, ostenta el dudoso privilegio de liderar la región en materia de obesidad infantil, delante de Brasil y México.

Foto: ARTE DE TAPA: SILVINA NICASTRO

En un mundo que se debate entre la escasez y la sobreabundancia alimenticia, la obesidad no parece hacer distinciones. Una combinación de factores característicos de nuestra época propicia su desarrollo casi en cualquier contexto.

Y en un país como el nuestro, caracterizado por los contrastes, tanto las dietas mal balanceadas de la pobreza (principalmente compuestas por harinas y derivados) como las de la opulencia (con alto contenido de grasas y azúcares) son funcionales a un incremento de la obesidad: más de 20 millones de argentinos presentaban exceso de peso en 2009, tal como concluyó la Encuesta Nacional de Factores de Riesgo, realizada ese año por el Ministerio de Salud. De acuerdo con esa misma medición, algo más de 7 millones de personas padecían obesidad, equivalentes al 18% de la población. En la primera encuesta, de 2005, la obesidad alcanzaba al 14,6% de los argentinos.

La Argentina se enrobustece, pero no en el buen sentido. Lejos quedaron los tiempos en que "gordito" era lo mismo que "sanito": hoy se sabe que la obesidad es sinónimo de malnutrición. Aunque, a juzgar por el avance incontenible de las cifras, sus riesgos todavía no logran conmovernos demasiado. ¿En qué momento la ingesta desmedida de comida se transformó en una amenaza para nuestra salud? ¿Cómo fue que la actividad física se escurrió de nuestras vidas sin que sonaran las alarmas? ¿Por qué la play se volvió más popular que la bicicleta?

Algunas iniciativas recientes indican que la problemática de la obesidad comenzó a despertar cierta preocupación en ámbitos estatales. No es para menos. El gasto que insumen las enfermedades relacionadas con la obesidad representa más del 20% del presupuesto nacional destinado a la salud, según datos del Ministerio de Salud. Pero los especialistas consultados sostienen que aún queda mucho por hacer, sobre todo en materia de prevención y cambio de hábitos.

"Como nunca antes, el alimento ha ingresado de manera irrespetuosa a nuestra vida. Ya sea en forma de patitas de pollo precocidas o de uno de los tantos imanes que tenemos pegados en la heladera y nos permiten sacarnos ese antojo de pizza a cualquier hora. El caso es que los humanos no estamos diseñados para manejarnos equilibradamente ante un objeto que implica placer y recompensa inmediatos. Si lo tenemos en frente nuestro, lo consumiremos", alerta Mónica Katz, directora de la carrera de médico especialista en nutrición con orientación en obesidad, de la Universidad Favaloro.

Pero más allá de la fortaleza de voluntad que se tenga para hacer frente a un mercado que incita a consumir por sobre todas las cosas, los expertos marcan la responsabilidad de un ambiente facilitador de la obesidad. Y la avanzada tecnológica de los últimos años ha fomentado un tipo de vida cada vez más sedentario: hoy tenemos innumerables posibilidades a apenas un clic de distancia. Tantas, que hasta las compras de supermercado se pueden hacer online .

"Contamos con una enorme cantidad de barreras al movimiento: los nuevos edificios prácticamente esconden las escaleras. En los shoppings o las estaciones de subte las fijas suelen estar desiertas cuando tenemos la opción de subir o bajar por las mecánicas. Y ni qué hablar de las horas de pantalla: el tiempo que pasamos frente al celular, la play , la TV o la computadora suelen ser horas sin movimiento", ejemplifica Katz.

¿Un mundo ideal?

Comer lo que se nos ocurra a cualquier hora; consumir lo que sea sin esfuerzo; movernos por el mundo con el menor desgaste físico posible. Suena ideal, pero el modelo tiene efectos colaterales.

"Esta sociedad le dice una cosa al individuo pero le vende otra. Aunque nos pese, los que crean la cultura alimentaria son los que tienen el gran micrófono, no lo tenemos los médicos. Necesitamos un canal que nos permita llegar con recomendaciones en forma sostenida", reconoce el experto universitario en nutrición Julio Montero.

Parafraseando al especialista, podría decirse que el micrófono estatal está comenzando a promover de diversas maneras este mensaje. El mes último, el Ministerio de Salud anunció la puesta en marcha de un programa a favor de una mayor ingesta de frutas y verduras mediante la difusión de sus ventajas e, incluso, de recetas saludables. Mientras la OMS recomienda el consumo diario de dos porciones de fruta y tres de verdura, el promedio local no alcanza, en total, las dos porciones.

Por otro lado, a fines de diciembre, la Legislatura porteña aprobó una norma para que, a partir de este año, los quioscos ubicados en los colegios porteños comercialicen alimentos y bebidas variados y saludables.

Todo esto, sin pasar por alto la vigencia, desde 2009, de la ley de obesidad, que a grandes rasgos establece la cobertura médica tanto del tratamiento de la obesidad, la bulimia y la anorexia como de las medidas que tiendan a su diagnóstico y prevención. En los hechos, sin embargo, resta mucho camino por recorrer en materia preventiva. "Lo único que se está haciendo hasta ahora es tratar pacientes a nivel institucional o privado. Y la gente, entre moverse más y comer menos o sentarse a mirar televisión y comer rico, siempre va a elegir lo segundo", analiza Katz.

Pero no sólo aquí el placer le viene ganando la batalla a la moderación. Hasta el momento, de todos los países afectados por altos índices de obesidad, ninguno de ellos ha logrado frenarlos, ni mucho menos hacerlos descender, según alerta el director de Promoción de la Salud y Control de Enfermedades no Transmisibles de la cartera sanitaria nacional, Sebastián Laspiur. "Es una pandemia. Pero frenarla requiere regulación, así como una mirada más amplia por parte de los especialistas y mayor compromiso por parte de los individuos", enfatiza el funcionario.

Una medida pequeña pero que reúne justamente estas condiciones tuvo recientemente una enorme difusión mundial. Hace pocos meses, los representantes del ayuntamiento de la ciudad norteamericana de San Francisco resolvieron que a partir de diciembre próximo se prohibirá a las cadenas de comidas rápidas regalar juguetes junto con sus menús infantiles cuando éstos sean altamente calóricos (ver aparte). La medida disparó de inmediato un debate acerca de si el Estado debe intervenir o no en cuestiones de obesidad. Si debe considerarla un problema de salud pública o el resultado de una decisión personal. Las enfermedades relacionadas con la obesidad (diabetes, enfermedades cardíacas, algunos tipos de cáncer, artritis, etc.) consumen cerca del diez por ciento del presupuesto norteamericano destinado a la salud, y este sencillo dato reclama una mayor atención de parte de cualquier Estado.

"Nos gastamos 150.000 millones de dólares al año en tratar enfermedades relacionadas con la obesidad. No queremos ese futuro para nuestros niños o nuestro país", expresó recientemente la primera dama norteamericana Michelle Obama, quien personalmente abraza la causa social de combatir la obesidad infantil, un mal que afecta a uno de cada tres niños de esa nación.

"La sociedad norteamericana nos ofrece la prueba de que la obesidad está ligada a la sociedad de consumo. El país con mayor cantidad de obesos es Estados Unidos, donde el consumo es uno de los pilares de la sociedad. Y el obeso es, justamente, un tragador de los objetos de consumo sin posibilidades de poner límite a ese exceso", analiza la licenciada Liliana Vázquez, directora del Centro de Patologías del Consumo y coordinadora del área de patologías del consumo del Servicio de Salud Mental del Hospital Piñero.

La especialista coincide en que aquí también hay un correlato entre obesidad y consumo. "En nuestro país, el sujeto está cada vez más determinado por el objeto, es decir, por el consumo. Incluso desde las instituciones cada vez es más frecuente escuchar ya no sobre los derechos del ciudadano, sino sobre los derechos del consumidor. Y ni que hablar de los medios: a diario asistimos a un bombardeo publicitario según el cual hay que consumir determinado producto con prebióticos para estar sano, hay que tomar determinada gaseosa para ser feliz y hay que conducir determinado auto para ser exitoso."

Pero si hay un nicho verdaderamente permeable a este bombardeo es el infantil, en un contexto que no promueve hábitos alimentarios saludables ni desgaste físico. El 6,6% de los niños de entre seis meses y cinco años era obeso en 2005, de acuerdo con la Encuesta Nacional de Factores de Riesgo realizada ese año. Curiosamente, la medición no volvió a realizarse en la encuesta de 2009. "De todas maneras -admite Sebastián Laspiur, del Ministerio de Salud- estimamos que la cifra aumentó: así lo confirman algunos estudios puntuales, realizados en ciertas localidades."

Existe cierto consenso entre los especialistas sobre que un chico obeso difícilmente logra escapar al destino de ser un adulto obeso. A los factores hereditarios se suman los malos hábitos y el sedentarismo. "Hoy en día hay poco juego en movimiento. Y estar al aire libre se convirtió en una actividad costosa: si no pueden asistir a un club, los chicos suelen terminar adentro de sus casas, ya sea por la inseguridad o porque los padres trabajan. Y en materia alimenticia, no debemos olvidar que ellos forman sus hábitos con el modelo que les inculcan los adultos", alerta María Verónica Chamorro, nutricionista e investigadora del Centro de Estudios sobre Nutrición Infantil (Cesni).

Malos hábitos alimenticios, sedentarismo, incitación al consumo... Parece claro que el crecimiento de la obesidad se debe a una combinación de causas. Sin embargo, a la hora de pensar en los factores que han ocasionado el estallido de esta epidemia, persiste cierta tendencia a subestimar algunos en desmedro de otros.

Más de una variable

"Es frecuente, por ejemplo, encontrarse con quienes intentan explicar la obesidad como consecuencia del creciente sedentarismo -reconoce Julio Montero, también asesor científico de la Sociedad Argentina de Obesidad y Trastornos de la Alimentación (Saota)-. Pero simplificar todo este asunto y adjudicarlo a la falta de ejercicio es bastante ingenuo. El organismo no requiere más consumo de energía que el equivalente a lo que gasta. Pero si seguimos poniendo el acento exclusivamente en el sedentarismo, que es una causa, pero no la única, nunca nos preocuparemos por la sobrealimentación, que es la otra variable en juego".

¿Comemos más de lo necesario? Basta recordar frases del estilo: "como por aburrimiento", "como por ansiedad", "como porque estoy triste", "como cuando estoy contento", "necesito comer algo dulce" para entender que el término "humanos sobrealimentados" nos describe bastante más de lo que nos gustaría.

Y para el doctor Montero hay, incluso, una razón más delicada por la que comemos más de lo necesario: sostiene que la sobrealimentación es, en parte, resultado de que no sabemos muy bien qué estamos comiendo. "Hay alimentos que son profundamente adictivos, que por la combinación de azúcares, tipos de grasa y saborizantes estimulan sistemas tranquilizantes del organismo y le hacen sentir bienestar a quien los consume. Claro que este bienestar se convierte, muchas veces, en dependencia", alerta el experto.

"Por otro lado -continúa-, hay sustancias que incorporamos en forma inadvertida, a veces en importantes cantidades porque componen diferentes tipos alimentos, a pesar de que no sepamos cómo impactan en nuestro cuerpo. Por ejemplo, el jarabe de maíz de alta fructosa, presente en las bebidas endulzantes calóricas así como en galletitas, alfajores, etc. Alguien lo puso dentro de lo que comemos, pese a que no se hayan estudiado sus efectos en los seres humanos. Sí en animales: comenzaron a circular estudios científicos en primates que asocian la ingesta de jarabe de maíz de alta fructosa con problemas metabólicos."

En el momento de pensar en la salida de este laberinto, los especialistas coinciden en la necesidad de rediscutir el modelo alimentario y profundizar el marco regulatorio, además de hacer hincapié en un cambio de hábitos. "Los mercados no se autorregulan. Eso ya lo vimos durante la crisis financiera. Y aunque algunos teman lo contrario, apuntar hacia el bienestar de la gente puede ser una acción absolutamente rentable", asegura Mónica Katz, también autora del libro No dieta .

Mientras el placer y la moderación siguen librando una desigual batalla, la obesidad se consolida como la epidemia del siglo 21. El talón de Aquiles de la sociedad de consumo no es contagioso ni incurable. Tal vez por eso sea mayor el peligro.

© LA NACION

Mucho más que exceso de peso

Indice de Masa Corporal El índice de masa corporal (ICM o BMI, según sus siglas en inglés) es la fórmula más utilizada para determinar si el peso de una persona es el adecuado para su contextura física.

Las variantes del IMC Si el IMC -que se obtiene dividiendo el peso de una persona por su altura elevada al cuadrado- oscila entre 18,5 y 24,9, se dice que el peso es normal. Hasta 29,9, es sobrepeso, y a partir de 30, obesidad.

Disparador de enfermedades Pero la obesidad no es sólo exceso de masa corporal. En muchos casos -aunque no siempre- ese exceso de tejido es profundamente dañino y potencial generador de todo tipo de enfermedades.

¿Obesos de peso normal? También puede darse el caso de individuos de peso normal con tejido graso inadecuado que redunde en problemas de salud.

Una alternativa al IMC En los últimos tiempos comenzó a circular una iniciativa que propone, sin embargo, calcular la obesidad no en función de la masa corporal sino del nivel de grasa en el cuerpo porque, aseguran, sería más exacto.

Sitios recomendados

www.fat-fit.com.ar : dirigido por la especialista en nutrición Mónica Katz, contiene información para bajar de peso en forma saludable.

www.saota.com.ar : sitio de la Sociedad Argentina de Obesidad y Trastornos Alimentarios.

www.cesni.com.ar : sitio del Centro de Estudios sobre Nutrición Infantil.

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