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Los caminos de Babones

Domingo 23 de enero de 2011
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PARA LA NACION
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Cada vez que me siento a escribir pasa lo mismo. No importa si se trata de una nota, un poema, o un capítulo de una novela. Me siento frente a la compu o el papel... y me asusto. Pienso que no voy a poder, que si alguna vez supe escribir y tuve algo para contar, ese período de gracia ya ha terminado para siempre. Todo lo que escribí antes me parece extraño, como si lo hubiera firmado alguien con mi mismo nombre, pero alguien que no soy yo, porque yo sólo soy un ama de casa, una mamá, la dueña de un perrito que se quedó ciego, no más que eso. Me consuelo diciéndome que en la vida las pequeñas obras valen más que las palabras grandiosas, y que debería bastarme con ser lazarillo de Babones y mamá de un hijo alegre y ocurrente como el mío. Pero la inconfesable verdad es que lo doméstico no me basta ni me bastó nunca y, por eso, cada mañana, sin optimismo, resignada como quien cumple una obligación tediosa, me siento a escribir.

Es sólo entonces cuando empieza a ocurrir la alquimia... si es que ocurre, porque en esto no existen garantías. Tartamuda del teclado, los primeros gorgoteos surgen lentos, sílabas incipientes sin significado, un hilo de palabras trastabillantes, una frase insegura, un par de oraciones más o menos torpes hasta que, de a poco, algo empieza a hacer sentido, creo divisar una liebre a lo lejos y la sigo a través de la llanura, ella se oculta en un matorral, me parece que la he perdido pero, al cabo de un instante, atisbo la punta de sus orejas pardas, mis dedos la persiguen a lo largo de teclas y pastizales, ella desaparece de nuevo, aguzo la vista, me concentro, veo un punto que se mueve camuflado en los colores del paisaje, ¡es ella!, me acerco con pasos silenciosos y la espero en el cruce de dos caminos pero, al saberse descubierta, la liebre deja su cueva, sale encogida con las orejas pegadas al lomo, corre a toda velocidad, se estira y, luego, irguiendo las orejas se burla de mí y, con cuatro saltos largos, se pierde en un campo de alfalfa, donde mi vista no logra adivinarla.

Estoy de nuevo a punto de rendirme, cuando el gran Babones, que siempre está conmigo, olfatea una huella y me señala con su nariz un escondite. Me acerco con sigilo y, tras sombras y ramas secas, vislumbro, agazapados, un sujeto y un predicado que me gustan, ¡ahí va la liebre!, y corro, lapicera en mano, para al fin dar caza a ese tema fugitivo, a esa rima esquiva, con los que vengo soñando desde hace semanas. Tengo mi presa en la mira, estoy a un segundo de apuntarle y, entonces, sucede lo mismo de siempre: suena el teléfono y son los de Arnet que quieren venderme algo, a pesar de que hace unos meses tuve que ir a Defensa del Consumidor para que dejaran de cobrarme por un servicio al que nunca me suscribí; o toca el timbre el diariero para reclamar el pago de todo un mes de diarios que ya pagué; o llega la hora de ir a buscar a mi hijo al colegio, de preparar la cena, o de llamar al plomero porque la última canilla de casa se rehúsa a funcionar o funciona en demasía... Y cuando un rato después vuelvo a la pradera, la liebre ya no está, adverbios y abecedarios se me han escapado por los siglos de los siglos y, de nuevo, estoy más segura que nunca de que jamás podré conjugar un verbo, descubrir un adjetivo exacto, hallar la manera de ser algo más que una mujer, una hija, una novia, una mamá. Entonces me siento en el piso, miro a los ojos nublados de Babones, y le pido que me muestre el rastro zigzagueante de la liebre. Callado, él me mira, sin verme, y atisba detrás de mí, bajo la alfombra de un arbusto, las palabras que, sola, yo no puedo encontrar. De su mano sigo la trocha, buscando mi presa: las palabras. Si alguna vez doy con ellas no será para dispararles, sino para capturarlas en tinta, e intentar que vivan sobre un paisaje de papel.

revista@lanacion.com.ar

La autora es escritora. Su última novela, Abundancia, ganó el Premio Internacional de Novela Letra Sur 2010

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