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En defensa de la utopía

Domingo 11 de abril de 1999

En todas las sociedades, la función del intelectual es navegar contra la corriente, cantar cuatro verdades y seguir siendo incorruptible e insumiso cuando a su alrededor todos callan, se someten y se corrompen. En la Argentina, pocas veces fue así, porque la nación fue fundada por letrados, y durante las últimas cuatro décadas del siglo XIX y las cuatro primeras del siglo XX ellos dictaminaron el modelo de nación, las normas de convivencia y los límites entre lo que era civilizado y lo que era bárbaro. Los intelectuales encarnaban al mismo tiempo el poder y la crítica del poder.

La llegada del peronismo cambió esas reglas de juego, pero no por completo, porque Perón se veía a sí mismo como un intelectual dentro del ejército, y hasta Evita disponía de una peña cultural que llevaba su nombre y en la que se leían poemas de homenaje. Ambos habían escrito libros de lectura obligatoria, lo que establece una continuidad con la tradición letrada, porque el acto de leer involucra también el acto de pensar. Muchas de las más lúcidas diatribas contra "La razón de mi vida" -como las de Borges, Martínez Estrada y Victoria Ocampo- fueron consecuencia de la indignación que suscitó la lectura de "La razón de mi vida".

Censores y lectura

Como señaló Borges con perspicacia, los censores estimularon la literatura, porque la función de los censores era leer. Para poder reprimir el contrapoder de la escritura, no tenían otro remedio que vigilar lo que otros escribían. Contra lo que suele suponerse, durante el peronismo los intelectuales pudieron hacerse oír: estaban arrinconados en Sur, en La Nación , en Contorno y en las revistas universitarias, que tenían difusión limitada, pero la crítica al poder -aun la que se escribía entre líneas, como en "Casa tomada", de Julio Cortázar- llegaba a todas partes.

Las dictaduras militares que sucedieron al autoritarismo de Perón silenciaron a los intelectuales con más astucia. Se negaron a leer. Dictaminaron que se podía ser culto acumulando obras de arte o frecuentando conciertos, pero no leyendo. El acto de pensar era ineficaz e inútil.

La situación no ha mejorado durante la democracia. El poder político ha impuesto el hábito de la discusión frívola. Para saber no se necesita leer ni pensar: lo que se debate no son ideas, sino actos de viveza. Ya no se reflexiona más sobre modelos de nación o sobre cambios de estructuras, sino sobre conflictos entre caciques o argucias electorales. La mayoría de los intelectuales se ha visto arrastrada a ese debate menudo, porque casi nadie lee otra cosa.

Y en verdad, ¿alguien lee algo? La gente que puede comprar libros sigue acumulándolos en sus bibliotecas -las bibliotecas son todavía adornos de buen tono-, pero ya casi nadie los lee. Los pocos intelectuales que restan escriben ahora en el vacío, o se marchan hacia otras latitudes donde el pensamiento sigue teniendo algún peso. La Argentina de fines del siglo XX ha perdido por el camino casi todos los sueños de la Argentina del Centenario, cuando la prosperidad, la justicia y la grandeza parecían estar a la vuelta de los días.

¿Para qué sirve un intelectual ahora, entonces, en medio de tanto páramo? Sirve de mucho. Sirve para que los argentinos sigamos pensándonos como proyecto, como utopía, como comunidad que puede construirse y organizarse aun a espaldas del poder, contra la ceguera y la sordera del poder. Aunque nadie oiga, el deber del intelectual es pensar y hablar. Para hablar hace falta valor, y para tener valor hace falta tener valores. Parecería poco y, sin embargo, en estos tiempos es todo lo que necesitamos.

Por Tomás Eloy Martínez

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