Preguntas en el umbral proselitista

Luis Gregorich Para LA NACION

Miércoles 02 de febrero de 2011

Hacerse una entrevista a uno mismo tiene sus ventajas. Por empezar, ni el entrevistado ni el entrevistador tendrán motivos para quejarse. Al estar escindido el autor de la nota, tendrá la mitad de responsabilidad por lo que haya escrito. Eso quizá le permitirá expresarse, frente a su desdoblado interlocutor, con un poco más de audacia y riesgo. Con esa esperanza inicio -iniciamos- esta entrevista sobre la todavía informal, pero muy activa, campaña electoral. Como identidad de entrevistado elijo la del brutal y práctico caminante de campañas, no la del frío analista.

-Hablemos de las campañas políticas en general y de las argentinas en particular.

-No sé si las campañas son una necesidad o una costumbre. Desgraciadamente, en la era de los medios masivos se van convirtiendo en una manipulación y un derroche. En la Argentina, la situación no es mejor, y lo digo por experiencia. En lugar de grandes campañas, no hay nada más apto ni creativo que un hecho fuerte, un episodio político que otorgue identidad a quien lo encarna. Alberto Fujimori, con un tractor y una sencilla prédica populista, remontó el 2% de intención de voto en las elecciones presidenciales de Perú, en 1990, y terminó ganándolas, en el ballottage. Claro que tuvo la ayuda del APRA y de los errores de Mario Vargas Llosa, su rival y favorito. Aquí el voto "no positivo" de Julio Cobos pareció constituirse en un corte semejante, pero la larga espera y las sonoras cachetadas del oficialismo, sumadas a la descolocación de quien las sufría, tuvieron su efecto. Actualmente las encuestas le otorgan poco margen al vicepresidente.

-¿Cómo operan en estos momentos las encuestas de los encuestadores?

-Van de la honestidad técnica a la sumisión política, con todos los matices intermedios que puedan imaginarse. Es difícil prescindir de ellas, porque son, a la vez, un arma de información interna y de propaganda externa. Aciertan tanto como yerran, igual que el pronóstico meteorológico. Quizás el papelón más famoso fue el de las elecciones en los Estados Unidos, en 1948, entre el presidente en funciones, Harry Truman, y Thomas Dewey. Todas las encuestas daban ganador a Dewey, hasta el punto de que, ya terminado el acto comicial, el Chicago Tribune tituló en primera plana: "Dewey defeats Truman" ("Dewey derrota a Truman"). Por supuesto, el que ganó fue Truman. Entre nosotros, una sola encuestadora acertó, en 2009, la victoria de De Narváez sobre Kirchner.

-¿Cuáles son las posibilidades electorales de la Presidenta y del oficialismo?

-Si las elecciones fueran hoy, y aunque no esté en su mejor momento, la Presidenta ganaría, en primera o (con más dificultad) en segunda vuelta. El gran árbitro es la dispersión opositora. Diría más: si la Presidenta deja la vertiente pedagógica y confrontadora, toma algunas medidas de sentido común y cambia con buen criterio a sus equipos, será también favorita para octubre. Pero la oposición no debe desesperar, porque faltan más de nueve meses para los comicios y la Presidenta no ha dado señales, hasta ahora, de adoptar una sola de estas decisiones, y es probable que, dados sus compromisos y sus propias convicciones, no pueda ni quiera hacerlo. Y nos queda todavía, sin mencionar, el tema mayor: la política económica y social.

-¿No es ése, acaso, el punto fuerte del Gobierno?

-Es, a la vez, el punto más fuerte y el más débil. Lo primero, dado el indudable crecimiento de nuestra economía y el éxito de nuestros saldos exportables, que le permiten disponer de una caja voluminosa que utiliza con voluntad discrecional, y lo segundo, porque la irracionalidad de esa política dilapidadora genera una inflación que sólo el Indec desconoce. Bastó el conflicto con los distintos sectores del campo en 2008 para demostrar la fragilidad de esa construcción. Por supuesto, hay que apoyar los incrementos en las jubilaciones y las asignaciones a la niñez, señalando, al mismo tiempo, su insuficiencia. La voz de orden para la política social debe ser: más y, sobre todo, mejor.

-¿De lo que se trata, entonces, es de la gestión del Gobierno en general?

-¡Es que ése es, en realidad, más o menos simplificado, el eje de todas las campañas políticas! El Gobierno defiende su gestión. La oposición la ataca. El Gobierno quiere sucederse a sí mismo; la oposición quiere reemplazarlo. Dicho sea sin cinismo, de poco valen las grandes formulaciones programáticas en los duros cruces de campaña, lo que no significa que no haya que postularlas. Vale repetirlo: lo que importa es la gestión de gobierno, o la imagen que se tenga de esa gestión, y que enfrente una crítica dura y convincente, sostenida por la confianza que inspira -que debe inspirar- el opositor que la exprese. Más tarde, o nunca, la gente se enterará de las plataformas y promesas derrochadas a manos llenas. Por eso es bueno que las coaliciones se sostengan en pocos y netos puntos de coincidencia. La pregunta que hay que contestar con sencillez es: ¿por qué el futuro será mejor con la oposición?

-Hablando de coaliciones, ¿cuáles serían las deseables (o posibles) para las elecciones de este año?

-Esta pregunta no puede más que tener una respuesta. No existe hoy una coalición fuerte y duradera, capaz de gobernar el país en paz y progreso, que no deba tener un sólido componente peronista. Y cuando digo sólido pienso en uno o varios sectores de fuerte arraigo en provincias, en el movimiento sindical y en el Partido Justicialista. Sería un positivo milagro que el peronismo formara parte de una coalición en la que no necesariamente desempeñara siempre el liderazgo, pero esta rotación no debería parecerse, por ejemplo, a las deshilachadas estructuras de la Alianza (1999-2001). No veo de qué otra forma competir dignamente (no sé si ganar o perder) contra la coalición kirchnerista, salvo catástrofes políticas o económicas imprevistas, o bien la declinación personal de la Presidenta a ser reelegida, y su canje por Scioli. Considero menos probables la gran coalición socialdemócrata y la triunfal unidad opositora en el eventual ballottage.

-¿Y las principales figuras de la oposición?

-Son demasiados y demasiado buenos, lo que nos lleva a un resultado final de suma cero. Carrió, Alfonsín, Duhalde, Solanas, Macri, Cobos, Solá, Das Neves son todos candidatos o precandidatos de sus respectivos partidos o sectores partidarios, cada uno con su ilusión y su pequeño porcentaje de votos. Hay que sumarles los candidatos de los partidos de ultraizquierda, y ya tenemos una casa superpoblada. Paradójicamente, el que lleva cierta ventaja es el recién llegado a la competencia, el radical Ernesto Sanz, porque la gente no ha tenido tiempo todavía ni de desilusionarse ni de encenderse con él. En una reunión en la que todos son archiconocidos, un participante nuevo puede dar una agradable sorpresa, pero también haber llegado tarde a la fiesta.

En suma, no se advierte hoy -siempre hablamos de hoy- una amenaza electoral directa para la Presidenta. Sin embargo, su propia obstinación en seguir políticas erróneas puede ser su peor enemiga, junto con la capacidad que tenga la oposición para concretar sus denuncias y diseñar un futuro plausible. ¡Quién sabe! Quizás alguno de los líderes de la oposición, ya superado el amontonamiento actual, encuentre el episodio ejemplar, la forma de reagrupar a las fuerzas. Bastará con encarnar un solo valor: la energía para construir. Honestidad, confianza, consensos. Y, muy especialmente, un ámbito de convivencia en el que no hagan falta la pureza de sangre ideológica, los escuditos y las ambiciones personales bobas. Es una tímida posibilidad que no debe descartarse. Los escenarios no son definitivos. Y ésta es la poca gracia que se les puede reclamar a las campañas.

-¿Cuál debería ser el programa de los distintos candidatos frente a la política exterior y al lugar de la Argentina en el mundo?

-Aunque no será un eje fuerte de campaña, es el momento para reivindicar un espacio independiente, con razonable peso en el escenario internacional. Tenemos un puesto aventajado en la región, pero jamás debe ser acompañado de un repliegue sobre nosotros mismos. Un espacio sin necesidad de arrodillarnos ante los grandes, pero, ¡por favor!, sin recaídas en el provincianismo folklórico y llorón.

La entrevista ha terminado. La última respuesta, referida a nuestro lugar en el mundo, me lleva hasta un libro que estaba sobre mi mesa de trabajo, el último tomo de cuentos de Antonio Tabucchi, El tiempo envejece deprisa , que recomiendo calurosamente. Es un retrato piadoso y, a la vez, implacable de la Europa multiétnica de hoy, con su tradición y sus crisis, que no debemos imitar, pero de las que podemos aprender mucho.

En un extraordinario cuento de este volumen, "Nubes", un capitán retirado del ejército italiano, cercano a la muerte, establece, en la playa, un singular diálogo con una niña (casi adolescente) de origen peruano pero adoptada por una familia italiana, y procura enseñarle los secretos de la nefelomancia, el arte de adivinar el futuro a través de la forma de las nubes. Así es también nuestro futuro, imprevisible y evanescente, aunque con el nombre de la forma que elijamos.

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