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Amor y odio en Ostende

Silvia Hopenhayn Para LA NACION

Miércoles 02 de febrero de 2011
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Algunos consideran que escribir es aislarse, pero ¿acaso no influye el soplido del viento o el rumoreo del mar en un relato que despunta en la playa? ¿Cuánto del entorno determina lo más íntimo? ¿Cómo surgió, pues, la breve y estremecedora novela que escribieron Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo en un veraneo, titulada Los que aman, odian ?

Es un libro que siempre vuelve a las costas, como arrastrado por el propio mar que predispuso a los autores a imaginarlo. Bioy alega que lo escribieron en Mar del Plata; sin embargo, parece provenir de varias fugas, una de ellas a una playa perdida, o más bien antigua, de principios de siglo XX, en el Viejo Hotel de Ostende, construido en 1913, actualmente renovado con esplendor.

Este relato policial, inspirado en el misterio del cadáver hallado en un cuarto cerrado, puede remontarse a los orígenes del género, en el cuento de Poe "Los crímenes de la calle Morgue". La historia transcurre en una casa hermética, en un mundo limitado. Un médico, Humberto Huberman, llega al hotel situado en Bosque de Mar (posible nombre ficticio de Ostende). Uno de los personajes más seductores es Emilia. Ella confirma un atractivo peculiar de la zona: el pulular de la arena en capas movedizas sobre la superficie de la playa.

Como en los mejores cuentos de Agatha Christie, luego de una conversación en la que se presentan todos los pensionarios, a la manera del preámbulo del crimen, dándonos pistas acerca de cada uno, ocurre lo inevitable. Una mujer aparece envenenada. La congoja pierde terreno ante el atractivo del enigma. Lo sentimental se reduce a una especie de teoría, esgrimida por ambos autores: "Hay todavía un tratado por escribir sobre el llanto de las mujeres; lo que uno cree una expresión de ternura es a veces una expresión de odio, las más sinceras lágrimas suelen ser derramadas por mujeres que sólo se conmueven ante sí mismas".

La que más llora es Emilia, no sabemos si por razones irreales o montículos de arena formados en su retina.

A diferencia de los policiales clásicos, aquí se filtran detalles perturbadores, sin duda propiciados por la pluma inquietante de Silvina. También como en Poe, el animal puede ser presa, culpable o excusa. En el cuarto de un niño, en un sótano, aparece un enorme albatros blanco, desprovisto de vísceras. Se dirá, con poesía y astucia: "Mientras examinaban el cadáver de la muchacha, en el sótano unas manos solitarias embalsamaban al albatros. ¿Qué pensar de estas situaciones simétricas? El veneno que mata a la muchacha, en el pájaro conserva el simulacro de la vida".

Estas resoluciones misteriosas podrían ser el fundamento del policial argentino engendrado por Silvina Ocampo y Bioy Casares. El mismo protagonista lo esboza: "¿Cuándo renunciaremos a la novela policial, a la novela fantástica y a todo ese fecundo, variado y ambicioso campo de la literatura que se alimenta de irrealidades? ¿Cuándo volveremos nuestros pasos a la picaresca saludable y al ameno cuadro de costumbres?". La respuesta se halla precisamente en esta novela, cuya intensidad apunta a "los que se miran creyéndose criminales y nunca dejan de quererse".

© La Nacion

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