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La universidad de las desigualdades

PARA LA NACION
Viernes 04 de febrero de 2011

No me propongo salir en defensa de las artes y humanidades, que durante los últimos 3000 años se han defendido bastante bien y, sobre todo, han logrado sobrevivir sin desprestigio a masacres que se realizaron en nombre de ideas, con música de Wagner y gigantescos diseños. Una versión de la Novena de Beethoven, pudorosamente, se llama "la de la guerra", porque su grabación se realizó en un teatro repleto de nazis apasionados por la música. La orquesta del Reich , libro formidable de Misha Aster, muestra cómo Goebbels protegió a la Filarmónica de Berlín y atendió los reclamos de su director, el prodigioso Wilhelm Furtwängler, tolerando que no se afiliara al partido nazi y les sacara el cuerpo, cuanto era posible, a los conciertos en los que se hacía presente Hitler.

Cuando los aliados se aproximaban a Berlín, Goebbels mismo se preocupó por salvar los instrumentos de la Filarmónica. Es sabido, en cambio, que los nazis abominaban del arte de vanguardia. Esto no convierte automáticamente a las vanguardias en el último fortín de los valores (tal proposición sacaría de quicio a muchos vanguardistas). Los ejemplos no pretenden recordar simplemente esos escándalos de la razón; más bien, indican que las relaciones entre arte, filosofía y sociedad son contradictorias e impredecibles.

A mediados de 2010, la ensayista Martha Nussbaum publicó en Estados Unidos Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades . El libro, ya antes de salir al mercado, había abierto una polémica en el correo de lectores de una importante revista de libros, el Times Literary Supplement , de Londres. Martha Nussbaum señala que "las humanidades y las artes están siendo recortadas tanto en la educación primaria como en la secundaria y universitaria en casi todas las naciones del mundo. Los que definen las estrategias las consideran inútiles".

“La universidad es gratuita sólo en el sentido de que no se paga matrícula, pero es un lugar poco igualitario”, dice Sarlo
“La universidad es gratuita sólo en el sentido de que no se paga matrícula, pero es un lugar poco igualitario”, dice Sarlo. Foto: Archivo

En la Argentina, donde hay diez veces más estudiantes de humanidades que de ciencias duras, nos estaríamos salvando de tal flagelo. Pero, en realidad, ¿de qué nos estamos salvando? Quiero introducir una anécdota que me avergüenza un poco. Hace unos años, en un centro de investigaciones alemán, yo seguía con dificultad las clarísimas explicaciones de dos biólogos. Como hice algunas preguntas demasiado crudas, uno de ellos me dijo: "Cierto, en la Argentina, en los colegios no se enseña evolucionismo". En efecto, yo había leído los viajes de Darwin pero cultivaba las ideas más someras sobre su teoría que, hasta hoy, es una de las matrices del pensamiento científico. Mi incultura me colocaba, de un golpe, más de cien años atrás. No podía seguir una conversación y la falta de entendimiento probaba la tesis del ensayista británico C. P. Snow sobre el cisma entre la cultura científica y la humanística.

En la Argentina se gradúan pocos ingenieros, pocos informáticos y muchos psicólogos y cientistas sociales. Así que acá no valen los lamentos de Martha Nussbaum sobre el retroceso de las humanidades. Simplemente, no hay políticas de avance ni retroceso. Nuestras universidades públicas responden a la demanda de los futuros estudiantes como si fueran consumidores en un mercado. Esa demanda se genera antes de ingresar en ellas, en los colegios secundarios y, más allá de los colegios, en la cultura cotidiana.

Sintéticamente: las capas medias (que luego son mayoritarias en la universidad) van a escuelas donde si algo se logra es que los adolescentes puedan "expresarse", mostrar su subjetividad y los pliegues momentáneos de su cultura. Esta finalidad "expresivista" es obvio que encuentra mejores instrumentos en un taller de escritura, de plástica, de música o de teatro que en una clase de matemática, de lógica o de sintaxis. Educar para la "expresión" es una conquista democrática. Pero tengo algunas dudas sobre si esa educación libera las "vocaciones" o las produce de acuerdo con mitologías exitosas. Por ejemplo: en las últimas dos décadas, ¿ha nacido un porcentaje mayor de chicos con cualidades para la música, la literatura y el cine o sencillamente existen más padres dispuestos a aceptar que sus hijos sean poetas, toquen guitarra eléctrica o anden de aquí para allá con una camarita digital? Una parte de la matrícula terciaria, oficial y privada, responde a esta demanda. El "expresivismo" como clave de bóveda produce una república de adolescentes de capas medias interesados por las artes.

Muchos de ellos, además, han pasado por gabinetes de psicopedagogía y por consultorios psicológicos diversos. Aprendieron tempranamente a explorar sus propias subjetividades. Esto, que es un resultado humanizador de la educación de capas medias, seguramente ha desencadenado "vocaciones". El deseo también es copia. Es más complicado y misterioso sentirse "expresado" por el análisis matemático. Eso se enseña y, para comenzar, debiera enseñarse en el secundario.

Esta es una hipótesis. Para saber cuál es su poder explicativo necesitaríamos muchas observaciones de lo que sucede realmente en las aulas, estudios de las ideologías "espontáneas" de padres y maestros e investigaciones del impacto del mercado en el imaginario adolescente, esa nube que hoy está atravesada por los meteoritos de la fama que es la radiación más poderosa. Del otro lado de la fama, todavía cuenta la promesa centenaria de progreso social: Ciencias Económicas, Derecho y Medicina siguen siendo, como hace décadas, los lugares elegidos por la mayor cantidad de estudiantes cuyos padres tienen sólo primaria completa o incompleta, lo que indica que, con o sin "vocación", siguen siendo vistas como un camino de ascenso.

Pero hay algo más para pensar cuando se examina la matrícula de las carreras científicas derrotadas por las humanísticas (lo cual, como se vio, hace de la Argentina un caso raro). El argumento es muy elemental pero, como hasta ahora se lo pasó por alto, lo traigo. Según el censo de la Universidad de Buenos Aires de 2004, hay más estudiantes que trabajan en Filosofía y Letras, Ciencias Sociales, Psicología, Derecho y Ciencias Económicas. La mitad de ellos trabaja en la franja horaria "mañana y tarde".

Si se deja de lado Ciencias Económicas, que se ha caracterizado por disponer sus horarios (desde muy temprano hasta avanzada la noche) para recibir a los estudiantes que trabajan, está claro que Derecho tiene una larga tradición de alumnos que dan sus exámenes sin asistir a las clases, y que Filosofía y Letras, Psicología y Ciencias Sociales tienen un plan que hace posible la doble imposición de "estudiar y trabajar", porque el orden en que deben cursarse las asignaturas es infinitamente más laxo en las humanidades que en las ciencias duras. Esto le permite a un estudiante que trabaja esperar el momento en que pueda cursar tal o cual materia. Un detalle de ubicación: esas facultades están en el centro de comunicaciones de la ciudad, no, como sucede con Ciencias Exactas, en Núñez, lugar remoto para quienes llegan del Sur y del Oeste. Parecen observaciones sin importancia; sin embargo, quien ha vivido la universidad sabe que son cuestiones cruciales.

Pero vamos al dato más duro. De los 293.300 estudiantes censados en la Universidad de Buenos Aires, 16.430 reciben una beca u otro tipo de ayuda. Tienen becas el 10 por ciento de los estudiantes de Ciencias Exactas y el 6 por ciento de los de Ingeniería. Si la Argentina necesita científicos y técnicos, el lado por donde comenzar es éste. Resulta abstracto cualquier discurso que no tome en cuenta la financiación de los estudios terciarios o universitarios, que es una de las formas en que se orienta la matrícula en muchos países.

Estamos acostumbrados, en cambio, a contar con una universidad voluntarista, donde prevalecen los que tienen increíbles reservas de esfuerzo; una universidad marcada por el origen social, donde eligen qué quieren estudiar aquellos cuyos padres les pagan veinte años de educación, y una universidad donde el resto va donde puede, llevado por modelos del mercado, por el imaginario adolescente, por el déficit de una cultura científica en las etapas anteriores. La universidad es gratuita sólo en el sentido en que no se paga matrícula. Pero es un lugar poco igualitario para elegir y permanecer allí.

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